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El cerdo, ese animal prodigioso que tanto nos ofrece, es una víctima de la injusticia semántica

Menos mal

Tiempo de lectura 4 min.

01 de mayo de 2009. 00:48h

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1/5/2009

Mi felicitación a la Organización Mundial de la Salud por la sensibilidad que ha demostrado al cambiar el nombre de «gripe porcina» por el de «nueva gripe». La primera y original denominación resultaba insultante a todas luces. El cerdo, ese animal prodigioso que tanto nos ofrece, es una víctima de la injusticia semántica. El ser humano ha convertido sus diferentes nombres en duros calificativos. Ser acusado de cerdo, marrano, puerco o guarro nada tiene que ver con el elogio. De ahí, que todo lo que lleve el apellido de porcino, cause hondos quebrantos en la humana armonía. En cambio, lo de «nueva gripe», nada original por cierto, es más admisible por impersonal y aséptico. Con las enfermedades hay que tener mucho cuidado, porque al dolor y desasosiego que el propio mal ocasiona no se le debe añadir la distancia del desafecto. «Tiene usted la porcina». Y el suicidio por honor es perfectamente asumible. Sucede con las almorranas o hemorroides. Y con los golondrinos axilares. Se pueden tener, pero jamás reconocerlo. Un paciente almorranado intentará, por todos los medios, simular sus lacerantes desazones culares si no quiere perder el prestigio ante la sociedad. El coronel Morrison-Harvey, aquejado de unas desproporcionadas hemorroides, desfiló brillante y marcialmente al frente de su Regimiento de Dragones ante el Rey Jorge VI de la Gran Bretaña, sin que nadie, ni de la Familia Real, ni del Gobierno de Su Majestad, ni del público presente, advirtiera en sus movimientos la más leve señal de aflicción o tormento. Finalizada la gran parada militar, ingresó en un hospital londinense, donde permaneció tres semanas hasta alcanzar su curación. Enterado el Rey Jorge VI de su heroicidad, le condecoró con la Medalla de los Sufrimientos por el Reino. No recuerdo si también le hizo «Sir», pero no me extrañaría. Más o menos, lo del desprestigio social lo procura el golondrino axilar. Padecerlo conlleva la necesidad de adoptar una postura de ahuecamiento del brazo que depende del sobaco sufriente, que recuerda sobremanera a las gallinas cluecas. La más leve rozadura origina un suplicio volcánico de imposible distracción. Pero la dignidad recomienda silenciar el mal si se pretende mantener las amistades de toda la vida. El falso conde italiano Giovanni Ignazio Mugurucci, fue expulsado de la Corte del Rey Humberto en el exilio por gritar desaforadamente mientras bailaba una conga encadenada -lo que en España se llama bailar haciendo el «trenecito»-, en presencia de «Sua Maestá». Estos dos casos estremecedores han sido fundamentales para que la OMS haya cambiado el nombre de la gripe pandémica que, según parece, mucho nos amenaza. Se han prohibido los besos sin mascarilla, lo que va a producir momentos de indescriptible tensión entre los enamorados en la presente primavera. Pero pasará la epidemia y el río retomará su curso normal. Sin herir a la gente y sin insultar a los que hayan padecido la enfermedad. Incubar la «nueva gripe» es infinitamente más decoroso que padecer la «gripe porcina». Será igual, pero nunca lo mismo.

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