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Fernando Aramburu recibe hoy el Premio de la Real Academia por los «Peces de la amargura»

«ETA superará a la Guerra Civil en el interés de los escritores»

Tiempo de lectura 4 min.

29 de enero de 2009. 01:12h

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29/1/2009

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) publicó en 2006 «Los peces de la amargura» (Tusquets), colección de relatos que no sorprendió por su calidad, sino por tratarse un tema tabú al que parecía que le habían quitado todas las telarañas : ETA y lo que envuelve a esa religión del terror. Aramburu, además, conserva un sentido del humor que le obliga a poner en cuarentena todas las ideas, empezando por las suyas. Ser vasco, dice, «es lo que me ha tocado. Lo llevo con bastante serenidad, más que nada porque la naturaleza me infradotó para el ardor patriótico. Podría haber nacido en sitios mejores pero también peores». Lleva dos años metido en el relato del viaje de un matrimonio por Alemania: «Con él regreso al humor y a la obra de dimensiones considerables». Hoy le entregan el Premio de la Real Academia Española. - Mereció la pena no escribir desde la rabia porque aquello que quería expresar se ha entendido y se lo recompensan. -Lo que llama recompensa me causa alegría, no tengo por qué ocultarlo, y me induce al agradecimiento; pero en modo alguno es el resultado de un cálculo anterior. Normalmente me conformo con que se me entienda. Esta vez intenté, además, despertar determinadas emociones. Es en la consumación de dicho propósito donde yo hallo la recompensa más grande a mi trabajo. Analgésicos para el dolor -«Dedico este libro a la impureza». Así se abre «Los peces de la amargura». -Pretende aclararles a los posibles lectores el criterio moral que ha inspirado todo lo que viene a continuación. En él tomo partido por la diversidad humana, en contra de anhelos utópicos que aspiren a crear tribus, sociedades, naciones, basadas en una selección de genuinos. -No hay demasiadas novelas que abunden en el tema (Guerra Garrido, Atxaga, Juan Madrid...). ¿Temor a no dar una perspectiva lúcida, miedo a represalias...? -La literatura de calidad necesita tiempo para combinar la lucidez con el cumplimiento de sus funciones estéticas. El goteo de obras en que se trata la cuestión de los crímenes de ETA es incesante. Las últimas que he leído me han causado una honda impresión: Miguel Tomás-Valiente y Luisa Etxenike, así como poemas en euskera de Hasier Larretxea, de una contundencia admirable. Vaticino que tarde o temprano el tema de ETA superará en el interés de los escritores españoles al de la Guerra Civil. -El material del que están hechos sus cuentos es de sufrimiento ajeno. ¿Qué le han dicho las víctimas? -Con aquellas que he podido conversar hasta la fecha se han sentido comprendidas y tratadas con respeto y afecto en mi libro. Hasta donde me ha sido posible, no he interrumpido el diálogo con ellas. -¿Puede un libro acariciar el dolor ajeno? -Puede simbolizar de una manera emocionante el dolor de existir, puede explicarlo con precisión y puede que aporte algún tipo de alivio sentimental a éste o el otro lector. Pero, si le duele algo, mejor tomarse un analgésico. Lavar las ideas -Los abertzales comparan al País Vasco con Irlanda y con Chechenia... Un poco difícil parecerse a ambos países a un tiempo... -El activista de ETA necesita ese tipo de justificaciones. Según su lógica, está convencido de hacer algo bueno por su pueblo cuando mata. De ahí que le parezca injusto que luego la policía lo detenga y el juez lo mande a la cárcel. -Su literatura siempre envuelve al lector en una atmósfera, ¿en qué fotograma pensaba al dar forma a este libro? -Hay variedad de espacios narrativos. Así y todo, elegí poblaciones del corazón del País Vasco no excesivamente pobladas, donde todo el mundo se conoce y las consecuencias del terror se viven a diario con una particular intensidad. -Se le ha juzgado no sólo como escritor sino también por haber expresado una opinión pública. -A mí las opiniones me recuerdan a la ropa interior. Se llevan por dentro y de vez en cuando conviene cambiarlas por razones higiénicas. Condicionan poco mi escritura debido a que no me fío de ellas. A menudo me levanto de la cama persuadido de una certidumbre, a mediodía adopto otra distinta y por la noche pienso exactamente lo contrario que por la mañana. -¿Qué otra temática le toca la fibra como para volver a «opinar» literariamente? -Casi todo lo que escribo parte de mi atracción y curiosidad por la gente. Desde el punto de vista del aprovechamiento literario, he adoptado al género humano como animal de compañía. -Vivir en Alemania, que soporta tamaña culpa colectiva, ¿ayuda a la hora de analizar su tierra? En algunos aspectos ayuda, especialmente cuando uno presta atención a las concomitancias. La principal de ellas: las actitudes depredatorias que comportan los llamados proyectos nacionales. El nacionalismo es una forma de caza. Para sus adeptos, la nación ideal depende de la neutralización de ciertos enemigos, contra los que se actúa agresivamente. -¿Sigue siendo aquel niño «cabroncete» -le cito- que aburrido, en misa, prestaba atención a la fealdad, los defectos...? -Lo sigo siendo a pesar de darme cuenta de que no estoy exento de los mismos defectos que los demás. Cuando me presentan a alguien, no puedo resistir la deleitosa tentación de observarle hasta que le encuentro la deformidad, el tic, el fallo. Algunas, casi todas, me lo ponen fácil. Con otras tengo que esforzarme un poco más. -¿Regresa a San Sebastián? -Mi ciudad es otra cosa. Allí transcurrió mi infancia, allí aprendí a leer y escribir, allí tuve mis primeros escarceos amorosos, allí todavía vive gente a la que amo. Yo en mi ciudad estoy aunque no esté. Al contrario que Baroja, me siento más donostiarra que vasco.

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