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Charlize Theron: «Frente a Irak no todo es blanco o negro»

A Theron (Suráfrica, 1975) le gusta hacerse esperar. A 50 metros de una mesa repleta de periodistas que quieren entrevistarla durante la pasada Mostra de Venecia, bebe una copa de vino sin darse prisa.

La Razón
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Llega tarde, sabe que la estamos mirando con una cierta impaciencia, el sol asoma el morro entre las nubes, y el viento y el trabajo nos apremia. Pero Charlize, por Dios, es Charlize, y nadie se atreve a interrumpirla. Cuando llega a la mesa abarrotada, no está dispuesta a disculparse: después de todo, ha ganado un Oscar, ha sobrevivido a una tragedia familiar (su madre mató de un disparo a su padre, un alcohólico con tendencia al maltrato físico), ha sido bailarina y modelo, ha engordado y adelgazado a su antojo, y es una de esas actrices que responden a la prensa con inteligencia y con un cierto desprecio por los que preguntan. En «En el valle de Elah», la última película de Paul Haggis, interpreta a la detective Emily Sanders, subestimada por ser mujer entre sus compañeros y única aliada de Hank Deerfield (Tommy Lee Jones) en la ardua búsqueda de su hijo, desaparecido tras haber pasado una temporada en el infierno de Irak. Charlize Theron aparece tan rubia como la conocemos, y el contraste entre su castaño natural, que exhibe en la película de Haggis, y el amarillo brillante, bronceado, de su melena, suaviza su actitud un punto desafiante. No por casualidad está preparando, entre otros proyectos, el «remake» americano de «Sympathy for Lady Vengeance», del coreano Park Chan-Wook.

–¿Cuándo se produce el encuentro en la cumbre de Charlize Theron y Paul Haggis?

–Conocí a Haggis en la ceremonia de los Oscar de 2005. Él estaba nominado por «Crash» y yo por «En tierra de hombres». Por aquel entonces Paul ya estaba trabajando en el proyecto de «En el valle de Elah» y estaba fascinada por él, por su modo de entender y analizar la condición humana. No me costó demasiado decirle que sí cuando me habló del papel, sobre todo porque el guión era excelente.

–Últimamente interpreta a mujeres que luchan por sus derechos, por ser reconocidas en un mundo machista. Cualquiera diría que Hollywood es un patriarcado...

–El personaje de Emily Sanders no me resultaba ajeno. Después de todo, ya había interpretado a una mujer con un problema similar, el acoso sexual, en «En tierra de hombres». Cambia el contexto: allí se trataba de una empresa minera, aquí de una comisaría de policía, pero la situación es prácticamente la misma. Emily se acostó con su jefe, que estaba casado, tuvo una hija y es madre soltera. Tal vez si no se hubiera liado con su jefe, ahora no sería detective, y de ahí que tenga tan claro que está pagando un peaje por ello. Quizá por eso se implica tanto en resolver este caso: para demostrarse a sí misma que se merece el puesto, que es una buena detective. Y es desde esa honestidad, desde esa realidad, que interpreté a Emily Sanders.

–La relación que establece con Hank (Lee Jones) elude cualquier matiz romántico, lo que llama poderosamente la atención en el contexto del cine americano actual. Se masca la complicidad entre ustedes, pero también se nota que existe una jerarquía y un respeto mutuo. ¿Es Hank un padre metafórico?

–No había pensado en ello, pero me encanta la idea de que Hank pueda ser una figura paterna para Emily. Quizá tenga que ver con el hecho de que su padre fue también un militar, como Hank. En todo caso, lo más importante para mí es el modo en que ella, como madre, se identifica con la pérdida de Hank. Aunque no soy madre, y aunque me resulta muy difícil imaginar lo que supone esa pérdida, intenté trabajar el personaje desde ese sentimiento irreparable.

–¿Cómo preparó el personaje?

–No soy de las actrices que creen que para interpretar a un drogadicto tienes que convertirte en drogadicto. Conozco a gente que tiene hijos en Irak, he hablado con ellos, he investigado todo lo que he podido sobre el tema, pero eso no significa que lo haya vivido de primera mano. No creo en el método. Si lo aplicáramos a rajatabla, todos los actores acabaríamos siendo alcohólicos, drogadictos y adictos al sexo.

–En el valle de Elah» pone el dedo en la llaga de un conflicto que parece prolongarse hasta el infinito y que ha servido para cuestionar la política exterior del Gobierno de Bush. ¿Cuál es su opinión sobre el tema?

–No me gusta que mis creencias políticas se impongan en los personajes que encarno. La guerra de Irak está polarizando demasiado las opiniones de la gente. Parece que todo tiene que ser blanco o negro, correcto o equivocado, y no creo que las cosas sean tan sencillas. Además, «En el valle de Elah» no trata específicamente de la guerra: trata de los efectos que provoca la pérdida de un hijo en una familia.

–Muchos actores de Hollywood se han posicionado al respecto...

–(Enfadada) Yo tengo una opinión, pero la película no habla de mí. Todo es político, nuestras circunstancias están determinadas por la política. No soy un político ni tampoco un predicador. No es mi función. Es la película la que plantea las preguntas. Las respuestas están en el público, cada uno sacará sus propias conclusiones. Personalmente, no me gustaría nada que una película me dijera lo que tengo que pensar. Vivimos en una democracia, ¿no?

–Parece que esconde la cabeza debajo del ala...

–(Más enfadada) No me estoy escondiendo de nada. ¿La pregunta es si estoy contra la guerra de Irak? Por supuesto que sí. Pero lo importante es el debate, que es lo que intenta generar este filme. ¿Deberíamos pensar qué vamos a hacer con los soldados que vuelvan de la guerra, la mayoría con síndrome de estrés post-traumático? Sí, deberíamos pensar en ello.