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La reapertura de las minas para la energía nuclear

Bienvenido Mr Uranio: un pueblo a la espera del mineral «maldito»

La aldea salmantina de Saelices el Chico tiene una casa consistorial impecable, una iglesia restaurada y hasta plaza de toros. Todo con el dinero que dejó, antes de que cerrara, la mina de uranio. Ahora quieren reabrirla.

  • A las puertas de Mina Fe, y de izquierda a derecha, Francisco Bernal, Bernardo Merino, Francisco Bernal hijo y Anselmo Garduño, el pasado jueves
    A las puertas de Mina Fe, y de izquierda a derecha, Francisco Bernal, Bernardo Merino, Francisco Bernal hijo y Anselmo Garduño, el pasado jueves

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24 de mayo de 2009. 01:13h

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24/5/2009

El reloj de la plaza del Ayuntamiento de Saelices el Chico da las horas, las medias y los cuartos con puntualidad británica, pero lo hace siempre con 120 minutos de retraso. Será que se resiste al paso del tiempo. También en las desiertas calles del pueblo la vida transcurre como si tal cosa, pero parece haberse detenido hace nueve años, cuando echó el cierre la mina de uranio que alimentaba las esperanzas de sus 160 vecinos. Desde entonces, en el pueblo ya no se abren zanjas, ni se asfaltan calles, ni se rehabilitan edificios ni se restaura la iglesia con el dinero que daba el mineral «maldito». Desde que en el año 2000 se sacó de Mina Fe, a golpe de dinamita, la última veta de uranio, en Saelices no hay tiendas ni bares, y el único local donde se sirve una cerveza fresquita es un centro social que abre de Pascuas a Ramos.
Durante décadas, el negocio del uranio ha mantenido el nervio de este pueblo salmantino que mira con un ojo a Ciudad Rodrigo y con el otro a Portugal. No sólo ha dado empleo a todos los jóvenes que se atrevieron a andar con ese mineral de tan mala prensa y maldiciones radiactivas, sino que ha financiado la construcción del ayuntamiento, la plaza de toros, la clínica o el centro social, ha ayudado a asfaltar calles y a rehabilitar la maltrecha iglesia, e incluso ha permitido rescatar los restos de la villa romana, la otra niña bonita de la aldea.
La única inversión de la mina a la que el pueblo no le acaba de sacar todo el partido es la red de agua potable. Pese a que les sería mucho más cómodo abrir el grifo de casa y echar un buche, los vecinos de Saelices el Chico siguen yendo cada día a beber y a llenar las botellas a los dos caños de la fuente. Saben que el agua no está depurada, pero no les importa. «Es que ésta sabe mucho más rica. Sabe a agua», se justifica Bernardo Merino, ex trabajador de Mina Fe. Por cierto, el chorro llega directamente de un manantial situado en pleno yacimiento del uranio. «Y todavía nadie ha nacido aquí con dos cabezas», ironiza el alcalde, Francisco Bernal.

Volver a sacar el mineral
Desde hace un tiempo, los habitantes de la Villa Romana de Saelices miran con otros ojos a Mina Fe. Primero fue esa pareja de científicos de una empresa minera sueca que se presentó de improviso en el Ayuntamiento pidiendo referencias sobre la explotación. Luego, los rumores cada vez más insistentes de que varias compañías internacionales estaban interesadas en el negocio. Y, por  último, la confirmación de que el Consejo de Ministros autorizaba con una mano extraer el uranio de Saelices mientras que con la otra incitaba al cierre de las centrales nucleares. El pasado jueves, el mismo día en el que LA RAZÓN visitaba el pueblo, la empresa estatal adjudicataria de las minas de uranio, Enusa, y la australiana Berkeley firmaban un acuerdo para sondear durante 18 meses cuánto mineral queda aún en las tripas de la comarca y, en su caso, reabrir la instalación durante los próximos 30 años. Esta mera posibilidad, por cierto, ha hecho triplicar el valor de Berkeley en bolsa.
Lejos del ajetreo del parqué bursátil, la preocupación en Saelices es otra. Cobijados del bochorno primaveral a la sombra de la iglesia, en un rincón de la plaza en la que a esa hora (las dos de la tarde, las doce en el reloj de la torre) sólo hay un R-4 amarillo aparcado con las llaves puestas, Bernardo, Francisco y Anselmo coinciden en que la reapertura de la mina en la que han trabajado media vida sería una buena noticia para el pueblo. De allí no se extrae una sola veta de uranio desde que en 2000 cesó la actividad por culpa de la caída en la cotización del mineral. En los últimos nueve años se ha seguido trabajando, pero sólo en labores de reforestación. Sin embargo, Francisco Bernal, alcalde durante 16 años y padre del actual regidor, nunca perdió la fe. «Una vez le dije al presidente de Unesa que intuía que esto no se cerraba. Y no se cerrará, ya lo verás», afirma. Bernal, de 54 años (18 como minero), está convencido de que aún hay reservas suficientes de uranio. Y que volverá a ser rentable pese a lo costoso que resulta extraerlo.

