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Más que Mas por Alfonso Ussía

Tiempo de lectura 4 min.

02 de noviembre de 2012. 21:14h

Comentada
3/11/2012

Ignoro los enlaces que tiene la Generalidad de Cataluña en Rusia, pero visto el resultado de la visita de Mas a Moscú, me sobra el derecho a pensar que su capacidad de influencia en el Kremlin y las altas esferas de la política rusa es más escasa que la que podría tener, por poner un ejemplo de fácil comprensión, la Asociación de Taxidermistas de la Isla Conejera en el «Foreign Office». No le han conseguido ninguna entrevista importante para explicar lo fundamental que puede llegar a ser una Cataluña independiente para Rusia, y el diario más importante de Moscú se ha negado a mandarle un propio para hacerle una entrevista.

Hace pocos años un grupo de escritores, periodistas y maestros de la comunicación audiovisual fuimos invitados a Moscú. Presidía la delegación Marcelino Oreja Aguirre, el que fue en su día ministro de Asuntos Exteriores con la Unión de Centro Democrático. Recuerdo a Pepe Oneto, Antonio Burgos, Manu Leguineche, José María Carrascal e Iñaki Gabilondo, entre otros. Nos recibieron, y muy amablemente, todos los rusos posibles y probables. Desde Shevarnadze a Gorbachov, que nos había reservado en su agenda una audiencia de quince minutos y nos regaló más de dos horas de su tiempo. Lo hizo en el edificio, feísimo como casi todos los de Moscú, que Boris Yeltsyn le había adjudicado a su Fundación Mihail Gorbachov, y que fue, durante los períodos siniestros de Brezhnev, Andropov y Chernenko, el que cobijaba a los terroristas internacionales para mejorar su aplicación y rendimientos. Por allí pasaron criminales de la ETA, del IRA, de las FARC y de los países árabes. Con Gorbachov en su sede, el edificio siguió siendo muy feo, pero mucho más digno.

Shevarnadze nos recibió en su casa.  En su salón de reuniones tenía un busto de Kennedy. Manu Leguineche le preguntó si su futuro estaba en Rusia o en Georgia, y el georgiano respondió contundentemente que en Rusia. A la mañana siguiente, cuando despegábamos en un avión de la KLM del aeropuerto de Sheremetievo II, elevaba su morro en Sheremetievo I el «Tupolev» que llevaba a Shevarnadze hacia Tiflis, con el fin de preparar adecuadamente un golpe de Estado en Georgia. Shevarnadze tenía la melena blanca, hablaba con parsimonia, lucía en los puños de su camisa sus iniciales y su traje era un «Príncipe de Gales» londinense.
Gorbachov, el comunista pragmático, admirador del Papa Juan Pablo II y de Ronald Reagan –los que le hicieron ver la ineludible vía de la apertura, la «Perestroika»–, era un soviético con sonrisa de occidental. La URSS no sonreía bien, y Gorbachov lo hacía con soltura. Oír de aquel extraordinario personaje su descargo de conciencia supuso una experiencia inolvidable. Y nos recibió el Presidente de la Televisión Rusa, el director de «Pravda» , el Presidente de la recién creada Federación de Empresarios de Rusia, y no aceptamos más visitas porque perdíamos el avión. Llegué a la conclusión de que no había nada más fácil en el mundo que el ser recibido por una alta personalidad política o económica de Rusia. De ahí que me haya extrañado que a Artur Mas sólo le hayan prestado atención Oleg Shumarov, Dimitri Nikolaiev, Boris Tchapaiev e Irina Valkusova, es decir, el jefe de recepción del Hotel Metropol –muy bien ubicado, eso sí, junto a la Plaza Roja y el Teatro Bolshoi–, el camarero que lleva los desayunos a la «Suite» principal, el conductor del coche alquilado que habla un perfecto español y la jovencísima y bellísima pianista del bar del hotel, que está clausurada a todo tipo de pasión eventual por ser la amante del propietario del establecimiento, un uzbeko con muy malas intenciones.

Lo que demuestra que para Rusia fue mucho más importante nuestra visita que la de Artur Mas, que para demostrar en Barcelona que había estado en Moscú se vio obligado a adquirir en los puestos desmontables de la calle Arbat un par de matrioshkas de media gama como recuerdo de su importantísima visita. «Dozvidania, gaspod Arturov». Es decir, «Adiós, señor Arturo». O lo que es igual: «Que le den».
 

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