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Eran unas chicas feas que concebían la lucha armada como una manera de sublimar sus frustraciones sentimentales

Nacionalismo y circuncisión

Tiempo de lectura 2 min.

07 de mayo de 2009. 00:16h

Comentada
7/5/2009

Haber nacido y vivido en una tierra con ciertas inclinaciones independentistas me ha servido para descubrir que el nacionalismo es una patología infantil de cuya defensa suelen encargarse hombres a veces delirantes, secundados por tipos verdaderamente serviles y mediocres. Aprendí también que cuando recurre a la violencia para sobreponerse a su inferioridad numérica, el nacionalismo deriva en un grave trastorno emocional, por no decir que, apuradas las circunstancias, hasta puede constituir un trastorno mental. En mi caso el delirio independentista coincidió con el imponderable de una vida sexual insatisfactoria que me llevó a relacionarme con hombres y mujeres aquejados del mismo ostracismo. Ellos eran tipos hostiles y visionarios que proclamaban el nacionalismo como liberación de la exclusión histórica de Galicia; ellas, por su parte, eran unas chicas muy feas que concebían la lucha armada como una manera de sublimar sus frustraciones sentimentales, confiando al ardor de la pelea las energías que no podían canalizar a través del sexo. Los sectores materialistas de aquel nacionalismo echaron mano de Karl Marx cuando en realidad tendrían que haber recurrido a Sigmud Freud. En mi caso, como leer a Marx para liberarme de mi ostracismo sexual me resultaba francamente aburrido, decidí operarme de fimosis. Naturalmente, el mío era un nacionalismo sin muchas raíces intelectuales y desprenderme de él me produjo los mismos quebraderos de cabeza que prescindir del prepucio. El caso es que una vez superada la convalecencia sentí una agradable sensación de ligereza ideológica y renacimiento intelectual que culminó tan pronto pude juntar las piernas sin dolor. Con la cirugía no desapareció mi galleguidad, pero me alejé de aquel nacionalismo en el que la ideología y el resentimiento se mezclaban con la misma sordidez que un cultivo de virus en la platina de un microscopio. Ahora voto de vez en cuando al BNG pero lo hago pensando en que el nacionalismo necesita ayuda exterior para salir de su onanismo. Y también como homenaje a aquella novia que me eché en los días de furia y clandestinidad, cuando ni yo pensaba en la circuncisión, ni podía ella imaginar siquiera que algún día los freudianos complejos que conducen al nacionalismo se podrían corregir rellenando los defectos con silicona.

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