Al aire libre
La de Mina Fe es una explotación al raso, por lo que el mineral se obtiene mediante detonaciones controladas de tierra y un complejo proceso de selección posterior. Para sacar un kilo de uranio hace falta detonar, triturar, limpiar y tratar 2.000 toneladas de tierra, pese a lo cual del yacimiento salían en los últimos años 200 toneladas de mineral. La mina abrió en 1957, cuando la crisis era crisis y apretarse el cinturón mucho más que acortar las vacaciones o devolver la tele de plasma. Para la comarca fue todo un acontecimiento. Pese a que trabajar allí era la garantía de un buen jornal, hubo quien prefirió huir a Bilbao o Cataluña, atraídos por el boca a boca de otros emigrantes, para no involucrarse en una actividad de la que todo el mundo hablaba mal. «Hay gente que dice que fulanito o menganito han muerto de cáncer por culpa de la mina, pero no es cierto –argumenta Francisco Bernal–. Aquí enferma la gente como en cualquier sitio. Hace poco falleció uno de los mineros de cáncer, pero antes lo había hecho su hermano, que no puso un pie en Mina Fe».
Bernardo Merino, 62 años, 22 de ellos en la mina, tampoco teme  los efectos del uranio. Aparentemente, lo más radiactivo que entra en su cuerpo es la cajetilla larga de Ducados que se fuma en las casi tres horas de conversación. «Aquí no ha nacido nadie con malformaciones ni cosas de ésas», afirma entre cigarro y cigarro. «El que trabajó en la mina no se queja», explica Bernal. «Siempre ocurre igual –tercia su compañero Anselmo–. Al que le van a poner una autovía al lado de casa o una de esas antenas de los móviles también protesta».

Dos mil kilos de Goma-2
Durante más de dos décadas, Bernardo Merino ha hecho de todo en la mina menos colocar la dinamita para las detonaciones. Eso es precisamente a lo que se dedicaba el barrenero Anselmo Garduño, de 61 años (23 como minero). «Algunos días metíamos hasta 2.000 kilos de Goma-2  a seis metros de profundidad –recuerda–. ¡Menuda explosión pegaba aquello! Retumbaba en todo el pueblo, que está a dos kilómetros». La deflagración no respetaba a nadie, fueran nobles o plebeyos: «Al lado de la finca vivía un marqués, ¿cómo se llamaba?»... «Marquesa, era una marquesa. María Narváez Coello de Portugal –recita Francisco Bernal–. Cada vez que íbamos a detonar había que desalojar todos los alrededores porque salían piedras volando».
Garduño no se arrepiente de nada. «Yo no sé qué pensarán los demás, pero yo me siento un afortunado por haber trabajado en la mina.  Además, nosotros manipulábamos un uranio pobre, de muy baja radiación». Lejos de tanto  entusiasmo, los ecologistas no hacen distingos entre uranio pobre, rico o mediopensionista. Carlos Bravo, responsable en materia nuclear de Greenpeace, advierte de que estudios como el del Instituto de Salud Carlos III alertan de la relación causa-efecto entre las minas de uranio y los cánceres, y recuerda que en otros yacimientos, como los de Andújar o Don Benito, ha habido denuncias.
Sin embargo, al alcalde de Saelices, Francisco Bernal hijo, del PSOE, se le acercan pocos simpatizantes de Greenpeace y sí muchos curritos en busca de una nómina a fin de mes. «La gente me para por la calle en Ciudad Rodrigo y me da su currículum para que se lo intente colocar cuando reabra la mina», asegura.

Veinte jóvenes
Bernal trabaja también en Enusa, en las instalaciones que la empresa tiene en la vecina localidad de Juzbado, y encarna mejor que nadie a la generación de los «hijos de la mina». Son pocos, cada vez menos. De los 160 habitantes que quedan en Saelices (en los años 50 llegaron a ser 800), apenas una veintena está en edad de jugar un partido de fútbol, ya ni siquiera de once contra once. La esperanza de todos ellos es volver a escuchar pronto las detonaciones en Mina Fe. Y quizá entonces vuelva a abrir el bar del pueblo que hace dos años cerró por falta de parroquianos. O quizá no. «Es que aquí somos poco de bares», advierte el alcalde.


El mosaico y la cigüeña
Lo primero que hizo el penúltimo alcalde de Saelices fue plantarse en el despacho de su jefe, el presidente de Unesa, y sacarle el dinero para rehabilitar la iglesia. Ahora, la preocupación del nuevo alcalde, su hijo, es pensar de dónde sacará los euros si el día menos pensado se derrumba sobre el techo del templo el nido que, cada año, levanta la cigüeña con el mismo arte que el arquitecto de la torre de Pisa. «Antes era mucho más fácil –afirma el regidor–, porque incendiábamos el nido con una vara ardiendo. Ahora hay que pedir permiso a Medio Ambiente». Mientras, su reto es seguir sufragando con el dinero del uranio la rehabilitación del valioso mosaico romano hallado bajo lo cimientos de una casa, así como los restos de una casa levantada en el siglo III.


Radiactividad en un bote de mayonesa
- Mina Fe empezó a funcionar en 1957 y dejó de producir uranio en 2000. La empresa estatal que lo gestiona, Unesa, llegó a contratar a 220 personas de la comarca de Ciudad Rodrigo. Una veintena de ellas procedía de la localidad de Saelices. Si en 2011 no reabre su actividad, dejará de contribuir como hasta ahora a las arcas del pueblo vía impuestos.
- El proceso de extracción del uranio consta de las siguientes fases: prospección, detonación con Goma-2, trituración del material para hallar las vetas de uranio, lixivación (limpieza con agua), extracción del mineral (un kilo por cada tonelada), precipitación (limpieza con amoníaco para retirar todo el agua), secado y envasado.
- Las vetas de uranio tienen un color amarillento. «Cuando están embotelladas es como si fuera un bote de mayonesa», describen los mineros.
- Una vez extraído, el uranio se lleva a enriquecer a Reino Unido o Francia. Después se vende para el funcionamiento de las centrales nucleares. Tras una serie de años de vacas flacas, su precio se ha disparado en el mercado.
- Entre otras medidas de seguridad, los trabajadores llevan siempre un carné radiológico y un medidor que registra el nivel de radiación y que se mide cada mes en el Ciemat de Madrid.
- Los ecologistas creen «absurdo» que se vuelva a abrir la mina, no sólo por los perjuicios sobre la salud, sino también por el impacto ambiental.

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