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Personalmente creo que no hay en el cine español una mujer más hermosa que Lydia Bosch

Peana de hielo

Tiempo de lectura 2 min.

01 de mayo de 2009. 00:48h

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1/5/2009

Como suele ocurrir, su consagración como mujer coincide en plena madurez con el peor momento de su carrera, a una edad en la que en España las actrices de cuarenta y cinco años por lo general sólo tienen alguna posibilidad de disputarle con éxito un papel de segunda fila a un transexual de cincuenta. Ocurre con Lydia Bosch lo que sucedió siempre con Doris Day, que son ambas la clase de mujer pulcra, hermosa y decente, casi profiláctica, que cuando dan a luz el ginecólogo certifica juntos el sexo del recién nacido y la virginidad de la madre. Personalmente creo que no hay en el cine español una mujer más hermosa que ella, ni otra que pueda igualar esa fotogenia agridulce en la que su sonrisa parece a menudo el paradójico reflejo de una amargura, como si esa dentadura tan halógena y tan limpia fuese en realidad la tapadera publicitaria de un mal sabor de boca, la higiene mentolada que disimula la atmósfera irrespirable al final de la última sesión en uno de esos cines suburbiales y meados en los que mismo parece que haya tapizado las butacas el dermatólogo de Calígula. ¿Se resentirá el rostro de Lydia de los avatares judiciales? ¿Sobrevivirá su fotogenia a la corrosiva luz de los interrogatorios? ¿Asomarán acaso a su inmaculada sonrisa la doblez que siempre nos pareció impensable en su conducta y las caries que jamás imaginamos en su alma? ¿Comprobará tal vez en carne propia que la ambición y la codicia a menudo empobrecen más que la mismísima miseria? ¿Y si por un mal cálculo la bella Lydia descubriese que lo que queda de su esplendor moral es el rostro vagamente iluminado por una sonrisa que a la postre sólo le ha servido para aferrarse a sus propios dientes, como una virgen a la que la inclemente luz de los estrados le hubiese derretido el hielo fucsia de su peana? No se lo deseo. Sería una lástima que esclarecer la verdad sólo sirviese para echar a perder la imagen casi amniótica de esa Lydia Bosch a la que José Luis Garci maquillaba apenas con el tenue resplandor de un fuego de leña. Prefiero que se conserve intacta la deslumbrante sonrisa algo amarga de una mujer de la que uno, en la imposibilidad de ser su amante, se conformaría con el inmerecido privilegio de ser su dentista.

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