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Castizos

Tiempo de lectura 4 min.

30 de enero de 2009. 02:05h

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30/1/2009

El casticismo no tiene por qué ser madrileño. El casticismo no es otra cosa que el desapego al hablar de los extranjerismos. Muy a su pesar, Javier Arzallus es un castizo que habla un español popular y culto, al mismo tiempo. Lo demostró cuando dijo que el presidente Tarradellas era un «ególatra del carajo de la vela». Don Juan De Borbón era un castizo.

En cierta ocasión, el Presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez quiso saber -no lo entendía- su situación dinástica. «Vamos a ver. Usted es hijo de Rey y ha sido Príncipe de Asturias. Durante un tiempo, muchos españoles decían que el rey era usted. Ahora el Rey es su hijo, y usted se ha quedado en conde. ¿Qué carajo es esto?».

Y Don Juan, que no tenía ganas de explicarle toda su vida, le respondió: «Señor Presidente. Esto es la repanocha». A la Reina Victoria Eugenia le molestaba el casticismo de Alfonso XIII. Cuando había Capilla Pública, acto que podía alargarse en demasía, en el umbral de la Capilla del Palacio Real se volvía a sus hijos y les preguntaba. «¿Venís todos meaditos?». Y al Presidente socialista de Murcia Andrés Hernández Ros, le formuló un periodista la pregunta que sigue en una entrevista radiofónica. «Señor presidente: ¿qué opina de Carlos I y Felipe II?». Y el excelentísimo señor Presidente, sorprendido por la profundidad cultural e histórica de la cuestión, respondió al instante: «¡Joé, qué tíos! ¡La madre que los parió!». Y se quedó tan ancho y tan pancho.

El casticismo actualmente está en desuso, porque los avances de la ciencia y la informática nos obligan a usar anglicismos en exceso. Hablar con un informático es como hacerlo con un americano enfadado. Zapatero, que no habla ni patata de inglés, tampoco es castizo. Endulza y redondea sus frases, y termina rompiendo en cursi. El casticismo es directo, no nenufaroso. Fraga es un castizo contundente. Acaba de dar una nueva prueba de ello. Refiriéndose al lío del espionaje en el Partido Popular de Madrid ha dicho textualmente: «En mis tiempos no pasaban esas cosas. Si alguien lo intentaba, yo le cascaba».

La oración es confusa. Primero asegura que en sus tiempos esas cosas no pasaban, y posteriormente, sin dudar un segundo, especifica el castigo, lo que da a entender que en sus tiempos esas cosas sí pasaron y que le cascó al culpable. Que le cascó una castaña, para entendernos. No es elogiable la manifestación, pero tampoco merece una crítica escandalizada. Don Francisco Silvela, que hablaba como un nativo el inglés y el francés, decía que insertar en una charla en español voces extranjeras era de cursis y de lerdos, y que el casticismo, el uso de palabras comunes en el lenguaje de la calle, era prueba de alta cultura, por cuanto acostumbran a ser más expresivas que las presumiblemente correctas. Y suenan más amables, por divertidas.

Amenazarle a un tipo con pegarle un puñetazo no tiene maldita la gracia. Si se le dice «te voy a cascar», se abre la puerta de la fantasía, porque el puñetazo es evidente, mientras que cascarle a otro no siempre se hace de la misma manera. Sólo nos queda saber qué método, estrategia pugilística o pateadora, y qué lugar eligió don Manuel Fraga para cascar al espía de su tiempo. Pero que le cascó, seguro.

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