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«El 2 de mayo volverá a manipularse»

La Razón
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rturo Pérez-Reverte se ha empapado de calle y de historia para narrar la gesta de esa caterva de madrileños que, con el fajín atado a la cintura, la navaja abierta en la mano y echando espumarajos rabiosos por la boca, salieron a recibir franceses, en aquel dos de mayo, sin más armas que el utillaje de los oficios y las herramientas de la cocina. Lo cuenta con nombres y apellidos en «Un día de cólera» (Alfaguara) y por sus páginas circula el vecindaje obreril, los manolos arrufaldados, las majas de Lavapiés y todos los malasaña malencarados que luego cedieron su patronímico a algún barrio popular de la capital. «Fue una revolución reaccionaria. La gente no salió a luchar por la libertad o la modernidad, sino para conservar ese mundo de reyes absolutistas y curas analfabetos. España quería seguir siendo lo que era», afirma el novelista, casi maldiciendo, con la lucidez del desengañado y el pesar del que conoce la oportunidad que se perdió, en esa fatídica fecha, para sacudirse los lazos del antiguo régimen.

 

Motín callejero

«El país no se puso en marcha, en un primer momento, por la patria ni por política, sino para vengarse de los invasores. Es un motín callejero contra las tropas franceses. Después se complica y viene la guerra. Pero al principio no es más que un día de cólera». Una sublevación goyesca, taraceada de tipos folclóricos, que, con su topografía de portales y plazuelas, sorprendió al mejor ejército del momento en un laberinto de emboscadas y degüellos. «España es un país muy peligroso y hosco, muy ingrato hasta con sus propios compatriotas». Entró Murat al frente de una caballería imperial y la imagen espectacular de los mamelucos. Pensaba que era un país tranquilo, y lo era, hasta que dejó de serlo. «Lo que ocurre es que Bush y Aznar no han leído mucha historia ni conocen bien a Goya, si no se lo habrían pensado antes entrar en Irak. Los políticos leen muy poco. Hay que aprovechar las lecciones que ofrece la historia». Pero la memoria es débil y fácil de tergiversar por las lenguas habilidosas. «Ha sido una fecha muy manipulada por todos. Durante el franquismo se aireó como una revuelta militar contra los invasores, pero no es cierto. La han reivindicado la derecha y la izquierda. Y volverá a ser manipulada en el futuro, por eso quería despojarla de falsedades, contarla como fue. Monteleón fue nuestro Álamo, pero no acudió ahí la gente de orden, sino la de las casas». La jornada de Daoíz y Velarde fue un estrépito de cañones y cascos de monturas, pero un drama para los intelectuales. «Para los ilustrados, Francia era la modernidad. Ellos no estaban en un bando ni en otro. La división entre una España liberal y otra reaccionaria se fraguó en ese conflicto». De todo aquello sólo queda un lugar sucio, guardado por municipales, repleto de litronas rotas, esquinas orinadas y antisistema con ganas de bronca. «Si Madrid fuera París esa plaza sería un lugar de culto. Cuando veo lo que sucede ahí, pienso que es una falta de respeto, pero también existe cierta coherencia. Es un lugar que pertenece al pueblo. Desde luego, si tiene que haber un conflicto popular, ese es el sitio».