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La Razón
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mentiras principales 19 Muy larga debe de ser la vida: porque, desde que se empezó a contar y más cada vez, domina el mundo una gran necesidad de entretenernos, de perder el tiempo, o sea de llenar el vacío que desde el Futuro hasta aquí se nos hace computar como una vida; y para eso, nada más poderoso que los juegos, los Olímpicos y semejantes digo, los ordenados desde Arriba por el Rey con sus sacerdotes y ministros del Deporte, pagados por los más pudientes de la tribu, que saben que en eso les va la vida a sus capitales. Claro que antes de eso la gente jugaba, como el gato a atrapar un villano o las mariposas, que ni necesitan comer, con el polvillo de las flores, como siguen tratando de jugar los niños, cada vez más a duras penas, no ya porque los autos les invadan calles y solares: más aún porque los mayores les llenan el tiempo con juguetes ideados y vendidos desde Arriba, que no les dejan jugar ni los pocos ratos que podían librarse de la escuela y la familia. Contra los Deportes dirá el sabio que estropea el juego el que tengan que ser competitivos; pero es más: es que están dominados por el fin. Vamos, no hay por qué exagerar: ya los juegos más de niños y de jugar por jugar llevan en sí una carga de finalidad: niñas saltando a la comba, niños brincando a pídola uno sobre otro, un tanto se mueven por destacar, por hacerlo mejor que los otros; pero ahí es todavía una finalidad chiquita, casi un mero estímulo o pretesto para gozar del juego: se vuelve del revés al hacerse tan grande que el juego queda enterrado bajo sus fines: en el fútbol, rey de los Deportes, por ejemplo, ¡qué difícil disfrutar, jugadores ni público, con el mero bien jugar!, cuando no es ya sólo que esté destinado al número de goles, sino con ello a la clasificación, al ranking del equipo y de sus hombres, y en fin al enorme juego del Capital que con eso se desarrolla: acuérdate del fasto de los últimos Olímpicos en Pekín. Y habrá todavía gerentes que defiendan los Deportes con aquello de que son el sustituto de las guerras, guardianes de la paz. Contra eso, lector, gritemos con los hermanos Marx en aquel tren destartalado: «¡Esto, es la guerra!»