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La Mesa del Congreso ha acordado limitar la libertad de opinión de un Jefe de Estado. Un Jefe de Estado con una responsabilidad añadida, que es la espiritual

La Mesa

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02 de mayo de 2009. 23:19h

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2/5/2009

El Parlamento español, a través de su inefable Mesa del Congreso, ha atacado al Papa, que además de ser el Jefe espiritual de centenares de millones de personas en el mundo, es un Jefe de Estado. Nunca se había dedicado a esos menesteres esta Mesa que se ha puesto en ridículo a sí misma y enfrentado a la libertad de opinión y de expresión del Papa. Con la iniciativa de un diputado de IU-Los Verdes -uno de los dos que tienen, que no son más-, la Mesa ha admitido a trámite una propuesta para reprobar al Santo Padre. No hay precedentes en la desfachatez. El Congreso de los Diputados no está legitimado para ello. Nunca se ha reprobado a un Jefe de Estado extranjero, ni aún a los más reprobables. Pero esta Mesa es muy moderna, y hay más de un tonto. Coinciden el cardenal Cañizares y el historiador Luis Suárez. «Es un daño y una ofensa para España». Más para España y su prestigio que para el Papa, que ha dormido perfectamente bien después de conocer la estupidez de nuestros parlamentarios. Y se puede rectificar, por supuesto. No la estupidez de nuestros parlamentarios de la Mesa, pero sí la reprobación planteada fuera de ámbito y de rigor por un diputado que representa a los ciudadanos que caben en un bar. Violación, daño, extrañeza, desacuerdo, abuso¿ Todo ello unido y sumado para culminar una peligrosa majadería. Y lo curioso es que, exceptuando a dos miembros de la Mesa que representan al Partido Popular, todos han caído en la trampa de la escandalosa necedad. Jorge Fernández Díaz e Ignacio Gil Lázaro, del Partido Popular, se opusieron a la farsa. Sus compañeras de grupo y partido Ana Pastor y Celia Villalobos apoyaron la ignominia. En el caso de Ana Pastor, con sorpresa y decepción de la mano, porque es persona inteligente, sensata y competente. Ha intentado justificar su resbalón y no lo ha conseguido. Respecto a Celia Villalobos, nada que decir. Es un cáncer, casi ya metástasis, del Partido Popular, pero Aznar le ofreció todo y Rajoy mantiene el error a toda costa. Su marido, Pedro Arriola, sabe demasiado. También el representante de los beatones del PNV y el diputado de Convergencia y Unión votaron a favor del tramite. Y los de PSOE, presididos por un José Bono que ya ha comenzado a lanzar balones fuera y está dispuesto a encontrar la fórmula -fórmula que existe-, para que el Parlamento español no se convierta en el hazmerreír del mundo civilizado. De golpe, la Mesa del Congreso ha acordado limitar la libertad de opinión de un Jefe de Estado. Un Jefe de Estado con una responsabilidad añadida, que es la espiritual. La Mesa del Congreso ha caído en las redes de un sectario para tramitar lo que no le corresponde. Sucede que el «reprobado» es el Santo Padre, no Fidel Castro. Pero de haber aprobado la tramitación de una reprobación de Fidel Castro, también la Mesa del Congreso habría caído en el pozo de la estupidez. Carece de competencias para hacerlo. Rectifíquese cuanto antes y de la forma más decorosa, si ello es posible. El decoro está por los suelos y la idiotez por los cielos. Y con alto dolor, creo que el Partido Popular haría bien en reprobar a las dos parlamentarias que han contribuido al ridículo y al esperpento. A Ana Pastor, con una sanción ejemplar que ella aceptaría con disciplina y buen ánimo. Y a Celia Villalobos, expulsándola de una puñetera vez de un partido que no soporta más sus payasadas.

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