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El parado 3000000

Los expertos han tirado la toalla: antes de fin de año, y por primera vez en dos décadas, un ex trabajador se  inscribirá en el Inem como el parado 3.000.000. Y es más: seguramente será obrero, inmigrante y menor de 25 años.

Madrid.

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09 de noviembre de 2008. 01:01h

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Madrid. 9/11/2008

Un día cualquiera del mes de diciembre de 1987 un ciudadano español de mediana edad aguarda su turno, papel en mano, a las puertas de una oficina del Inem. Acaba de ser despedido -y no es la primera vez- de la empresa de la construcción en la que trabaja con la promesa de que será el primero al que llamarán en cuanto se contrate una nueva obra. Él, por supuesto, no lo sabe, y nadie habrá allí para recordárselo, pero cuando estampe su firma en la ventanilla se convertirá... ¡en el parado 3.000.000! El primero en las dos últimas décadas. Esa misma mañana de diciembre de 1987, Martín Obispo no es más que un niño dominicano recién nacido, Rebeca (11 años) asiste despreocupada a su clase de 4º de EGB e Ibrahima Bah (10) juega en una calle de su Guinea Conakry natal. Ninguno de ellos podía imaginar, por supuesto, que dos décadas después intercambiarían desdichas a las puertas de una oficina del Inem en una ciudad del cinturón industrial de Madrid. Una «barrera psicológica» Martín, Rebeca, Ibrahima, como tantos otros, son sólo algunos de los 2.818.026 desempleados que hay registrados a día de hoy en las listas del paro, la cifra más alta desde abril de 1996 y la antesala de eso que se ha dado en llamar la «barrera psicológica» de los tres millones. Una barrera que, por cierto, está al caer. «Lo más probable es que se supere este mes de noviembre y, si no, con toda seguridad, en diciembre -vaticina Juan Iranzo, director general de Estudios Económicos-. Pero caerá». Según los expertos, el parado 3.000.000 del siglo XXI será un hombre menor de 25 años, extranjero y procedente del sector de la construcción, posiblemente de una de las comunidades españolas del litoral donde la burbuja inmobiliaria ha reventado con más fuerza. Por tanto, y como ocurrirá con la mayoría de los otros 2.999.999 desafortunados de esa lista, no tendrá ni la más remota idea de lo que fue la sangría de parados de los 80. «Los que superan los 40 años han vivido ya unas cuantas crisis, y por tanto les resulta más fácil adaptarse a la que sufren ahora. Pero para los jóvenes es mucho más traumático, porque sólo han trabajado en un ciclo de bonanza», explica Iranzo. Es el caso del guineano Ibrahima Bah, de 31 años, ayudante de la construcción. Llegó a España en 2001, y desde entonces han sido pocas las mañanas en las que no se ha dado el madrugón para irse al tajo. Hace dos meses encontró un hueco en las obras de construcción de los cuatro rascacielos de la antigua Ciudad Deportiva del Madrid, el proyecto más emblemático de la capital, pero el pasado 24 de octubre le dijeron que ya no había trabajo para él. «Ahora estoy buscando de lo que salga, porque no hay de nada», se lamenta. Reciclarse o pedir También responde al retrato robot del nuevo parado Martín Obispo. Tiene los mismos años que la última «crisis de los tres millones» y coincide con Bah en que, desde hace unos meses, «se ha acabado eso de elegir»: «Si no pillas lo que te llega, se lo lleva otro. Sea lo que sea». A Martín el despido se lo comunicaron hace diez días, cuando la imprenta en la que trabajaba se quedó sin pedidos. A Rebeca, española, de 32 años, que guarda cola junto a su marido frente a la misma oficina del Inem, la mala noticia se la dieron el pasado lunes. Una de las empresas que gestiona las cafeterías de los aeropuertos prescindió de ella y de otras 60 personas. «Es el primer día que vengo a por el paro y, la verdad, jamás pensé que llegaría a esto», reconoce. Para intentar paliar en lo posible este tsunami laboral trabaja Miguel Barrio, director del Centro de Formación de la Comunidad de Madrid en el barrio de Moratalaz. El edificio es algo así como una planta de reciclaje en la que entran parados y, un año después, salen estudiantes con un título, una formación y, en el 90% de los casos, un puesto de trabajo. El secreto está en dar con la tecla adecuada y encontrar uno de los pocos nichos de empleo que aún no ha sido arrastrado por la crisis. Es el caso, por ejemplo, del curso sobre mantenimiento e instalación de aparatos de refrigeración, donde han acabado un puñado de encofradores, electricistas, maquinistas, marmolistas o incluso administrativos para aprender las técnicas del oficio. Su procedencia es una radiografía a pequeña escala del mapa del paro en España. Juan Manuel, por ejemplo, trabajaba en una empresa de estructuras de edificios que quebró; Fernando, en una de mármoles que no pudo superar la reducción drástica de los pedidos; y Ángel, a sus 59 años, ejercía de administrativo en una entidad financiera que optó por desprenderse de sus empleados más veteranos. Pero el caso más sintomático es el de William Castaño, colombiano de 42 años. Trabajó durante dos como maquinista en el soterramiento de la M-30, la obra civil de mayor envergadura de España. Ahora se ha quedado sin trabajo y con tres hijos a los que alimentar. «De todos los que estaban conmigo ninguno tiene empleo», se lamenta. Mientras él estudia los secretos de la refrigeración, en la otra punta de la capital una mujer llega a la oficina del Inem con dos hijos gemelos en un carrito. De castellano anda lo justo, lo suficiente como para declinar, amablemente, una entrevista: «Nigeriana». «Primera vez paro». «Necesito pasta». Son las once de la mañana del pasado jueves, y es la última en pedir la vez. La primera persona, un joven veinteañero, había cogido turno a las dos de la mañana. El lunes se repetirá la historia. Y así hasta llegar al parado 3.000.000.

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