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Maquinar Paraísos

Tiempo de lectura 4 min.

07 de enero de 2009. 00:08h

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7/1/2009

En el cruce de cartas entre Francesco Guicciardini y Niccolò Machiavelli se acumula quizá la más alta concentración de inteligencia política de la cual poseemos documento. Y es que ambos diplomáticos florentinos, el autor de la inmensa «Historia de Italia» y el del quintaesenciado «Príncipe», fueron las dos cabezas más sabias del renacer de la historiografía clásica en la Toscana del siglo XVI. También dos de los mejores prosistas del italiano moderno, y quizá -y, sobre todo, en las cartas- sus narradores más dotados para dar con el matiz exacto que retrata un momento, una sociedad, un hombre. Y, a inmensa distancia, los más cáusticos. En la primavera de 1521, anda Maquiavelo tratando de rehacerse una virginidad política ante los Medici. El duro precio pagado por su error de 1513, lo ha puesto ya el antiguo secretario de la Señoría en el debe de su eficacia profesional: es demasiado inteligente para culpar a los adversarios de su degradación y destierro; si eso se produjo, sólo cabe analizarlo como la inexorable consecuencia de un mal cálculo suyo en la correlación de fuerzas políticas y circunstancias históricas. Por eso buscó de inmediato volver a ser enrolado por aquellos mismos que le habían sometido a tortura y ruina. Al cabo, él era el más capaz -y eso él siempre lo supo- de los políticos de su generación; dejarlo fuera de juego, era sin más un despilfarro. Lo conseguirá lentamente. Hasta alcanzar ese instante supremo de gloria en el cual un Papa Medici y un Medici futuro Papa le encarguen, en 1520, el informe definitivo sobre la fragilidad constitucional de Florencia, pienso que su obra maestra. En 1521 anda, así, Maquiavelo teniendo que hacer méritos consulares, como si fuera un principiante: en misión ante el Capítulo general de la Orden Franciscana en Carpi. Su humor es tan corrosivo como siempre. Y al compadre -aun cuando jerárquicamente muy superior- Francesco Guicciardini, hace llegar, en mayo, su sorna acerca de los papanatas que hablan de la conveniencia de colocar al frente de los frailes a «un predicador que les enseñe el camino del Paraíso». Yo más bien desearía, escribe, «encontrar a uno que les enseñase a ir a casa del diablo». Tras el desplante, la reflexión. Tras de la carcajada, lo sesudo. Que, en una línea y media, fija el concepto -pero también la artesanía práctica- de lo político: «Porque creo que éste sería el verdadero modo de ir al Paraíso: conocer la vía del infierno para evitarla». Y esta larga melancolía, que me inunda cada vez que leo a los clásicos, vuelve. Hubo un tiempo en el cual era posible ser inteligente, y brillante, y aceradamente libertino, y ser político. Hubo un tiempo en el cual ser político era ser inteligente, brillante, aceradamente libertino. Nada queda. Escucho al Presidente Zapatero hablar de «desproporción» en una operación de guerra, como si estuviera hablando de una carga policial; le escucho acusar al Israel que combate por su existencia de violar una legalidad que él ni siquiera enuncia. Habla de Paraíso, el Presidente. Y construye Infierno. Es francamente aburrido vivir en este tiempo.

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