Reino Unido consuma el Brexit y agrieta a la UE

Johnson se propone unir a los británicos tras romper la alianza con el viejo continente. Londres aspira a firmar en 11 meses un acuerdo comercial que costó 7 años negociarlo

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Se proyectó un reloj sobre Downing Street con la cuenta atrás. Las históricas fachadas de Whitehall –donde se encuentran todos los ministerios– se tiñeron de los colores de la Union Jack, casi al tiempo que la bandera dejaba de ondear en Bruselas. Los europeístas salieron una vez más a la calle para manifestarse en contra de lo que consideran como «el gran error». Los euroescépticos celebraron fiestas en los pubs repartidos por todo el país para brindar por lo que llamaron «el día de la independencia». Y hubo incluso alguno en la calle que ni siquiera estaba al tanto del día tan señalado en el calendario. «Si te digo la verdad, lo había olvidado completamente. Para mí no deja de ser un día normal», relataba Sam, un vendedor de un puesto de flores al suroeste de Londres.

Lo cierto es que el ambiente en general llegaba a resultar incluso extraño. Tras más de tres años hablando de ello, poniendo incluso en duda en muchas ocasiones si llegaría a pasar, costaba asumir que finalmente Reino Unido dejó ayer de ser parte de la UE. El Brexit se ha consumado. Y aunque en la práctica todo seguirá igual hasta finales de año en un periodo de transición donde Londres y Bruselas deben negociar ahora las futuras relaciones, en realidad todo ha cambiado.

Comienza al fin y al cabo una nueva era, tal y como explicó el «premier» Boris Johnson en un discurso de unidad que dirigió a la nación poco antes de las 23 horas local (medianoche en Bruselas) cuando se puso fin a casi cinco décadas de complicada relación. «Nuestro trabajo como Gobierno, mi trabajo, es unir a este país y seguir hacia adelante», recalcó. «Y lo más importante es destacar que este no es un fin sino un comienzo. Es el momento en que amanece y se levanta el telón de un nuevo acto. Es un momento de verdadera renovación y cambio nacional», destacó.

En efecto, Reino Unido comienza ahora una episodio en su historia en el que Johnson quiere equilibrar la riqueza entre norte y sur del país, descentralizando de alguna manera el sistema e invirtiendo más que nunca en el conocido como Muro Rojo del Norte de Inglaterra, donde los laboristas votaron por primera vez por los «tories» en las últimas elecciones generales de diciembre.

Asimismo, el país juega ahora un nuevo papel a ambos lados del Atlántico. Como miembro del bloque, tal y como explicó en su día Tony Blair, los británicos actuaban como «puente entre Estados Unidos y la UE». Pero los euroescépticos consideran que ahora se podrán estrechar más que nunca los lazos con el que siempre ha sido su «aliado especial». No en vano, en paralelo a la negociación con Bruselas, Londres negociará con la Casa Blanca para cerrar un nuevo acuerdo comercial.

Históricamente, Londres y Washington han gozado de una especial química que en tiempos como los de Thatcher y Reagan tocó sus cuotas más altas. No cabe duda de que la relación entre Johnson y Donald Trump también es ahora cercana. Sin duda alguna, mucho mejor que la que tenían el norteamericano y Theresa May.

En cualquier caso, el inquilino de Downing Street no va a convertirse ahora en un vasallo. Mostrarse de acuerdo con todas las políticas americanas le restaría credibilidad internacional. De ahí, entre otras cosas, su decisión respecto a Huawei para que participe de manera parcial en el desarrollo de la red 5G, pese al bloqueo total que le había solicitado la Casa Blanca. Y no ha sido el único motivo de tensión estos días. Trump –al que al fin y al cabo solo le importa su «America first»– amenaza con imponer aranceles «arbitrarios» a las exportaciones de automóviles de Reino Unido (entre ellos Mini, Bentley o Rolls-Royce) si el Gobierno británico sigue adelante con sus planes de introducir a partir de abril un impuesto del 2% a las grandes compañías tecnológicas (entre ellas, Facebook y Google).

Respecto a la nueva fase que comienza ahora con la UE, el primer ministro pronunciará el lunes un discurso donde expondrá sus objetivos de cara a las nuevas negociaciones con la que se pretende cerrar (o al menos intentarlo) un nuevo acuerdo comercial para diciembre, que es cuando finaliza el periodo de transición. Actualmente, casi la mitad de las exportaciones británicas van al mercado único. Con todo, el líder «tory» está ahora dispuesto a aceptar algunas fricciones y barreras con el club comunitario para garantizar a Londres capacidad de divergir en el reglamento.

Bruselas ha dejado claro que si Johnson quiere un acuerdo de libre comercio sin cuotas y aranceles, Reino Unido debe respetar la convergencia regulatoria para garantizar la competencia justa. Pero el inquilino del Número 10 no quiere atarse la manos. La razón principal del Brexit era al fin y al cabo «recuperar el control» y ahora quiere dejar muy claro que comienza una nueva era.

El modelo en el que podría inspirarse es el canadiense, que permite un comercio de mercancías casi libre de aranceles, pero implica controles fronterizos. Pero no incluye el sector servicios, que representa alrededor del 80% del PIB de Reino Unido. El Tesoro ya estimado que la economía británica sería un 4,9% más pequeña en virtud de un acuerdo de este tipo después de 15 años comparado con la progresión que habría tenido si hubiera permanecido en la UE. La recesión que vaticinan ahora los expertos no ayudará especialmente a unificar a un país que aún se encuentra dividido ante un divorcio histórico.