Francia

La última huella de Publio Cordón

Catorce años después de su secuestro, la Guardia Civil busca en un monte francés los restos de Publio Cordón. A su familia, que ha perdido toda esperanza de hallarle con vida, es el único consuelo que le queda.

La última huella de Publio Cordón
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Han pasado casi 14 años, pero Carmen Cordón no puede escapar a la tentación de escrutar el rostro de cada mendigo con el que se cruza por la calle. Aún hoy, cuando ya no le quedan esperanzas de encontrar con vida a su padre, sigue mirando a los ojos de los indigentes con la secreta esperanza de adivinar, tras sus barbas desaliñadas y sus mejillas cuarteadas, la inconfundible mirada de Publio. «Durante los primeros años todavía decía: ‘‘Dios mío, a lo mejor le soltaron y se volvió loco, y está por ahí como un vagabundo que no sabe a dónde ir''. Ahora ya no tengo esperanzas. Le mataron. Lo sé. Y, sin embargo, es como un impulso, un extraño hábito emocional que me hace volver la cabeza en busca de la cara de mi padre». Eso es en estado de vigilia. Pero lo peor llega por la noche, con ese sueño que tantas veces se repite: «Siempre es lo mismo. Voy caminando por la calle Príncipe de Vergara de Madrid, donde mi padre tenía el despacho de Previasa, y veo delante de mí una cabeza que se parece a la suya. Empiezo a hacerme hueco entre la gente que camina entre él y yo y después de mucho esfuerzo llego a tocarle el hombro. Pienso que me he confundido, pero cuando se da la vuelta es él. Nos abrazamos, lloramos de alegría y cuando le empiezo a preguntar qué hace ahí el sueño comienza a desvanecerse. Yo despierto. Y él ya se ha ido». Otras noches, la escena se produce dentro de uno de esos aviones que tanto utilizaba Publio Cordón para sus negocios. Él está sentado unas filas por delante, pero no tan lejos como para impedir que Carmen, la mayor de sus cuatro hijas, adivine entre el bosque de cabezas su cabellera gris. Otra vez se acerca. Otra vez se asoma a su rostro. Y sí, también esta noche es papá, está vivo y con ganas de hablar y de volver a casa. «Lo más sorprendente es que un día, hablando con mi hermana Raquel, descubrí que ella también tenía el mismo sueño», confiesa Carmen.La premoniciónPor desgracia para la familia Cordón, las pesadillas son ya lo único que mantiene con vida a Publio. Desde que el 27 de junio de 1995 le secuestró un comando del Grapo mientras hacía «footing» en los alrededores de su casa, no se ha tenido una pista fiable de su paradero. Quizá hasta esta semana, cuando se supo que la Guardia Civil busca desde noviembre en los alrededores del Mount Ventoux, en el sur de Francia, los restos del que fuera presidente de la compañía de seguros Previasa y de la Clínica Quirón. Bien sea porque murió intentando escapar o porque su captor, el terrorista Fernando Silva Sande, le pegó un tiro, lo cierto es que el hallazgo del cadáver es la última esperanza que le queda a su familia.¿Tenía Publio Cordón los arrestos suficientes como para intentar escapar? A su esposa, Pilar Muro, y a su hija Carmen no les cabe ninguna duda. El destino quiso que el propio empresario vaticinara el que, según sospechan los investigadores, ha sido su final. Tres semanas antes del secuestro, cuando la familia hacía sobremesa en el salón de casa, la televisión le dio pie para hacer su negro augurio. «El empresario vasco José María Aldaya lleva ya un mes secuestrado y no hay pistas sobre su paradero», dijo el locutor. «Mira, si a mí me cogen los etarras, te aseguro que no me tienen ni tres días –le avisó Cordón a su hija mayor–. Me lío a bofetada limpia con ellos, lo que sea menos estar ahí un mes encerrado. Antes me matan que dejarme llevar en una furgoneta».Para sus hijas, la tesis que investiga la Guardia Civil es factible. Su esposa, sin embargo, la acoge con cautela. «Que Silva Sande diga que mi marido murió intentado escapar no sería más que la cuarta versión de un terrorista –explica–, que hay que tomar con precaución. Pero al menos nos da esperanzas de encontrar sus restos. Yo tengo una paciencia ilimitada, y así seguiré».