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Marsé ha construido desde su experiencia vital un mundo literario de perdedores, soñadores urbanos y mitos del celuloide

El mundo del Pijoaparte

  • El mundo del Pijoaparte
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Tiempo de lectura 4 min.

28 de noviembre de 2008. 00:43h

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28/11/2008

El charnego Pijoaparte es sin duda el personaje más célebre de Marsé. Protagonizó su primer éxito narrativo, «Últimas tardes con Teresa» (1965); él era el conducto para realizar una sátira sobre el señoritismo de los años sesenta y las clases burguesas barcelonesas. En ese entorno, un trepador, un caradura y ladrón salido del barrio periférico del Carmelo, un charnego canallesco, pretende ascender en la escala social aprovechándose de la ingenuidad de la bella Teresa. La chica bien La mujer acomodada, hija de papá, es la otra cara de la moneda del picaresco modo de ver la vida de Pijoaparte. Pero no se trata de una pija estándar, que disfruta de los bienes y privilegios que su familia y estatus social le confieren; más bien es el perfil de pija «progre», adinerada con ideales sociales y una cierta compasión hacia el Pijoaparte. Tal carácter, además de en «Últimas tardes con Teresa», destaca en la siguiente obra de Marsé, «La oscura historia de la prima Montse» (1970), donde el choque social se hace patente entre la burguesía y la emigración, entre una mujer culta y religiosa y un presidiario ateo y también con deseos de alcanzar una clase social superior. «Ramblero» bilingüe Los opuestos no sólo se atraen en la novelística de Marsé, al reunir personas de muy diferente estrato social. Son hasta cierto punto intercambiables: en «El amante bilingüe» (1991), el protagonista, Marés, buscando la manera de recuperar a su distinguida mujer, se reinventa creándose una nueva identidad, la del charnego Faneca, reflejo del macho tramposo que recorre las Ramblas de forma tan grotesca como imprevisible. Una historia que, a la vez, mostraba con sorna la dualidad lingüística barcelonesa: castellano y catalán fundidos en una misma sociedad. Vida de barrio El Carmelo del Pijoaparte, el Raval del «amante bilingüe», el Guinardó de «Rabos de lagartija» (2000)... Muy pronto el niño Marsé se acostumbró a la vida más sencilla, la de los juegos en plena calle o las profesiones artesanales, y de hecho, dejó de estudiar a los trece años para emplearse de aprendiz de joyero. Las existencias más rutinarias, más ordinarias, se asoman por toda su trayectoria narrativa, a lo que se añaden actividades especialmente oscuras: chicas de alterne en «Canciones de amor en Lolita¿s Club» (2005) o el ex boxeador metido a atracador de bancos en «Un día volveré» (1991). La posguerra Marsé, nacido en 1933, pasó su infancia en Barcelona y Tarragona, y esa época y lugares le han inspirado multitud de páginas protagonizadas por ojos infantiles o adolescentes. Los años de dictadura aparecen por doquier. En «La muchacha de las bragas de oro» (1978), el escritor protagonista recuerda su pasado falangista, al que añade todo tipo de mentiras, las cuales son puestas en duda por su sobrina. En «El embrujo de Shangai» (1993), un niño rememora la posguerra, también mezclando realidad e imaginación. Pero no sólo en la ficción ha tratado Marsé esa etapa: en el libro «La gran desilusión» (2004), el escritor abordaba los años 30 y 40 y analizaba desde su prisma figuras del deporte, el cine, la política o la literatura que marcaron aquellos años. Tardes de cine Las novelas de Marsé, consistentes siempre en perfiles humanos próximos y reconocibles, son susceptibles de verse representadas en la gran pantalla. A juicio del propio autor, algunas de estas adaptaciones han sido un fracaso (son un total de siete, más la adaptación televisiva de «Un día volveré»); sobre todo, han sido las versiones de «La muchacha de las bragas de oro¿», dirigida por Vicente Aranda, y «El embrujo de Shangai», que llevó a la pantalla Fernando Trueba, las que han despertado agrias controversias. Él mismo ha llevado a sus tramas el mundo del celuloide, como en el cuento, incluido en «Teniente Bravo» (1986), «El fantasma del cine Roxy», donde los espectros salen de la pantalla para reivindicar su recuerdo. Su relación con el cine viene de lejos, desde su colaboración en la revista «Arcinema» en los cincuenta y sus traducciones de guiones en París en los sesenta.

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