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Job y los Profetas siguen planteando las preguntas fundamentales con una intensidad inigualada

Leer la Biblia

Tiempo de lectura 2 min.

21 de febrero de 2009. 00:28h

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21/2/2009

Hace unos días me preguntaron cuál era mi libro de cabecera. Podía haber dicho la obra de Cervantes, que releo casi entera más o menos cada dos años, o con Shakespeare y las fábulas y los cuentos de La Fontaine, que siempre tengo a mano. Me decidí a confesar la verdad, y es que el libro que leo todos los días es la Biblia. En la casa de mis padres había varias ediciones, católicas y protestantes, una de ellas con anotaciones de mi padre, que guardo -todas- como un tesoro. También había ediciones infantiles con ilustraciones, que mi madre nos leía. Me deslumbraron para siempre. Hace años descubrí las ediciones norteamericanas que proponen la lectura diaria de la Biblia pensada para un año. El troceamiento no resulta muy científico ni ortodoxo, pero facilita la lectura. Contribuyen a uno de los efectos benéficos de las Escrituras, que es ayudar y consolar al lector. También participo de un grupo semanal de lectura bíblica. Intentamos entender y disfrutar la belleza de las Sagradas Escrituras. Los Evangelios y las Epístolas son inagotables. Los Salmos -para los creyentes- enseñan a rezar, es decir a hablar con el Señor. Job y los Profetas siguen planteando las preguntas fundamentales con una nobleza y una intensidad expresiva inigualadas, y los libros históricos resumen la Historia entera de la humanidad. Miles de años después seguimos reconociéndonos en unos personajes que se enfrentan a los mismos dilemas, a las mismas alegrías y al mismo misterio que nosotros. Sólo echo de menos una edición canónica de las Sagradas Escrituras en español, como la del Rey Jacobo en inglés o la de Lutero en alemán. Ahora hay excelentes ediciones para toda clase de personas, pero no hubo una edición autorizada hasta bien entrado el siglo XVIII. En España se ha leído poco la Biblia. Ahí está una de las causas del conformismo y el escaso sentido crítico de las élites españolas. Nunca se atrevieron a enfrentarse por su cuenta a la Palabra del Señor. Leer la Biblia es, además de otras muchas cosas, un gesto patriótico.

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