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Atrapados en la red: la otra vida de los adolescentes 20

NO HABLES CON DESCONOCIDOS, vuelve pronto a casa... En la era de las redes sociales, los consejos de toda la vida se han quedado anticuados. La muerte de Marta abre el debate sobre la paternidad «puntocom».

  • Atrapados en la red: la otra vida de  los adolescentes 2.0
    Atrapados en la red: la otra vida de los adolescentes 2.0

Tiempo de lectura 8 min.

22 de febrero de 2009. 00:55h

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22/2/2009

Durante 17 años, Eva y Antonio del Castillo convivieron en casa con una hija cariñosa que jamás les dio un solo problema. La misma que, como tantas y tantas adolescentes de su edad, se atrincheraba cada tarde en la soledad de su dormitorio para chatear con su pandilla. Por desgracia para sus padres, no fue hasta el pasado 24 de febrero, el día en que Marta se esfumó para no regresar, cuando Eva y Antonio descubrieron que su hija seguía escribiéndose con Miguel, ese veinteañero al que su madre tenía atravesado. Y es ella, la Marta del Tuenti, la que ha salido a la luz arrastrada por el aluvión mediático causado por uno de los asesinatos más espeluznantes que se recuerdan.
Cada día, la escena se repite en cualquier hogar con adolescentes. Desde la irrupción de las redes sociales hace un par de años, los chavales disponen de un mundo paralelo en el que intercambian mensajes, fotos y vídeos sobre su vida íntima. En la inmensa mayoría de los casos, se trata de un pasatiempo inocente: el típico flirteo hiperhormonado de la adolescencia, aunque ahora se produzca en el ciberespacio y no en el parque de la esquina. Pero, en contadísimas ocasiones, como en el caso de Marta, los «bits» saltan a la vida real y engrosan la incipiente crónica negra de internet en España.
En realidad, la muerte de Marta no es la primera que ha dado un papel protagonista a las redes sociales, que ya cuentan con ocho millones de usuarios en nuestro país. El dudoso honor le corresponde a Maores Ramírez, una quinceañera de Ripollet que falleció degollada hace tres meses, presuntamente a manos de un compañero de clase. ¿El motivo del crimen? Según los investigadores, al chaval no le gustó nada que ella colgase un vídeo en el que ambos salían besándose porque ya tenía otra novia. Y se vengó de ella a cuchilladas.
Al toparse con este submundo en las páginas de sucesos, la reacción de los padres oscila entre la alarma y la estupefacción. Casi ningún progenitor sabe orientarse en la madeja de redes sociales como Facebook o Tuenti. Y si ya les  cuesta educar a un adolescente en el mundo real, ¿cómo van a lograrlo en la jungla digital? «Me he encontrado con padres que se creen que la red es como la tele, que sólo ponen las páginas porno a partir de las diez de la noche: así es imposible que controlen lo que hacen sus hijos en la intimidad de su dormitorio», explica Mar Monsoriu, autora de «Técnicas de hacker para padres», el primer manual sobre cómo controlar las andanzas de los chavales en la red.
 Hasta hace unos años, cualquier progenitor conocía la cantinela con la que martillear a sus retoños: no vayas solo por la calle, no digas dónde vives, no hables con desconocidos... Ahora, estos consejos se han quedado anticuados. Y los padres, ya sea por desidia o desconocimiento, son incapaces de darles consejos para su vida «puntocom». «La "brecha digital" es brutal», denuncia Guillermo Cánovas, presidente de Protégeles, una asociación de defensa de los menores. «Por primera vez en la historia, los chicos saben mucho más de algo que sus padres. Tienen una herramienta utilísima en sus manos, pero no saben cómo usarla responsablemente».
Entre Bambi y Bill Gates
Así hemos llegado hasta la situación actual. Muchos chicos de hoy combinan la astucia tecnológica de Bill Gates con la ingenuidad de Bambi. Y esta mezcla puede ponerles en más de un aprieto. Así, un reciente estudio para el Defensor del Menor denunció que el 44 por ciento de los menores se ha sentido acosado en internet en alguna ocasión. Además, el 30 por ciento admite que ha dado su teléfono a través de la red y el 16 por ciento ha facilitado la dirección de su casa. «Todas estas conductas son peligrosísimas para cualquier chaval», denuncia Arturo Canalda, Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.
