Olga Bejano mística desde la parálisis

La madre de la joven que escribía con garabatos presenta «Alas Rotas»

Olga Bejano, mística desde  la parálisis
Olga Bejano, mística desde la parálisis

Madrid- Cuando Olga Bejano tenía 11 años, empezó su peregrinación de médico en médico, acompañada por sus padres. A los 23 años, una parada cardíaca la dejó paralizada. Mari Carmen, su madre, la cuidó hasta que murió en diciembre, con 42 años. Casi inmóvil, Olga empujaba con su pierna la mano para dibujar garabatos o señalar letras en un abecedario. Así escribió cuatro libros. Su madre presenta ahora «Alas rotas», su obra póstuma.
- ¿Se sintieron abandonadas?
- Las administraciones nos abandonaron. Las personas, no. Dios mandaba personas, regalos de Dios. Lo veíamos por sus sonrisas, abrazos, miradas limpias. Él nos acompañaba. Un día muy malo bajé 16 plantas por las escaleras de un hospital, corriendo a la capilla, a decirle a Dios: «ya lo sé, sé que estás conmigo».
- Olga era activista, pedía más atención a los enfermos.
- Era una «mosca cojonera» por convencimiento. A despacho cerrado, muchos políticos y burócratas me han admitido que el sistema les da vergüenza. Pero no han hecho casi nada. Olga devolvió la medalla de oro de La Rioja como protesta. Sólo entonces la Administración volvió a ponernos una enfermera.
- ¿Alguien habló de eutanasia?
-Nunca fui donde pudieran hacerlo. Les habría saltado a la yugular. De este tema han de hablar sólo los enfermos, los médicos y los que saben de leyes. No es lo mismo teorizar que estar en la plaza con el toro, la enfermedad.
- En los libros de Olga leemos que usted se formó en Cursillos de Cristiandad.
- Sí, antes de hacer los Cursillos yo, más que bautizada, estaba sólo «remojada». Cursillos me hizo sentir parte de la Iglesia. Creo que me preparó para lo que vino. También me ayudaron mis genes de luchadora, que recibí de mi madre y abuela y pasé a Olga.
- La cama del enfermo es un altar, decía el beato Pere Tarrés.
- Un cura me dijo «tu hija es tu sagrario». También llegamos a tener un sagrario de verdad en casa. Olga comulgaba a través de la sonda. En los hospitales, había capellanes que se lo negaban.
- Ella escribe de sus experiencias místicas.
- Sí, las vivimos con mucha naturalidad. Las conocía el cura que la atendió durante 16 años. Se las explicamos al obispo de Logroño, en casa. Nos dijo: «¿Le extraña que el Espíritu se sirva de un alma tan acrisolada por el sufrimiento?». Ella se confesaba con ayuda de la enfermera que leía sus garabatos. Le impresionaba mucho el sufrimiento de los demás. Mandaba notas a conocidos cuando los hospitalizaban. Las madrugadas que no podía dormir rezaba mucho por la paz, por las incomprensiones en el mundo. Les hablaba a los fallecidos.
- ¿Cómo es ahora su relación con Olga?
- Mejor que antes. Ya no me enfado con ella. ¡Era tan perfeccionista! La siento cerca y contenta. Le pido intercesión y sé que me ayuda. Ya no se oye el ruido del respirador, los cascabeles de su cama, la campanilla de su pie... pero en ese silencio me siento acompañada y aprobada.
-¿Piensa en el reencuentro con ella?
-Aunque estoy mal de salud, le pido a Dios que me dé tiempo. Pero el reencuentro será alegre, ella será la primera en venir a mi encuentro. La veo guapa. Incluso en la enfermedad siempre la vi guapa. Tenía estilo, lucía. Su carácter se enriqueció, tenía madurez, exigencia. Desde lo puramente humano, no se entiende su crecimiento, su coraje ni su vida.


Una vida gracias a Dios
A los 23 años una parada cardíaca dejó a Olga cinco días en coma. Salió de él paralizada y casi ciega. Le pronosticaron seis meses de vida, pero luchó durante 21 años. Con garabatos, que sus enfermeras anotaban, escribió cuatro libros, todos en la editorial LibrosLibres. En «Voz de Papel» y «Alma de Color Salmón» reflejó su fortaleza y su vida cotidiana. En «Los Garabatos de Dios», publicado en 2007, recoge su vivencia espiritual y religiosa. Ahora, su obra póstuma, «Alas rotas», recoge la recta final de su vida. Su madre piensa en el reencuentro, más allá de esta vida, aunque sin prisas. «Será la primera en recibirme. La imagino guapa allí. De hecho, incluso aquí, pese a la enfermedad, siempre la vi guapa. Tenía estilo, lucía. Su carácter se enriqueció, tenía madurez, exigencia. Desde lo humano, no se entiende su vida».