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Pemán

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22 de marzo de 2009. 00:52h

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22/3/2009

Se ha reeditado «La Historia de España contada con sencillez» de José María Pemán, el gran escritor gaditano triunfante sobre el olvido impuesto por los papanatas de la culturilla. Tendrían que leerlo los niños, los estudiantes, los periodistas y los políticos. Su texto es una delicia, y don José María, como persona educada que era, no pretende adoctrinar a nadie. Fue una personalidad fundamental en la Literatura y el periodismo literario. Sus «Terceras» de ABC siguen constituyendo el no va más de la singularidad genial de un observador constante de la vida, de España y de las circunstancias de una y otra. Haría bien el centenario periódico en editar una antología de esas «Terceras» admirables. A los papanatas de la culturilla les arañaba el páncreas su popularidad y prestigio. Dominó el teatro, la narrativa, la oratoria y la poesía. Guardaba en su talento y su sensibilidad toda la luz de la bahía de Cádiz. Con tacto e inteligencia se erigió en la figura conservadora más crítica con el franquismo, y sirvió a su Rey en el destierro, don Juan III, con una lealtad insuperable. Esa lealtad la premió El Rey concediéndole el Toisón de Oro. A su casa de Cádiz, los gaditanos le pusieron «El Castillo de Javier», porque la compró con el dinero que ganó con «El Divino Impaciente», obra teatral en verso que recrea la vida sacerdotal y misionera de San Francisco Javier, el formidable navarro. Y hablaba con una seguridad, una fluidez, un rigor y una gracia que apabullaban. En Madrid vivía en la calle de Felipe IV, frente a la Real Academia Española, siempre rodeado de sus hijos, que acompañaron los últimos años de su vida al padre ejemplar herido por la muerte de su mujer. Don José María fue generoso con todos, incluidos los que le maltrataban en las críticas y los periódicos afines al Movimiento. Y amigo de poetas enfrentados en las ideologías. Lo era, y mucho, de otro desterrado, Rafael Alberti, con quien compartía la nostalgia por la bahía, el campo abierto de mar, y sal, y viñas, y dehesas, y pinares que se reúnen desde Jerez al Puerto de Santa María y de Sanlúcar a la tenaza azul de la bahía de Cádiz. A mi abuelo don Pedro Muñoz-Seca, según palabras y recuerdos de sus compañeros de suplicio en la checa de San Antón, pocos días antes de ser fusilado en Paracuellos del Jarama por la gente de Santiago Carrillo, le consolaba la lectura de distintas escenas del «Divino Impaciente». Y Cayetano Luca de Tena, que se sabía la obra de memoria, era el encargado de recitarle los versos de Pemán mientras paseaban, sin destino y sin futuro, por el patio del colegio de San Antón, convertido en cárcel y almacén de muerte por las autoridades republicanas. La grandeza de Pemán, además de literaria, era humana. Se dice que no importa el carácter de los genios, sino lo que dejan. De acuerdo. Pero es preferible un genio educado, simpático, abierto y siempre señor, que un genio rácano, malhumorado, pedante y soberbio. En Pemán nadie encontró un gesto de descortesía, ni una actitud de distancia, ni un ápice de cobardía. Creyó en Dios y murió con Dios. Creó una familia admirable que hoy se multiplica con biznietos que crecen orgullosos de su apellido. Y hacen bien en estarlo. Llevan en la sangre los genes de un auténtico Grande de España. El mismo que nos cuenta su Historia con sencillez.

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