La Línea y Los Salazar: la nueva generación del narco en México

Cerca de 200 «superpandillas» actúan como el brazo armado y de extorsión de los grandes señores de la droga que burlan a la Justicia y las Fuerzas de Seguridad

Framed by heavily armed Mexican authorities, relatives of the LeBaron family mourn at the site where nine U.S. citizens, three women and six children related to the extended LeBaron family, were slaughtered when cartel gunmen ambushed three SUVs along a dirt road near Bavispe, at the Sonora-Chihuahua border, Mexico, Wednesday, Nov 6, 2019. Three women and six of their children, related to the extended LeBaron family, were gunned down in an attack while traveling along Mexico's Chihuahua and Sonora state border on Monday. (AP Photo/Marco Ugarte)Marco UgarteAP

La duda sigue resonando en los valles del norte, en la región que hace dos semanas sufrió una de las masacres más crueles que se recuerdan en México. Nadie se explica por qué mataron de ese modo a seis niños y tres mujeres inocentes. A puro balazo, en medio de la sierra entre Sonora y Chihuahua donde nadie podía auxiliarlos. La versión oficial lanzada por el Gobierno no convence ni a familiares ni a expertos, que ven altamente improbable que un grupo criminal confundiese a las familias con pistoleros rivales, aunque todos reconocen que la zona es tierra de «malandros», que el crimen organizado se mueve aquí desde hace décadas.

Al día siguiente de conocerse el ataque contra la familia LeBarón, que pertenecía a una comunidad estadounidense asentada en esta sierra desde hace un siglo, el ministro de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, informó que las autoridades trabajaban con una hipótesis principal: el ataque lo había perpetrado una célula de La Línea, que se pelea este pedazo de tierra entre dos estados con un grupo rival: Los Salazar. El Gobierno argumentó que el suceso estaba relacionado con un incidente ocurrido la noche anterior en la cercana ciudad fronteriza de Agua Prieta, en Sonora, que dejó un muerto y un herido.

La Línea es un grupo criminal de Chihuahua asociado al cártel de Juárez y últimamente estaba realizando incursiones en Sonora, territorio de Los Salazar, que están vinculados con el cártel de Sinaloa. Eso pasó en Agua Prieta y, según Durazo, La Línea atacó a la familia Lebarón pensando que era un comando de Los Salazar tratando de entrar en Chihuahua como respuesta.

Tanto La Línea como Los Salazar «son superpandillas asociadas a los grandes cárteles», dice a LA RAZÓN José Sumano, experto en seguridad pública del Colegio de la Frontera Norte, quien contabiliza más de 200 «mini» organizaciones en todo el país con unas características comunes: han trabajado para los grandes grupos, tienen capacidad de fuego, pero no cuentan con la logística para el narcotráfico, así que se dedican a otras actividades como la extorsión y el sicariato. «Son el brazo armado de los cárteles», explica.

La Línea ha generado mucha violencia en lugares cercanos a la colonia LeBarón, la comunidad principal de los miles de agricultores estadounidenses de la región y el destino al que pretendían llegar las víctimas. «Lugares como Nuevo Casas Grandes y Delicias» –señala a este diario Francisco Rivas, director del Observatorio Nacional Ciudadano– y otros como San Buenaventura y Benito Juárez son focos habituales de conflictos, según varios testimonios de habitantes de la colonia LeBarón, que hasta el pasado lunes se sentían «relativamente seguros», al margen de esta dinámica a pesar de vivir rodeados de puntos calientes. Estos pueblos de la sierra son importantes porque están cerca de la frontera con Estados Unidos. Las grandes rutas del narcotráfico no pasan por aquí, pero se trata de «una zona de seguridad y escondite» de criminales, añade Sumano.

Atribuirle el crimen a la delincuencia organizada «no debe servir como excusa para no investigar y no procurar Justicia, como suele ser habitual en México», dice Rivas, que explica que en medio de la crisis de violencia que sufre el país con 30.000 homicidios el año pasado y cerca de superar esa cifra récord en 2019, se utiliza la excusa del narco para dar una explicación genérica a un problema más complejo.

La hipótesis de la confusión es poco factible para los analistas porque no concuerda con la forma de actuar del narco. Los testimonios de los niños que sobrevivieron también debilitan esta idea: al menos una mujer bajó del vehículo para aclarar que viajaban con niños y aun así le dispararon a bocajarro. Familiares que estuvieron en la escena del crimen relataron a LA RAZÓN que las pertenencias de una de las fallecidas estaban esparcidas por el camino, señal de que los pistoleros habían inspeccionado el interior de la camioneta. Esta semana una treintena de agentes del FBI se desplazaron a Sonora para sumarse a las investigaciones a petición de las autoridades mexicanas. Por el momento, hay una persona detenida.

Según los expertos, algo tuvo que romperse en los pactos de tranquilidad entre la comunidad y los pistoleros que acabó con el asesinato deliberado de las nueve personas. Algo relacionado con la extorsión, algún acuerdo roto o un cambio de grupos en la zona como venganza. Todos los testimonios de familiares recogidos por LA RAZÓN en la colonia LeBarón negaron tener conocimiento de que algún miembro de la comunidad estuviese pagando cuotas de extorsión, pero como señala Sumano «son una comunidad vulnerable en una zona remota y lo que digan puede tener consecuencias».

La matanza de Sonora ha establecido una nueva cota de horror por la saña y la crueldad contra víctimas indefensas, una violencia extrema con la intención de infundir terror, que se viene repitiendo en episodios recientes como las amenazas de asesinar a población civil y familias tras el fallido intento de captura de Ovidio Guzmán en Culiacán y las quemas de camiones en Ciudad Juárez a plena luz del día. El origen de esta violencia desatada, dice José Sumano, hay que buscarlo hace dos décadas en la democratización de México y la aparición de gobernadores y alcaldes de partidos distintos al oficialista que restaron poder al presidente y permitieron que los criminales negociasen con autoridades locales y estatales.

También con la fragmentación de los cárteles que se inició con la separación de los Beltrán Leyva, del cártel de Sinaloa, y la aparición de los Zetas como una escisión del cártel del Golfo. La estrategia de confrontación directa que empezó el expresidente Felipe Calderón en 2006 desembocó en el actual escenario, con cientos de «superpandillas» que luchan a muerte por el territorio.