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Para mí, que el juez Garzón sería mucho mejor instructor si no tuviera siempre prisa por largarse a Méjico

La cuera

Tiempo de lectura 4 min.

27 de marzo de 2009. 01:57h

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27/3/2009

Lo contaban de Franco y Gregorio Marañón Moya. Si no es verdad está bien contado. El anterior Jefe del Estado recibía en audiencia los miércoles. La más importante e institucional, la última de la mañana. Aquel miércoles, tres grupos de recibidos fueron presididos por Gregorio Marañón Moya, hijo del gran don Gregorio. Los Amigos de los Castillos, los Amigos de la Capa, y finalmente, el Instituto de Cultura Hispánica. Al saludar Franco por tercera vez en una misma mañana a Marañón, le preguntó con gallega socarronería: -Marañón, ¿y «uzté» cuándo trabaja?-. Cada día que pasa se sabe de una nueva conferencia de Garzón en América. Y creo que la pregunta bromista de Franco a Marañón tendría que formulársela a Garzón el presidente del Consejo del Poder Judicial. -Baltasar, ¿y tú cuándo trabajas?-. Ahora nos toca Tamaulipas. El gran Hugo Sánchez, uno de los más formidables autores e intérpretes de rancheras y corridos mejicanos, compuso una canción alegre y divertida, el «Mil Amores», que trataba de las andanzas de un fresco enamoradizo. «De Altamira a Tamaulipas/ traigo esta alegre canción»¿ También Garzón estuvo en Tamaulipas, no como el «Mil amores», sino como el «miles de euros», que en él, es lo habitual. El 8 de octubre de 2007, don Baltasar llegó a Tampico, soltó su rollo de una hora, recibió 14.000 euros por la conferencia más 11.000 correspondientes a los gastos de viaje de Su Señoría y el guardaespaldas, una botella de tequila añejo, otra de una reserva de vino mejicano, y ¡un traje! Un traje típico tamaulipeco, marrón y blanco, con flecos apaches, confeccionado especialmente para él por el mejor sastre de la zona, y por el que cobró al Gobierno de Tamaulipas mil trescientos euros más. Un traje regional valorado en más de doscientas mil pesetas de las de antes, que no es trino de ruiseñor afónico. Allí le dicen a este tipo de vestidos «cuera», porque el cuero es el elemento fundamental en su confección. Se complementa con una camisa floreada y una corbatilla roja, amén del inevitable sombrero charro, si bien en Tamaulipas es de ala menos exagerada que en Sonora, Guadalajara o el Distrito Federal. Para mí, que el juez Garzón sería mucho mejor instructor si no tuviera siempre prisa por largarse a Méjico. En su caso, mis urgencias serían similares. Aquí, en España, no se siente tan bien tratado como en el estallante país azteca. Es objeto de toda suerte de carantoñas y agasajos, y para colmo, le regalan trajes, que allí en Méjico es una costumbre muy normal y nada tiene que ver con las corruptelas de aquí, contra las que combate tan afanosamente. En Méjico, a todos los que llegan a dar una conferencia se les regala una «cuera» tamaulipeca de mil trescientos euros, porque allí son así y no hay quien los cambie. Intuyo que el obsequio de la «cuera» es para compensar los bajos emolumentos que perciben los conferenciantes a cambio de su perorata, porque catorce mil euros por hablar durante una hora son muy pocos euros, céntimo arriba, céntimo abajo. Dicho esto, sólo nos falta elevar a Su Señoría una petición con vocación de clamor. Que entre en la Audiencia Nacional un día cualquiera con el traje tamaulipeco con flecos apaches. Sería un detalle que agradecería emocionado el Gobierno de Tamaulipas, la tierra del «Mil amores».

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