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Un micrófono abierto cuando se cree cerrado, además de un perfecto ineducado es un inconveniente accidental

Díaz Ferrán

Tiempo de lectura 4 min.

08 de mayo de 2009. 01:31h

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8/5/2009

Se trata de un botón que hay que pulsar para que el micrófono funcione o no. El micrófono sigue siendo un instrumento contradictorio, traidor y torpe. He pronunciado muchas conferencias, y en el siglo de Internet, del desprecio a pasear por la luna en beneficio del planeta Marte, y de los primeros y seguros pasos científicos para curar el cáncer, cuando alguien se dispone a hablar ante un auditorio, golpea con los dedos la pera del micrófono y pregunta a los asistentes: «¿Se oye bien?». Y pasa lo que pasa. A Federico Trillo se le escapó el «¡Manda huevos!» desde su presidencia del Congreso, al Rey un «¡joé, he metido la pata!», cuando nombró en un acto a una persona que no había que mencionar, y Ramón Mendoza, en una Asamblea del Real Madrid, al ver que se acercaba al atril de los socios opinantes un personaje que no le caía bien le comentó a Pepe Stampa Casas «ahí viene ese gilipollas», y el «gilipollas», que no lo era, lo oyó perfectamente. Un micrófono abierto cuando se cree cerrado, además de un perfecto ineducado es un inconveniente accidental. Y lo que se dice o se oye, aunque se diga en privado y se oiga en toda la Comunidad de Madrid, es un comentario confidencial. De ahí que el comentario de Gerardo Díaz Ferrán acerca de Zapatero, la crisis, y Esperanza Aguirre, tenga un doble valor. El de la confidencia y el de la verdad. Resulta que por culpa del micrófono la confidencia dejó de serlo, pero ese detalle no descalifica el contenido del susurrante cuchicheo confidencial. Que el Gobierno de España, con Zapatero al frente, era conocedor de la crisis, mintió a los votantes, no hizo nada para prevenirla y hace menos para solucionarla, es sabido por todos aquellos que tienen algo más de dos dedos de frente, e incluso muchos de los que sólo presentan dos dedos de distancia entre el entrecejo y el nacimiento de la frondosidad pilosa, como decía Matías Prats. Si a Gerardo Díaz Ferrán se le hubiera escapado un «¿Te has fijado cómo está de buena la rubia de la tercera fila contando desde la primera butaca de la izquierda?», podríamos sorprendernos y recomendar al presidente de la CEOE más tacto y prudencia ante la presencia de un micrófono. Pero lo que dijo sin vocación de hacerlo en público, no es noticia: «El problema no es la grave crisis, sino los años de Zapatero». Y respecto al «Esperanza -por Aguirre-, es cojonuda», lo mismo de lo mismo, porque lo es, y lo ha demostrado soportando la más vil de las campañas por parte de los medios afines a los intereses del partido en el Poder. Cambiando el calificativo coloquial por uno más institucional, la definición de Esperanza Aguirre es ajustada y nada extravagante. Al micrófono, cuando se adquiere confianza con él, se la llama «aparato». Boyer lo sabe de sobra. «No me funciona el aparato», dijo en el Congreso. Se rió hasta Gregorio Peces Barba. Sucedió en una época en la que a Boyer, al menos para la leyenda urbana, el aparato le funcionaba a la perfección. Pero a Gerardo Díaz Ferrán no le ha jugado el aparato una mala pasada. La mala pasada se la están jugando Zapatero, los sindicatos amaestrados y las medidas del Gobierno para ahondar la crisis. Y el aparato dijo: «Me uno a tu protesta».

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