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«Ofrezco recompensa por trabajo»

¿ José Antonio Melgar dará el diez por ciento de su sueldo a quien le encuentre un empleo Jesús G. Feria

  • «Ofrezco recompensa por trabajo»

Tiempo de lectura 4 min.

11 de julio de 2009. 02:56h

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11/7/2009

MADRID- A José Antonio Melgar la vida le ha dado más golpes de los necesarios. Se nota en su físico, tallado a pico por más de treinta años de trabajo y unos cuantos obstáculos personales. Lo sobrelleva, sin embargo, con un cierto estoicismo, sin perder la educación ni la buena presencia. Ahora, recién cumplidos los cincuenta y aparentando alguno más, se encuentra otra vez en el punto de partida: sólo y sin trabajo. Lleva un año acudiendo a diario bajo uno de los viaductos junto al Puente de los Franceses, esperando junto un cartel en el que cuenta su situación, componiendo una extraña estampa entre la marea de coches, protegido por los monstruos de hormigón del sol de justicia de julio. Se ofrece ya para chapuzas de cualquier tipo, reparaciones, arreglos... y afirma que entregaría el diez por ciento de su sueldo a quien le consiguiese un trabajo. Un trabajo duro Su idea fue sencilla, le vino en cuanto se acabó el paro y vio que no había manera de emplearse al viejo estilo. «En el 90 -cuenta- cuando mis crías eran aún pequeñas me pasó algo parecido; entonces decidí hacer esto y funcionó, conseguí un trabajo de lo mío». Lo suyo era la compra de «ferralla», el trabajo con las estructuras de construcción, un «curro» duro en el que se curtió toda la vida. Pero las cosas ya no son lo que eran hace 19 años. Entonces, la cosa iba hacia arriba, ahora, la edad y la competencia parecen confabularse en su contra. «Lo que pasa es que hay muchísima mano de obra, y más barata, llegó un momento, cuando estaba cobrando el paro, en el que me puse a recorrer todas las obras, de punta a punta de Madrid con el abono transporte, pero nada. Te lo decían clarito: tenemos gente que trabaja por menos dinero». Mano de obra barata No se considera racista, pero si opina que hay un exceso de trabajadores foráneos en su sector que hacen muy difícil que los de aquí vivan con dignidad. «Yo no estoy mendigando, no pido dinero, sólo pido trabajo para salir de esta situación», explica, razonando con sencillez y claridad bajo la sombra del puente. Ahora duerme solo en una habitación por la que paga unos 250 euros mensuales que le cuesta sacar. Su historia familiar es otra sucesión de dramas. Divorciado tras un matrimonio problemático, los distintos miembros del núcleo han terminado diseminados por distintas localidades, en una diáspora en gran parte forzada. Ahora su mujer vive con una de sus hijas que recientemente ha sufrido un infarto cerebral y se encuentra muy disminuida, teniendo que desplazarse en silla de ruedas y necesitando constante atención. «Poco a poco va saliendo, tiene que cuidarse pero ya fuma el doble que yo», bromea. Las dos comparten una habitación tan precaria como la que habita José Antonio. Sólo la segunda hija se ha salvado un poco de la debacle, casada y emancipada, viviendo en Ciempozuelos. «No quiero preocuparla con esto», dice. «A ver si alguien se entera de que estoy aquí. Sólo quiero hacer lo mío, trabajar, que parece que es imposible», repite como una salmodia mientras hace acopio de paciencia para un día más bajo los puentes.

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