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El inquisidor rosa

Tiempo de lectura 4 min.

26 de febrero de 2008. 00:00h

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26/2/2008

A mí -dicho sea con todos los respetos- Pedro Zerolo siempre me ha dado mucha grima. No digo esto por su asendereado pasado político, que hasta que recaló en el PSOE parecía que tenía azogue. Tampoco me refiero a su presente como una de las cabezas visibles de eso que Luis Margol ha bautizado como sindicato de las mariprogres. Menos aún me provoca esa sensación porque sea homosexual, asunto que me trae verdaderamente sin cuidado. Y, desde luego, que quede claro que tampoco su peinado -que, ocasionalmente, me lleva a confundirlo en las fotos con la ministra Cabrera- es la causa de mi repeluz. No. Lo que a mí me provoca más dentera son los hábitos y los exabruptos verdaderamente totalitarios de Zerolo. Así como quien no quiere la cosa, don Pedro ha decidido hace tiempo lo que debemos querer, pensar y hacer los demás y el que no está dispuesto a comulgar con sus rosadas ruedas de molino se ve condenado a los infiernos de la progresía bajo la etiqueta de «homófobo». Hace apenas unas horas, acabamos de descubrir que ese ansia por delimitar las existencias ajenas se extiende también a personas cercanas. Seguramente muchos de los lectores recordarán que en junio de 2006, el entonces ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, designó a una gitana llamada Pilar Heredia para el cargo de responsable y asesora de Minorías Étnicas dentro del Instituto de la Mujer. Pilar Heredia disfrutó desde el principio del beneplácito de las instancias más diversas desde la Casa Real al comisario de Asuntos Sociales europeo. De muchos, pero no de Zerolo. De hecho, en palabras de Heredia, «el Secretario de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONGs, Pedro Zerolo», inició «una campaña demoledora, laboral y política en contra de mi persona». Tan entusiasmado estaba el dirigente de las mariprogres con la idea de hacerle la vida imposible a la responsable gitana que, de nuevo según ésta, la sometió al «abuso que efectúa al amparo de su cargo, generando prácticas intimidatorias hacia la Directora General, Rosa Peris. Recalcar el atrevimiento autoritario que idea, bloqueando cualquier gestión emprendida». Pero no bastaba con eso. Zerolo, según la denuncia citada, prohibió categóricamente al Instituto de la Mujer que mencionara el cargo de Pilar Heredia. «La última orden» -clama la agraviada mujer- «que ha determinado, siempre acatada por la directora, es impedirme hacer uso de cualquier material público y administrativo de dicho organismo». Como era de esperar, Pilar Heredia, más que harta de la campaña a que la sometía Zerolo, se puso en contacto con los dirigentes del PSOE. A día de hoy, espera respuesta de José Blanco y solidaridad de las feministas. No extraña que la primera mujer gitana en la Historia de España que ha tenido un cargo gubernamental se pregunte si Zerolo la ha tratado así porque la ve como una «rival política» empeñándose en rechazar que sea por racismo. Algunas personas sacarían de este incidente motivo para la chacota aduciendo que Zerolo se siente molesto porque la bata de cola le sienta mejor a la Heredia que a él. No caeré yo en un comentario de ese tipo. Pero pecaría contra la honradez si ocultara que la vida política sería mucho más limpia si por ella no pulularan personajes como este inquisidor rosa cuya omnipotencia tiene un origen que se nos oculta.
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