«Lo que le hice al romano»Su hija mayor, sin embargo, cree que la versión de que le han matado o le han dejado morir explicaría muchas cosas: «Después de que le echaran de la banda, Silva Sande escribió una carta muy llorona, llena de reproches, a su compañero, el ‘‘camarada Arenas'', en la que le pregunta si nunca le va a perdonar ‘‘lo que le hice al romano''. El romano era mi padre, Publio, al que le pusieron el nombre por Publio Cornelio Escipión. La chapuza de Silva Sande ha supuesto a la postre el fin de la banda. Y sus compañeros lo saben». Encontrar los restos del empresario en el monte donde se supone que estuvo secuestrado será, después de tanto tiempo, como hallar una aguja en un pajar. Pero, por muy empinada que sea, la cuesta no va a desanimar a una familia acostumbrada a pelear contra lo imposible. Cuando Publio desapareció, su esposa Pilar ya sabía lo que era afrontar las desgracias con fortaleza aragonesa. Dos años antes, el hijo mayor, Publito, había muerto en accidente de avioneta. Fue entonces, en el entierro, el único día en el que a Pilar la han visto llorar. Es cierto que, después del secuestro, ha amanecido alguna vez con los ojos enrojecidos. Pero ni una sola confesión de que ha llorado. Quizá por eso en la casa de los Cordón no ha puesto los pies un solo psicólogo. Durante estos 14 años, los Cordón han contratado investigadores privados para que sigan sus propias pistas y se infiltren en las cárceles para contactar con los presos del Grapo, pero sin resultados. Otros ofrecieron servicios no tan profesionales. Desde el primer momento, se presentaron en casa toda suerte de brujos y videntes, echadores de cartas y adivinos, alguno de ellos con un péndulo como arma secreta, que juraban haber visto a Publio entre unos árboles o en un hangar con techos de uralita. «Este tipo de ayuda la descartas sin más, pero es verdad que ha habido épocas en las que la desesperación era total –admite Carmen–. Es en esos momentos en los que llegas a escucharlos, porque no tienes nada y al menos te dan algo de esperanza».Pilar, la esposa, confiaba más en su propia intuición. Por eso releía y releía los dos manojos de cartas que Publio le envió desde su cautiverio, con frases de amor para ella y sus hijas, en las que creía hallar mensajes ocultos de dónde podía encontrarse. Más de una vez, sin encomendarse a nadie, se plantó las gafas y el pañuelo y salió a recorrer las calles guiada por su corazón. Tampoco aquí hubo resultados. Hasta ahora. Posiblemente la del Mount Ventoux sea la pista buena. Habrá que esperar al deshielo para comprobarlo. Puede que entonces Pilar rompa a llorar en público. Raquel deje de soñar con aviones. Y Carmen no busque en más mendigos la mirada de su padre.

«Mi abuelo está en una cueva»Explicar a sus siete nietos lo que le ha ocurrido al abuelo Publio es complicado. Pero cada uno lo entiende a su manera. Cuando tenía cinco años, la pequeña María no encontró otro argumento mejor que éste para callar a aquella compañera empeñada en convencerla de que el suyo era el abuelo «más alto, más listo y más guapo del mundo»: «Pues que sepas que le queda poco, porque cuando se les pone el pelo blanco a todos los secuestran y los llevan a una cueva». Mucho más duro de comprender fue para la madre de Publio, Benita. Con su hijo recién nacido, sufrió la muerte de su marido. Después, la de su nieto. Y luego la desaparición de su hijo, el primogénito, su mayor orgullo, el que había logrado sacar adelante a la familia. Benita murió sin cumplir su deseo: «No quiero irme de este mundo sin volver a saber algo de mi hijo».