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De tonto a tonto

Tiempo de lectura 4 min.

06 de diciembre de 2008. 03:18h

Comentada
6/12/2008

Días atrás, la sutil escritora Almudena Grandes, que es también la mujer de un poeta oficial, se permitió la licencia de reírse de las religiosas torturadas y asesinadas durante la República y Guerra Civil. En su mismo periódico un escritor de verdad, Muñoz Molina, puso en su sitio a la hedionda plumilla. Y pocos días después de celebrarse las últimas elecciones, la encantadora y chispeante Maruja Torres, llamó «hijos de puta» a los diez millones de españoles que votaron al Partido Popular. Una chica muy demócrata y respetuosa con las opciones políticas que no coinciden con la suya. Ahora se ha montado un tiberio porque otro socialista ejemplar, el alcalde de Getafe, Pedro Castro, presidente de la Federación Española de Municipios, ha calificado a todos los que votan a la derecha de «tontos de los cojones». Lo ha dicho, según él, en tono simpático, cercano y coloquial, y su partido político defiende su simpatía, cercanía y gracejo en el coloquio. Me figuro que votar a la derecha significa hacerlo por el Partido Popular, de cuyo significado deduzco que para el señor alcalde de Getafe, también yo soy un tonto de los cojones. Y me siento abatido. Pero creo que ya he perdonado su falta de consideración con mi persona. Hay un muerto asesinado en Azpeitia por la ETA y esa circunstancia me preocupa más. Con el Gobierno de Zapatero se ha alcanzado la cifra de tres millones de parados, y ese dato me preocupa más. Ese mismo Gobierno no parece decidido a disolver, mediante las leyes, los ayuntamientos gobernados por la ETA, y esa vacilación me preocupa más. De igual forma, nada deseo menos que el mal ajeno, y al alcalde de Getafe, cuando se amansen los enfados justificados de unos y las defensas injustificables de otros, se le puede estropear su limitada pero larga carrera política, y hasta esa posibilidad me preocupa más. Un individuo que llama «tontos de los cojones» a la mitad de los ciudadanos representados por los ayuntamientos que él preside no se me antoja moralmente capacitado para mantenerse en su cargo. Y su cese, o dimisión inducida, puede resultar desagradable e hiriente para su familia, y como la familia no tiene la culpa de nada, esa opción también me preocupa más. Por mi parte, y lo repito, el señor Castro puede considerarse completamente perdonado, y no le exijo que me envíe un tarjetón disculpándose de su puño y letra porque tendría que hacerlo con diez millones de españoles más, y el esfuerzo sería ímprobo e inhumano. Acepto y admito su sentido del lenguaje coloquial, siempre que el señor alcalde de Getafe acepte y admita el mío. Estamos en el mismo bando, señor alcalde, y nada más contraproducente que regodearse en riñas y debates entre dos personas que pertenecen al mismo ámbito, que no es el ideológico, sino el mental. Tanto usted como yo estamos en el bando de los tontos, y entre los tontos hay que mantener las formas y pulir los prudentes respetos. Un par de tontos enemistados procuran un espectáculo deplorable. Y no transcurrimos por una situación propicia para nublarla aún más. Entre los tontos hay muchas subespecies, como bien sabe el señor Castro. Y los tontos de los cojones siempre nos hemos llevado muy bien con los tontos del culo.

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