Ideas con chicle por José Luis Alvite

La Razón
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Corren malos tiempos para el diálogo porque todos hablamos a la vez y eso nos impide escuchar. En las tertulias de la radio cada cual trata de colocar su frase más redonda e importa poco que la idea carezca de sentido. El pensamiento se rige ahora por los mismos principios efectistas por los que se conduce la publicidad, incluido el carraspeo con el que se aparenta una vacilación que resulta ser falsa. Lo que cuenta es el brillo personal, la puesta en escena, algo que se manifiesta con claridad en esos programas de televisión en los que los tertulianos se ponen en pie y deambulan por el plató siguiendo las instrucciones del guionista, las sugerencias que le llegan por el pinganillo o leyendo el cartelón del regidor, que se multiplica en sus gestos para administrar los vítores y los aplausos de un público que también es profesional. Luego resulta que quienes de verdad actúan con realismo y brillantez son los oyentes que telefonean a la radio o envían sus mensajes para puntualizar cualquier asunto. Entonces siempre hay algún tertuliano que se muestra ofendido por la simpleza conceptual y expresiva del pueblo llano y reclama que el asunto es «mucho más complejo» y requiere de «un análisis más sistematizado y más profundo». Y se remontan entonces a un par de filósofos kantianos o reflexionan sobre una determinada escuela económica, con profusión de frases en latín, que queda culto, o en francés, que resulta epatante y viste mucho, sobre todo cuando el tertuliano tiene la convicción absoluta de que una idea que se comprende no puede ser brillante, ni profunda. A mí ya hace mucho que esa gente tan supuestamente erudita dejó de impresionarme. Y también creo que la gente de la calle se ha dado cuenta de que cualquiera puede resultar tan culto e impactante en el caso de que sus frases suenen francesas y eruditas gracias a pronunciarlas con el chicle en la boca.