Michelle O: la dama «bling-bling»

Brillantes, platino y «strass», mucho «strass». La primera dama de EE UU devuelve a primera plana el sonido del «black power»: bienvenido, bling- bling.

Michelle O: la dama «bling-bling»
Michelle O: la dama «bling-bling»

Han pasado ya cuatro días, pero la resaca continúa: «Michelle democratiza la moda». «Michelle, la nueva dama de la elegancia». «Michelle, la Jackie negra». Bla, bla, bla. Como si la pleitesía diera puntos a la hora de pedir un hipotético asilo diplomático, la Prensa alaba el buen gusto de la nueva primera dama a través de titulares desbordados. Y tampoco es eso.
Es verdad que Michelle, licenciada en Derecho por Harvard, con más de 1,80 metros de estatura y un hermano entrenador en el equipo de baloncesto de Oregón, tiene estilo propio. Mejor dicho: el estilo de una mujer afroamericana cien por cien, educada en el país de las oportunidades, sí, pero también en el país donde los negros tienen unos códigos y los blancos, otros.

Los uniformes del Bronx
Pongamos como ejemplo Nueva York: crisol de culturas y razas, capital del mundo, jungla de asfalto, etcétera. En esta ciudad, las mujeres blancas con dinero quieren parecer princesas europeas, mientras que las mujeres negras con dinero quieren parecer mujeres negras con dinero. Tal cual. ¿Se han perdido? Vayamos entonces al meollo de la cuestión antes de hablar de estilismos: los problemas raciales en Harlem, al norte de Manhattan, o en el distrito de Bronx, eran el pan de cada día hasta no hace muchos años, sobre todo en la década de los 80. Y, como en toda guerra, cada ejército tenía sus uniformes. El de los negros consistía en pantalones anchos, ropa cómoda de colores fuertes y un enorme arsenal de collares, sortijas y pendientes de refulgente oro, símbolo de riqueza y poder. Tanto oropel provocaba un tintineo característico al caminar que fue bautizado en jerga jamaicana con una onomatopeya: «bling-bling». Sin querer, con aquellos «looks» excesivos y barrocos, la raza negra estaba marcando la estética del nuevo «black power» («poder negro»), el mismo que, a finales del siglo XX y comienzos del XXI, empezó a subir peldaños a pasos agigantados.

Propios códigos
Mientras las neoyorquinas ricas seguían empeñadas en parecer princesas europeas, Beyoncé Knowles, Alicia Keys, Missy Elliot y otras descendientes de minorías sociales, como la latina Jennifer Lopez, reinventaban los dictados de la moda a golpe de nuevo «bling-bling»: escotes de vértigo, joyas de incontables quilates, exceso y oro, mucho oro. ¿El mensaje? No hace falta parecerse a un blanco para triunfar. Una frase que suscribe David Cabaleiro, profesor de Imagen Personal en la Escuela Superior de Protocolo de Madrid y director de Pin Up Comunicación. Para él, «aunque Michelle Obama está un poco sobrevalorada por el efecto rebote de su marido, cada vez la vemos más guapa. Pero no tiene nada que ver con la impronta europea de Jackie Kennedy, ni tampoco creo que quiera tenerla. Ella es afroamericana, con sus propios códigos estéticos, y sabe que corren vientos favorables para ella: ahora los negros ya no necesitan parecerse a los blancos para gustar, sino justo lo contrario. Es el triunfo de la negra-negra».
Será por eso que Michelle meditó mucho cómo vestir en el día más esperado. Para el primer impacto se lanzó al dorado con verde lima frente a los clásicos marfil, rojo, «azul convincente» o gris hielo, el color elegido por Laura Bush para decir adiós a la Casa Blanca sin hacerse notar. Tanto una como otra lograron sus objetivos: nadie se acuerda de la saliente y todos tienen clavada en sus retinas a la entrante.
Por si fuera poco, el traje lo firmaba Isabel Toledo, una diseñadora cubana –otra minoría– y, aunque las crónicas amables hablen de ella como una revolucionaria de la moda, lo cierto es que lo más cercano a la revolución que vimos fue el broche de «strass» que adornaba el cuello. En realidad, sólo un anticipo de lo que llegaría después.
Toda América estaba pegada al televisor cuando Michelle, negra y radiante, apareció en la fiesta de investidura con un vestido blanco como de baile de debutantes, orlado de pedrería y firmado por Jason Wu, un taiwanés –más minoría– que vende sus colecciones en tiendas como Neiman Marcus y Bergdorf Goodman. 3.700 dólares costó el diseño, no demasiado si hablamos de materiales de primera y acabados de alta costura. La primera dama realzó el conjunto con largos pendientes, trece pulseras y una enorme sortija en el dedo corazón de la mano izquierda. Todo de platino y brillantes, todo prestado por la joyera Loree Todkin y todo tan «bling bling» como el megabroche de diamantes con el que, minutos después, Beyoncé amarraba su vestido túnica mientras cantaba a los nuevos inquilinos de la Casa Blanca.

Oro contra la crisis
La moda es tan caprichosa que hasta en tiempos de crisis se vuelve del revés. De ahí que los joyeros hablen de cierta tendencia al exceso cuando llegan tiempos de recesión. Daniel Nicolás, de la joyería Nicol's de Madrid, explica que «durante la bonanza de los noventa, después de la crisis de 1993, se buscaban joyas discretas porque nadie tenía necesidad de aparentar. Sin embargo, con la caída del dinero, ocurre el efecto rebote: no sólo el oro baja, cuestión que también influye, sino que hay un público dispuesto a demostrar que la crisis no le afecta». O lo que es lo mismo: ante la pérdida de poder, sobredosis de «bling-bling».
A Michelle no le falta poder, y menos ahora, con su esposo convertido en el rey del mundo. Pero en el fondo sabe que su raza quiere de ella lo mismo que lograron los blancos con la pálida Jackie O.: ser el icono total. Total y «bling-bling», por supuesto.

Del asfalto a las alfombras rojas
Los primeros «bling-bling», aquellos con tintineaban por los suburbios de Nueva York con más malas pulgas que otra cosa, nada tienen que ver con los de ahora: guapos, ricos, poderosos e influyentes. Así, mientras la rapera Missy Elliot diseña sus propias colecciones para Adidas, Beyoncé Knowles es imagen del perfume Diamonds, de Armani. Pero no sólo ellas arrasan: Sean Combs, antes conocido como Puff Daddy, es, aparte de un magnate de la música, propietario de una de las firmas de moda masculina más cotizadas de EE UU, y Kanye West, siempre en las listas de los más elegantes, hace unos días presentaba su colaboración creativa con Louis Vuitton. Tal es su éxito que blancos como Justin Timberlake y Gwen Stefani son sus mejores aliados en esto del «black power».