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Un siglo de Gran Vía

Desde el 4 de abril y durante un año se organizarán actos por el centenario

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Tiempo de lectura 4 min.

01 de marzo de 2009. 01:25h

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1/3/2009

MADRID- El próximo 4 de abril hará cien años desde que Alfonso XIII dio el primer golpe de piqueta para construir la Gran Vía madrileña. Esta célebre e inolvidadble calle de la capital tardó nada menos que 64 años en hacerse realidad después de pasar por innumerables visicitudes ya que, literalmente, se abrió camino a martillazos entre las abigarradas calles que entonces formaban el centro de la ciudad.
Hoy en día, la historia de Madrid no se entiende sin comprobar el paso de los años por esta arteria central, pulso de la vida de la Villa y Corte. Para conmemorar toda su trayectoria, el Ayuntamiento de la capital ha creado una comisión que se encargará, a lo largo de este año, de organizar todas las celebraciones en torno al centenario.
Complicados inicios
El origen de la Gran Vía se puede remontar a mediados del siglo XIX, poco después de terminar la reforma de la Puerta del Sol  y de la prolongación de la calle Preciados hasta Callao. Entonces se vio claramente la necesidad de descongestionar el tráfico hacia el centro de la ciudad y de que la urbe en expansión de finales del siglo contase con edificios representativos y nuevos espacios urbanos.
Fue en 1886  cuando se aprobó el Proyecto de Reforma Interior, redactado por Carlos Velasco. Sin embargo, la fuerte oposición popular, las dificultades en las expropiaciones y la muerte de Velasco en 1888, propiciaron que en 1899 los arquitectos municipales José López Sallaberry y Francisco Octavios Palacios presentarna su Proyecto de reforma de prolongación de la calle de Preciados y enlace a la plaza del Callao con la calle Alcalá.  La obra, concebida en tres tramos, no se pudo poner en marcha hasta 1910 de nuevo por la oposición vecinal y dificultades administrativas del Ayuntamiento, dirigido por José Francos Rodríguez.  Fue el rey Alfonso XIII quien, el 4 de abril de ese año empezó las obras que daban inicio a las primeras demoliciones del proyecto público más importante que se realizó en Madrid en el primer tercio del siglo XX.
Su construcción duró 64 años, puesto que no fue hasta 1932, en los albores de la Guerra Civil, que se dió por finalizado el último tramo entre las plazas de Callao y España.
La calle del lujo
Desde las primeras ocupaciones, la Gran Vía se convirtió en el eje comercial más importante de la ciudad. En los años veinte, las compañías de seguros y los establecimientos de maquinaria  pusieron la base para la explosión de establecimientos que se tuvo lugar durante los años treinta y cuarenta, llegando a mitad del siglo XX a su mayor esplendor con la llegada de las dos grandes empresas comerciales a la plaza de Callao: Galerias Preciados y El Corte Inglés.
Por tramos, entre Alcalá y la Red de San Luis se concentró desde el comienzo el comercio de lujo imitando a los clásicos ejes de ciudades europeas como París (Rue de la Paix), Londres (Regent Street), o Milán (Galleria Vittorio Emanuele II). También en estos números, acompañando a los establecimientos selectos surgiron cafés como el Chicote y hoteles como el Roma que acogían a los clientes que acudían hasta allí para comprar.
El edificio de Telefónica, concebido en su momento como uno de los más altos de Madrid, preside el tramo desde la Red de San Luis a Callao. Junto a él, los primeros grandes almacenes de la ciudad, como Sepu (Sociedad Española de Precios Únicos), que permaneció en su misma ubicación hasta hace sólo unos años.
Este espacio de la calle es la transición entre la zona de comercio de lujo, con los grandes almacenes y, a día de hoy, las clásicas franquicias textiles, y el otro sello de identidad de la Gran Vía: el ocio. La sala Pasapoga, el Palacio de la Música o el Palacio de la Prensa son algunos de los ejemplos de la transformación de esta vía cuando se pone el sol y los neones del clásico anuncio de Schweppes en Callao iluminan una calle que nunca duerme.
El Hollywood madrileño
En Gran Vía nunca hubo estudios de cine, pero durante décadas fue la meca del séptimo arte por su concentración de salas de proyección –había 26 en 1985–. Acogió las premieres de las películas más importantes de la temporada con las estrellas de Hollywood y del cine español, aunque en los últimos años cada vez son menos los lugares donde poder ver cine.
El nuevo Broadway
Pero la desaparición de los cines de esta vía, en beneficio de las macrosalas de la periferia, se ha visto compensada con la reconversión de muchos de estos locales y el éxito de los musicales en la capital.  Los gigantescos carteles con los estrenos de cada semana se han sustituido por las bombillas titilantes que recuerdan al mismísimo Broadway. De hecho, el turismo madrileño ha encontrado una nueva fuente de promoción en el interés por estos espectáculos y proponen a las agencias de viajes paquetes de fin de semana en la ciudad que incluyen las entradas para un musical.
De Callao a la Plaza de España, los teatros se mezclan con la mayor parte de los restaurantes que existen en la calle: cafeterías americanizadas, franquicias de alimentación y museos del serrano más ibérico conviven con algún comercio que ha huído de los dos primeros tercios de la calle.

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