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Azcárraga

Tiempo de lectura 4 min.

20 de noviembre de 2008. 23:17h

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22/11/2008

Azcárraga o Azkárraga es un apellido bastante extendido en las tres provincias vascas. Conocí en mis tiempos juveniles de San Sebastián a un Azcárraga que era un tipo simpático, educado y normal. La ETA asesinó a su padre de un valiente disparo en la nuca en Salvatierra de Álava, a un paso de Navarra y del puerto de Echegárate, con su iglesia dibujada sobre el horizonte de los últimos llanos. Allí, junto a las escaleras de la iglesia de Santa María, un domingo del mes de marzo de 1988, cayó a traición y por la espalda el general Azcárraga. Su hijo Álvaro nos dejó unas palabras admirables cuando aún manaba sangre de la cabeza rota de su padre. «Yo soy una persona, como lo era mi padre, cristiana. Lo único que tengo que hacer es intentar perdonar. Mi padre se sentía muy orgulloso de ser español y vasco. Lo terrible es que tengamos que vivir en una tierra donde se asesina a lo más noble de un pueblo». Los Azcárraga tienen su origen en el valle de Léniz y en Oñate, Durango y Elorrío, y su apellido tiene un significado bellísimo, «el lugar de los arces», un árbol majestuoso que se tiñe de rojo, como la sangre, cuando el otoño camina hacia el bosque detenido y desnudo del invierno. Desde aquel día, admiré a los buenos vascos que llevaban ese apellido, ennoblecido por la trayectoria de un general y la reacción serena de su hijo. No creo, por lo tanto, que el actual consejero de Justicia del Gobierno vasco, Joseba Azcárraga o Azkárraga, sea familiar de los Azcárraga sacrificados por la banda terrorista ETA. Cuando los canallas asesinan a un inocente, también sus familiares y amigos son anímicamente asesinados. Y un individuo como este Azkárraga no está dotado para formar parte de esa familia ejemplar. Ha anunciado que dejará pronto la actividad política, y esa posibilidad resulta más que gratificante. Azkárraga, el consejero de Justicia, ha sido durante los últimos años el emisor de los más desagradables exabruptos nacionalistas, muchos de ellos fronterizos con el delito. Ahora ha dicho que está harto de la sumisión que profesa la Patronal vasca al Rey, y que la Casa Real no tiene derecho a imponer en «su país» las medidas de seguridad para asistir a los actos. Ese enfado de niño tonto le ha sobrevenido porque la Casa Real ha impuesto en su país, que es España -Bilbao está en España, Azkárraga-, una medida de seguridad tan humillante como es la mera presentación del Documento Nacional de Identidad para asistir al acto de «Confebask» que presidía el Rey. Terrible imposición la de exigir la presentación del carné. Un agravio intolerable. Este Azkárraga, que es de esperar nada tenga que ver con los Azcárraga que han sido durante siglos leales vascos orgullosos de ser españoles, siempre está malhumorado. Para mí, que su mesilla de noche debería de estar hospitalizada por las patadas nocturnas del consejero, hoy convertido en un arrogante defensor de De Juana Chaos. Azkárraga, cada vez que las Fuerzas del Orden Público detienen a un terrorista de la ETA, se enfada sobremanera, y no sabe disimularlo. Lo del DNI para entrar en un acto presidido por el Rey en «su país» es una simple y llana majadería. Lo malo son otras palabras y actuaciones en su carrera política. Un Azkárraga de esta estofa no puede ser pariente de los Azcárraga admirables. Claro, que la vida está llena de sorpresas.

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