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Ana María Matute / Escritora y académica

Matute: «La infancia es más larga que la vida»

Con «Paraíso inhabitado», la escritora vuelve al mundo mágico de la niñez

  • Matute: «La infancia es más larga que la vida»
    Matute: «La infancia es más larga que la vida»

Tiempo de lectura 4 min.

17 de diciembre de 2008. 23:35h

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17/12/2008

Tras ocho años de silencio, Ana María Matute publica «Paraíso inhabitado» (Destino), donde retrata la infancia agridulce de una niña imaginativa que lucha contra las imposiciones familiares y sociales, con dos armas infalibles: la fantasía y la literatura. -Ocho años son los que le ha costado este «Paraíso inhabitado». -Pero no creas que le he dedicado más tiempo que a otros libros, ¡es que no he salido de los hospitales! Además, no soy autora de un libro al año. De hecho, una vez estuve dos décadas sin publicar... Sí es cierto que pensaba que este libro no podría terminarlo, pero eso mismo me daba fuerzas: pensar que alguien podría terminarlo en mi nombre, ¡qué horror! Y ahora tengo un run-run en la cabeza, de otra historia... Pero ¡tengo 83 años y cualquier día me muero! -¿Hay paralelismos entre Adriana, su protagonista, y usted? -Es verdad que hay ciertos referentes autobiográficos y es en la única de las novelas que he escrito donde existen. Aunque los padres de Adriana no se hablan, y los míos se querían mucho, ella no fue deseada y mis padres me amaron muchísimo... Mi padre hubiera sido amigo de Ulises y mi madre de «El Cid», pero se querían con locura. Pero es cierto que comparto una mirada parecida a la de mi protagonista, yo también de niña veía magia por todas partes, también crecí en el seno de una familia burguesa, adoraba como ella los libros y «el cuarto oscuro», donde me encerraban como castigo y también tuve un amor infantil... Porque los niños aman, y los niños odian. Sabes, en el fondo quería escribir una historia de amor y lo he conseguido. Porque cuando Adriana conoce a Gravrila, el niño ruso, hijo de madre bailarina, ya no quiere ninguna otra cosa en el mundo... -El deseo juega un papel importante en este libro. -Es lo que nos alarga la vida, ¿no te parece? Nos mueven las pulsiones primarias como el odio, el amor, el deseo,... Pero sobre todo, el deseo, en el sentido de ansia por no perder un mundo que se ha edificado para luchar contra la hostilidad del exterior. -El poder de la imaginación regresa a sus páginas, pero esta vez sin leyendas artúricas de fondo. -Quizá sea porque una parte de mí se quedó instalada en aquellos 11 años que tenía cuando estalló la Guerra Civil... De hecho, hasta ese momento llega mi actual novela. No he recurrido a la Alta Edad Media ni al Rey Arturo, pero sigo apoyándome en la imaginación para vivir. De hecho, desconfío de quienes no tienen imaginación... -Le he escuchado decir que ha recuperado un sentimiento más místico en su vida. ¿Ha influido en la redacción de la novela? -Circula por estas páginas la recuperación de ese sentimiento que, de modo más abstracto, también sentimos durante la infancia. Pero ojo, me refiero a una mirada mística, no religiosa... Pero no podría detallarte en qué modo. Simplemente, es así. -Actualmente ¿cuál es su «cuarto oscuro»?, ¿y sus «gigantes», forma en que Adriana denomina a los adultos? -Mi cuarto oscuro emerge cuando escribo porque me convierto en maga. Cuando me castigaban creían que servía para algo encerrarme en aquel cuarto, y no sabían que era el pasaporte hacia mi liberación. Y los gigantes: es el mundo en general, y algunas personas en particular. -Usted no se plegó a sus orígenes de clase y tampoco se adscribió plenamente a su generación llamada del medio siglo. -Es que yo nunca fui de la «gauche divine», en todo caso: de la «¡gauche que ríe!». Y el realismo socialista me parecía horrible. Ahora, hay tantos que se han convertido en políticamente correctos... Pero yo he intentado mantener la inocencia y eso se paga muy caro... -La infancia ha sido crucial a lo largo de toda su obra. -Es que es un periodo fundamental, para todo el mundo, se den cuenta o no. El niño que fuimos ¡pesa!, de una manera tremenda, condiciona una vida. Yo en la novela digo que a veces la infancia es más larga que la vida. -Su afición a las historias pudo venirle de los cuentos de su tata Anastasia o su cocinera Isabel. -Desde luego. A través de los cuentos me adentré en Perrault, los hermanos Grimm y Andersen. O «Peter Pan», que es un libro extraordinario; y «Alicia»,¡por Dios!, ¡qué maravilla! Pero no sólo me gustan los cuentos infantiles. Me gusta leer relatos, porque me parece que tienen lo mejor de la poesía y de la prosa. Decir lo máximo a través de lo mínimo. -Hablando de poesía, usted es una gran lectora. -Es lo que más leo y curiosamente no he escrito un solo verso en mi vida. Ni pienso hacerlo, claro. -Todo autor tiene un fin último de sus páginas, ¿cuál es el suyo? -Procurar el entendimiento entre adultos y niños, y fomentar el entendimiento entre unos y otros. Nos entendemos muy poco... -¿Relee más que lee? -No creas: estoy al tanto de las novedades editoriales, pero también releo a los rusos, la novela decimonónica, los autores de la llamada «generación perdida». Y me fascina la historia. Ahora estoy inmersa en el siglo XVI y también en la Reina Isabel I de Inglaterra. -¿Algún día... el Cervantes? -¡Botaría de alegría, si me lo dieran! ¿Para qué voy a mentir? Pero no lo espero. No porque sea mujer y piense que hay discriminación hacia las escritoras sino porque no les debo gustar. Así de sencillo. -Le he oído decir que ya no cree nada más que en El Rey Arturo. -¡Claro que sí!.. Y tampoco te creas que demasiado... Por cierto, ¿has leído el libro? -Sí, y es una delicia. -Me gusta que me lo digas. Cada vez tengo más ego. Como ya no creo en casi nada, al menos creo en mí misma.

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