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Será, desde luego, lo que Dios quiera, pero yo puedo dar fe de que hace dos años fracasaron estrepitosamente y de que se debió a don Antonio Cañizares

Gracias don Antonio

Tiempo de lectura 4 min.

19 de abril de 2009. 01:04h

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19/4/2009

Esta semana, don Antonio Cañizares ha dejado de ser primado de España y cardenal-arzobispo de Toledo para asumir otras funciones en la Santa Sede. Precisamente ahora, cuando nadie podrá interpretar mis palabras como signo de adulación ya que don Antonio carece de todo poder eclesial en España, puedo relatar un episodio muy especial que sucedió hace años y del que ambos fuimos protagonistas. Como todo el mundo sabe, dirijo desde hace años un programa de radio en la Cadena COPE cuyo accionista mayoritario es la Conferencia episcopal. Como también sabe todo el mundo, no soy católico. Esas dos circunstancias no han causado por regla general ningún problema. Yo no imparto catequesis ni discuto sobre el dogma sino que me dedico a la información y a la opinión, y de la misma manera que un fontanero sirve si arregla grifos y no si va a misa, así he seguido yo en COPE con bastante éxito durante varias temporadas. Esa situación nunca presentó problemas ni para los obispos ni para el pueblo llano. Por el contrario, debo decir -nunca antes lo conté- que incluso hay congregaciones de monjas que rezan todos los días por mí y por mi programa. A pesar de lo anterior, también es verdad que nunca me ha faltado alguna conjura que buscaba encarnizadamente mi expulsión de la dirección del programa aduciendo como motivo que no era católico. En ocasiones, era un majadero que me acusaba de no creer en los dogmas marianos específicamente católicos; en otras, otro necio que gritaba que era intolerable que se acercara a los micrófonos quien no creyera a pies juntillas todo lo contenido en el catecismo e incluso algún indocumentado al que molestó que mi libro «El caso Lutero» ganara un premio, quizá porque la obra ha tenido éxito y merecidos elogios de católicos y no-católicos por igual. Esa sucesión de ataques procedentes de individuos, que seguramente hubieran sido felices naciendo hace medio milenio cuando aún existían las hogueras del Santo Oficio, llegó a uno de sus puntos álgidos hace cosa de un par de años. Muchas veces me he preguntado si los inquisitoriales sujetos, so capa de piedad, ambicionaban algo distinto de sustituirme en el puesto y, de paso, cargar contra Federico Jiménez Losantos, pero, fueran cuales fueran sus razones, en aquella ocasión se esmeraron. Es más, llegaron las Navidades y yo pensé que mis días en COPE estaban contados y que no regresaría después de Reyes. Me salvé in extremis y -ahora puedo decirlo- el valladar que impidió que aquella sucia marea de intolerancia y fanatismo me arrastrara fue don Antonio. Me enteré a través de personajes de las altas esferas civiles y eclesiásticas porque él nunca me lo dijo ni pretendió cobrarlo. En ocasiones, he pensado si mi destino no será similar al de los antiguos judíos de corte, personajes que ponían su capacidad superior al servicio de gentes de otra religión y que realizaban sus funciones con lealtad y competencia hasta que los fanáticos y los envidiosos lograban colgarlos en la plaza mayor del pueblo alegando su pureza de fe y de sangre. Será, desde luego, lo que Dios quiera, pero yo puedo dar fe de que hace dos años fracasaron estrepitosamente y de que se debió a don Antonio Cañizares. Ahora puedo contarlo. Ahora puedo decir con más libertad que nunca: Gracias, don Antonio.

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