Internacional

La violencia afea las conquistas de los «chalecos amarillos»

Escasa participación e incidentes en París para celebrar el primer año de unas protestas que han cambiado el rumbo de Francia

Un aniversario en un ambiente agridulce se respiró ayer en las calles de París en una movilización muy simbólica, la del primer año que cumplían los «chalecos amarillos». Cierto es que este movimiento, que nació sin estructura ni organización nítidas, ha ido perdiendo miles de adeptos por las imágenes de violencia de algunos de sus individuos y por los patinazos con declaraciones conspiranoicas de varios de sus líderes, pero también lo es que doce meses después de aquel 17 de noviembre de 2018, aún un grupo de irreductibles sigue teniendo la capacidad de movilizar en cientos de rincones de Francia a miles de personas y que la clase política, empezando por el presidente Emmanuel Macron, ya no se atreve a dar ningún paso en falso sin tener en cuenta que cualquier chispa puede de nuevo prender la llama de un movimiento que está muy debilitado pero ni mucho menos muerto.

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A estas alturas y mirando por el retrovisor, nadie duda en Francia de que la estrategia con la que Macron dio respuesta al movimiento en momentos muy críticos para el Ejecutivo ha dado sus frutos. La convocatoria de un gran debate nacional que se alargó tres meses y el cambio en el perfil de la comunicación del Elíseo, ahora menos arrogante que cuando el joven mandatario llegó al poder, han tenido el efecto amortiguador esperado a medio y largo plazo. Incluso los más de 50 detenidos ayer en las calles de París pueden parecer pura anécdota recordando los momentos en los que a finales de 2018 los chalecos llegaron a poner contra las cuerdas al gobierno.

La violencia ha sido el gran factor que ha marcado el desgaste del movimiento y lo ha ido progresivamente alejando de las simpatías de la opinión pública. 3.100 manifestantes condenados en un año, 600 de ellos a penas de prisión. En cuanto al balance de heridos: 474 gendarmes, 1.268 policías y 2.448 manifestantes.

Y pese a que el movimiento parece hoy algo descafeinado, en el balance de los éxitos de los «chalecos» se pueden anotar varias batallas ganadas que se pueden cuantificar. Las de todas las concesiones que por el camino tuvo que hacer el Gobierno francés para que no estallara definitivamente la revolución. No solo lograron que Macron diese marcha atrás en la medida que había encendido la mecha: el aumento del precio del diésel. Su éxito va más allá incluso de los 17.000 millones de euros gastados en medidas para aumentar el poder adquisitivo de los franceses, o del paquete de iniciativas que salieron de aquel invento llamado gran debate nacional con el que Macron dio respuesta al movimiento. Pero también hay otras batallas, más de tipo espiritual o moral, de las que algunos sectores del movimiento no dudan en hacer gala. Por ejemplo, la de considerar a los «chalecos» el embrión de la ola de protestas que se ha multiplicado por varios rincones del planeta en este 2019 a modo de efecto reflejo. El simbolismo de llevar un chaleco amarillo ha traspasado las fronteras francesas, no siempre con éxito. Pero sin duda su mayor logro ha sido colocar en el foco político y mediático los problemas de la Francia olvidada que representan. Esa Francia que vive lejos de centros urbanos y que se siente despreciada por París.

Quizás la frase que mejor resuma los éxitos de los «chalecos» la pronunció el propio presidente Macron en una entrevista para la revista «Time» en septiembre: «En cierta manera, los ‘‘chalecos amarillos’’ fueron muy buenos para mí, porque me recordaron lo que yo tendría que ser». Una especie de cura de humildad que, sin saber hasta qué punto puede ser honesta, ha podido salvar los cimientos de un quinquenio que se vieron fuertemente tambaleados por aquella revuelta amarilla que aún pervive.

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