Ante estos datos, la tentación de muchos padres es blindar a los pequeños en su mundo analógico. Pero los expertos coinciden en que sería el equivalente de encerrar a un niño en un zulo para evitar que le secuestren. «No debemos caer en el alarmismo», asegura Fernando Garrido, subdirector del Observatorio para la Cibersociedad. «Cuando violan a una adolescente, culpamos al violador, en ningún caso al bar en el que ambos se conocieron. Las nuevas tecnologías son cruciales para la formación del menor. Lo que hay que promover es su uso responsable».
Descartada la abstinencia tecnológica, la alternativa que recomiendan los expertos es unánime: educación, educación y educación. Y, para ello, tanto los progenitores  como los profesores deben cicatrizar la «brecha digital» lo antes posible. «Los padres de Marta admitieron que no tenían ni idea de qué es Tuenti», dice Monsoriu. «Eso es muy preocupante. Cualquier familiar quiere saber quiénes son los amigos "reales" de sus hijos. ¿Por qué no hacen lo mismo con los virtuales?».
Así, el primer reto de los mayores es convencer a los adolescentes de que la red no es un universo aislado del mundo real: lo que ocurre en internet no siempre se queda en internet. Por ejemplo, cada vez es más habitual que los jóvenes «pirateen» las cuentas de antiguos novios o amigos, ya sea por celos o venganza.
Falsa impunidad
Puede parecer una chiquillada, pero el Código Penal no opina lo mismo: esta semana, un joven extremeño fue condenado a un máximo de tres años de cárcel por suplantar la identidad de un ex compañero de clase en Tuenti para desprestigiarle. «El aparente anonimato de la red crea una sensación de impunidad, de que nadie puede saber lo que has hecho», dice Artemi Rallo, director de la Agencia Española de Protección de Datos.  Las consecuencias de esta falsa seguridad pueden ser letales. Lo primero que aprende cualquier niño es que no debe hablar con desconocidos por la calle, pero estas cautelas se disuelven en cuanto se conectan a la red. Y, por eso, algunos niños confían en personajes como J.G.M., detenido hace un par de semanas por hacerse pasar por una chica argentina para que otras adolescentes le mandasen fotos eróticas a través de Tuenti. «La pederastia siempre ha existido, dentro y fuera de internet», explica Mar Monsoriu. «El problema es que ahora los pedófilos disponen de catálogos de carne fresca para elegir al niño que más les guste».
En muchos casos, son los propios chavales quienes exhiben intimidades que jamás compartirían en la vida real. Según Fernando Garrido, existe una «brecha bestial» en el uso que las distintas generaciones hacen de internet. Para los padres, es una herramienta para obtener información; para los hijos, un escenario en el que se expresan como individuos. Y también organizan movimientos de masa en cuestión de horas: un millón de usuarios de Tuenti participó en la campaña para encontrar a Marta. Para los «nativos digitales», las fronteras entre lo público y lo privado apenas tienen sentido.
El problema es que la indiscreción de hoy puede convertirse en un aprieto para mañana. En internet no existe el derecho al olvido: lo que se cuelga un día puede ir dando tumbos durante años. Esta semana, por ejemplo, Facebook intentó cambiar sus condiciones de uso para apropiarse  de la explotación de los contenidos de sus usuarios de forma indefinida. Sólo una revuelta de los navegantes impidió esta usurpación, pero la moraleja quedó clara: internet no es el mejor lugar para intercambiar confidencias.
En el fondo, este tipo de dilemas surgen con cada tecnología rompedora. Nadie tiene claro cómo exprimir las bondades de la red sin sufrir  sus inconvenientes. Aunque Ícaro Moyano, director de comunicación de Tuenti, cree que los chavales poseen un instinto más afilado de lo que imaginamos:  sólo el cinco por ciento tiene su perfil abierto a cualquiera. «A los padres les recomiendo que se abran un perfil», asegura. «Muchos temen lo desconocido y, cuando lo prueban, se dan cuenta de que no es lo que imaginaban. Aprovechemos esta oportunidad para aprender».

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