El reencuentro de las dos Alemanias

Esther Andradi salió del teatro para celebrar el fin del Muro. «soy del oeste y mi mundo no cambió». Thembi wolf nació después. «Hasta los 19 años no fui consciente de los que era ser un ‘ossi’, una mujer del este»

Todos los allí congregados contuvieron el aliento cuando el joven trepó hasta lo más alto del Muro. Fue el primero de los miles que ahí estaban y durante los segundos siguientes muchos aguardaron a que una bala fuera la respuesta a tan osado atrevimiento. Se hizo un silencio abrumador que aquella noche, en la que el boca a boca condujo a tantos hasta la Puerta de Brandenburgo, no fue roto por ningún disparo. Ni siquiera por la llamada al orden de algún guardia. Algo cambió el 9 de noviembre de 1989. Una certeza que animó al joven a hacer la señal de la victoria y al resto de los que allí estaban a estallar en júbilo. Y aquel muro, que cortó en dos la vida de miles de alemanes, se quedó pequeño para tantos que quisieron celebrar la libertad encima de él. «Die Mauer ist weg!» (el Muro ha caído) gritó alguien y seguidamente una coral de gritos acompañó su alborozo al ritmo del descorche de cientos de botellas de champán. «Die Mauer ist weg!», gritó también la periodista y escritora Esther Andradi (59 años). «Esa noche estaba en la presentación de una obra de teatro de un amigo cerca de la Adenauer Platz y en la pausa uno de los fotógrafos que trabajaba en mi oficina me dijo al oído: parece que está cayendo en Muro. Salimos todos camino a la Puerta de Brandenburgo sin esperar siquiera a que terminara la obra. Fue un sorpresa y todo Berlín se enteró sin necesidad de teléfonos. Allí nos concentramos una muchedumbre: personas muy bien vestidas, vagabundos... todos con su botella de champán».

La esperanza nació para muchos aquella noche de otoño. En forma de la ansiada libertad pero también con la llegada de la vida. Poco tiempo después nacía Thembi Wolf (29 años). Ajena al momento histórico que vivía su pueblo pero, sin quererlo, formando parte de esa primera generación de alemanes que nació tras la desaparición de la franja de la muerte. «Mi primer recuerdo del Muro de Berlín -recuerda Thembi- es de una vez que siendo niña y sin saber muy bien lo que significaba, compré una postal que tenía pegado un pequeño trozo del Muro». Más tarde vinieron las lecciones de historia en la escuela aunque no fue hasta los 19 años cuando entendió de una vez el significado de ser un «ossi» o, dicho de otra forma, ser un alemán del Este.

«Estaba en la fiesta de una amiga que estudió en Baviera. A diferencia del resto del grupo, ella fue la única que estudió la carrera en la otra Alemania, en Occidente. En un momento, uno de sus compañeros de clase se me acercó y me preguntó por qué no tenía el pelo teñido de rubio, ya que eso era muy «ossi». Fue entonces cuando Thembi, que sabía que teñirse era lo más popular en las universidades orientales, se dio cuenta que todavía había algo que les diferenciaba. Thembi es una «O-Millenial». Seguramente compra en los mismos supermercados que su amiga de Baviera o ve las mismas series en televisión, pero pertenece a la primera generación del este que creció en la Alemania unida. En 2015, el por aquel entonces presidente federal, Joachim Gauck, dijo sobre ellos: «las diferencias se han reducido, especialmente en la generación más joven». «Pero estaba equivocado -asegura Thembi-. No solo el cabello coloreado o la cicatriz en el brazo de la vacuna contra la viruela nos hacía distintos». Lo dice ella pero también un estudio del Centro Alemán de Investigación sobre Integración y Migración (DeZIM) que arroja que el 35,3% de los alemanes del este se sienten todavía ciudadanos de segunda clase. Con todo, Thembi completó sus estudios de periodismo y ahora escribe desde Berlín para «Bento», un suplemento para jóvenes publicado por la revista «Der Spiegel».

Mucho ha cambiado Alemania en estos últimos treinta años. O no. «Yo viví en el Berlín Occidental -continúa Esther-, y para mí fue la ciudad más libre que había conocido hasta ese momento. Una urbe donde las mujeres podíamos movernos sin ningún tipo de dificultad, a cualquier momento del día o de la noche, y sin que nadie nos molestase. Para mí no cambió nada con la caída del Muro pero para los que venían del Este fue muy difícil. El mundo que conocían dejó de existir para siempre aunque ellos siguieron en el mismo lugar. Cambiaron de país sin cambiar de sitio». Durante aquellos días, tras el 9 de noviembre, la Kudamm -la principal avenida del oeste de Berlín- se llenó de «ossis» curiosos por visitar los grandes almacenes y ver los escaparates de las joyerías. Cayó el Muro pero la mentalidad permaneció en ambos lados. «Recuerdo -prosigue Andradi- que en una lectura una joven se me acercó y me dijo: - Yo no solo perdí un país sino el derecho de recordar mi infancia y mi juventud». Todavía hoy son pocos los que quieren rememorar recuerdos como los de esa joven. «Nunca nos hablaron sobre el pensamiento de oriente y occidente -prosigue Thembi-. Tampoco lo hicieron en casa aunque ahora, además de mi acento, comparto un cierto ideario en el que prevalece el sentimiento colectivo y que no veo en los alemanes del oeste».

A pesar de todo, y aunque tiene que viajar a menudo a Hamburgo, Thembi no ve un perjuicio trabajar en la capital aunque los estudios aseguran que el tejido económico es más fuerte en el occidente alemán. No obstante, y según Esther, el principal problema se basa en un aspecto social más que económico. «Se ha destruido ese tejido por el cual las personas se sentían parte de un proyecto común y ahora no encuentran el camino para reconstruirlo -asegura-. No es fácil vivir en el Occidente si has vivido toda tu vida en el otro lado», advierte en relación a los países órbita de la antigua Unión Soviética.

¿Hay realmente una unidad? La generación de Thembi comparte la sensación de que una parte de Alemania cumple sus propias reglas y tiene otros ideales. Que se siente incluso extranjera. Las fracturas o fisuras de la reunificación. «Suena extremo –concluye Thembi-, pero seguirá así mientras el Muro de 1989 continúe en nuestras cabezas».