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Rodada en Tokio,su película lucha también por la Palma de Oro del certamen, cuyo jurado despejará mañana la incógnita domingo

Coixet: «La felicidad no es fotogénica»

  • Coixet: «La felicidad   no es fotogénica»

Tiempo de lectura 4 min.

23 de mayo de 2009. 01:07h

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23/5/2009

Algo debe de tener Tokio para que dos cineastas tan distintos como Gaspar Noé e Isabel Coixet se enamoren de ella. «Enter the Void», la película de Noé que concursaba ayer en Cannes, extrae la sangre lisérgica de la ciudad de neón donde todo, incluso la reencarnación, es posible. Coixet, en cambio, se alejó de las zonas más concurridas de la capital japonesa, como Shibuya o Shinjuku, para internarse en los barrios más pequeños y familiares. «En Tokio se oyen las voces del pasado del período Edo, pero también están la cultura pop y las lolitas góticas», contaba Coixet horas antes de la presentación a la prensa de «Map of the Sounds of Tokyo», su debut en la sección oficial de Cannes. «Allí no me siento extranjera, me siento japonesa». A lo que su actor protagonista, Sergi López, añadió: «En Japón eres tan extraterrestre que a las dos horas estás integrado». Sexo excéntrico No es difícil detectar la influencia de buena parte de la plana mayor de los maestros del cine asiático contemporáneo en la estética de esta película romántica que cuenta la historia de amor ¿imposible? entre una asesina a sueldo (Rinko Kikuchi) y su víctima (López). En el título rastreamos la herencia de uno de los personajes del «Café Lumière» de Hou Hsiao-Hsien y en el estilo visual olemos las texturas del cine de Wong Kar-wai. «Creo que también me han influido Naomi Kawase e Hirokazu Kore-eda, pero mis modelos son básicamente literarios», confesó Coixet. «Por una parte, está la obra de Patrick Modiano, de la que me gusta cómo describe, desde el presente, la vida de gente que ha desaparecido. Por otra están las últimas diez páginas de ¿Chesil Beach¿, la novela de Ian McEwan». Alérgica a los storyboards, Coixet prefiere que la planificación nazca de las localizaciones. ¿Y los sonidos? «Desde ¿La vida secreta de las palabras¿, el sonido ha cobrado mucha importancia en mi cine. Por eso los sonidos de Tokyo en verano me ayudaron a contar la historia: no os podéis imaginar lo increíble que suenan las chicharras». ¿Y el amor, le suena a algo? «Amar a alguien supone una entrega que, muchas veces, te conduce al sufrimiento. No nos engañemos: la felicidad no es fotogénica». Lo es más el sexo: Coixet rebajó sensiblemente el tono de las escenas sexuales de la novela original de Philip Roth en la que se basaba «Elegy», pero en «Map of Sounds of Tokyo» ha decidido ponerse pasional. Sexo excéntrico, sexo en el metro. ¿Cómo? «No quería rodar la clásica escena de cama. Prefería que se encontraran en un lugar incómodo. Encontramos uno de esos moteles del amor con habitaciones temáticas en Osaka y me pareció un lugar muy sexy». Con la tartera «Antes el cine era algo relevante», admitió, nostálgica, Coixet. «Cuando era pequeña, iba con mis padres a ver programas dobles y nos llevábamos la tartera. Se hablaba mucho de cine. Era la época en que los actores se llamaban Antonio Quinn o Roberto Taylor. Eso ya no ocurre, pero no por eso debemos dejar de hacer películas». Coixet cierra en Cannes una carrera de galgos con pedigrí, pero no sería la primera vez que, quien ríe el último, ríe mejor. ¿Piensa en llevarse la Palma? «Esa es una pregunta sin salida. Los miembros del jurado son doce hombres sin piedad. No sé, he formado parte de muchos jurados y a veces sus decisiones tienen un punto aleatorio. Puedo asegurar que, si la gano, no enviaré a ningún indio a recoger el premio, como hizo Marlon Brando. Sobre todo, porque no conozco a ninguno. Como decía Doris Day: qué será, serááááá». Amén.

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