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Son miles y miles los dedicados a los marginales, a los más necesitados

Curas y monjas admirables

Tiempo de lectura 2 min.

30 de noviembre de 2008. 23:49h

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1/12/2008

LLevo tiempo preguntándome qué sucedería si desaparecieran los miles y miles de sacerdotes, monjas y seglares coordinados por la Iglesia católica que atienden por todo el mundo a los marginados, a los terminales, a los leprosos, a los seropositivos, a los que viven en soledad, a los más necesitados...? Como desde hace un tiempo parece estar de moda fustigar a la Iglesia, me apetece contar algunos casos ejemplares de los que suceden tan sólo en Valencia. El primero, la «Casa Cuna Santa Isabel», cuyas religiosas cuidan desde 1935 a las madres gestantes y con niños menores de 3 años que han recibido malos tratos tanto físicos como psicológicos que carecen de recursos económicos y de apoyo familiar y social. ¿Qué y quién les puede hablar de la violencia de género? Estas siervas de Dios tienen como eje de su existencia la defensa de la vida, especialmente la del no-nacido, acogiendo a la mujer para que viva su embarazo con dignidad, posibilitándola a una formación integral a través de apoyo moral, psicológico y social. El segundo, el de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en la Comunitat Valenciana, integrada por 355 religiosas que atienden a más de 2.000 ancianos solos y sin recursos. Son parte de 25.000 en Europa, Iberoamérica , África y Asia. El tercero, la monja y médico, Elisa Verdú, y el cura Vicente Berenguer, valencianos los dos, que trabajan en una de las zonas más castigadas de África, en Mozambique. Les ayudan algunos seglares, a quienes sólo nos queda admirar. Allí enseñan y asisten a niños huérfanos enfermos de sida, como Milena Tomás Chirindza, de siete años seropositiva en tratamiento antirretroviral, malnutrida y con tuberculosis asociada. El padre vive en Maputo con otra mujer. La madre se fue a Sudáfrica y nunca más volvió. La niña está al cuidado de la abuela que es viuda y sobrevive cultivando un pequeño campo que depende de la lluvia para producir. Son miles entregados a los demás. Hay otros muchos, aunque no demasiados.Por más que se empeñen, hay que admirar su abnegación. Y lo hacen sin esperar nada a cambio.

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