Caso Mila: la blasfemia como asunto de Estado en Francia

La adolescente que insultó al islam ha recibido amenazas de muerte. Los franceses, divididos sobre los límites a la libertad de expresión

Mila Orriols en una aparición televisiva el martes
Mila Orriols en una aparición televisiva el martes

Mañana lunes, Mila volverá al colegio. Pero no al suyo, sino que acudirá a un centro cuyo nombre se ha ocultado con la mayor discreción, y lo hará con un dispositivo de vigilancia. Su reescolarización ha sido cuidada al milímetro. De hecho, nadie en Francia sabe dónde se encuentra exactamente esta adolescente de 16 años. Ha sido el ministro de Educación en persona, Jean-Michel Blanquer, quien se ha encargado de coordinar toda esta operación con tintes de secreto de Estado.

Se espera que su vuelta a clase sea también, poco a poco, una vuelta a la normalidad; tras dos semanas en las que pocas cosas lo han sido para ella, al convertirse en el centro de todas las miradas de Francia, que se ha dividido entre los que han apoyado su causa, y aquellos que se han negado a hacer del «JeSuisMila» una especie de continuación del célebre «JeSuisCharlie» tras el atentado yihadista de enero de 2015 contra el semanario satírico.

La vida de Mila, una estudiante francesa apasionada por el canto y lesbiana declarada, cambió para siempre el pasado 19 de enero, cuando publicó un vídeo en su cuenta de Instagram criticando al islam: «Odio la religión, en el Corán solo hay odio, el islam es una mierda. A vuestro dios le meto un dedo en el culo». El vídeo se viralizó con una fuerza proporcional a las amenazas que la joven iba recibiendo: «Sabemos donde vives, date por muerta», «puta lesbiana, vas a morir».

La adolescente llegó a recibir 200 mensajes amenazantes por minuto. El asunto se propagó a través de las redes sociales y comienzaron a aparecer los hashtags #JeSuisMila y #JeSuisPasMila, que identifican a los que apoyan a la joven y los que cargan contra ella. La magnitud de las amenazas llegó a niveles tales, que la joven tuvo que dejar de ir a clase y permanecer bajo protección junto con su familia.

Incitación al odio

El caso saltó de las redes sociales a la política. Durante los últimos días, varias declaraciones y un patinazo jurídico han contribuido a engrandecer el incendio. Un juez llegó a abrir una investigación contra la joven por «incitación al odio debido a la pertenencia a una religión», aunque fue archivada pocas horas después. Y en estas, la declaración del delegado general del Consejo Francés del Culto Musulmán, Abdallah Zekri, condenando las amenazas acabó por echar más gasolina al fuego, porque en su mensaje apostilló aquello de «quien siembra vientos, recoge tempestades», lo que desató una lluvia de críticas.

El incidente ha servido para reabrir el debate sobre la blasfemia. Los expertos se esfuerzan en explicar la diferencia entre insultar a Mahoma o a un musulmán. Denis Lacorne, director de investigaciones en el Instituto de Ciencias Políticas de París, que ha escrito numerosas obras sobre laicidad en perspectiva comparada, explica que «la jurisprudencia francesa es única, porque plantea una distinción fundamental entre las creencias y los creyentes. Es decir, se puede insultar a las religiones, pero no se puede insultar a ninguna persona o grupo de personas por sus creencias religiosas». En declaraciones a France Presse, este académico explicaba que lo más inquietante que ha revelado este caso es el «riesgo de autocensura».

Una inquietud que se ve respaldada por un sondeo del Instituto Francés de Estudios de Opinión (Ifop) a raíz del caso: los franceses están divididos al 50% entre los que se consideran favorables al derecho a blasfemar, y los que están en contra. Unos porcentajes mucho más ajustados de lo que Voltaire –que insultó a todas las religiones– hubiese deseado.

Macron defiende el derecho a blasfemar

El abogado de la joven, Richard Malka (el mismo que lleva los asuntos del semanario «Charlie Hebdo»), ha comentado que le parecía «triste» que ciertos grupos feministas y partidos de izquierdas, «que tradicionalmente defienden que Francia es un país laico», no hayan apoyado a Mila. Hasta el presidente Macron tuvo que salir en medio del incendio a explicar que en Francia «hay libertad de expresión, derecho a caricaturizar y a blasfemar».

La reescolarización de la joven no cierra el «caso Mila», que continúa con un investigación judicial abierta. Las autoridades están intentando averiguar quiénes son los autores de las amenazas, sobre los que podrían caer –según la ley francesa– penas de hasta cinco años de prisión, y multas que podrían alcanzar los 45.000 euros. Y mientras tanto, los franceses asisten, entre la tristeza y la impotencia a una realidad que retratan varios medios de comunicación que han acudido al liceo en el que estudiaba la joven en la localidad de Villefontaine, próxima a Lyon: «Nunca hubiese podido volver aquí», es el comentario generalizado que recoge el diario «Le Parisien» tras entrevistar a varios de sus excompañeros de clase que, según el rotativo, juzgan «severamente» a la joven.

Pero Mila también ha recibido una notable cadena de apoyos. Quizás el más especial, por su simbolismo, ha sido el número de la revista «Charlie Hebdo», que publica esta semana un especial dedicado a la blasfemia en homenaje a la adolescente bajo el provocativo titular: «Ateos, os meto un dedo en el culo».

Mila se lamentaba en una entrevista en el canal TMC esta semana que todo este asunto la dejará marcada de por vida y la impediría alcanzar su sueño: triunfar en el mundo de la música. La joven espera, desde este lunes, poder recuperar el tiempo perdido del curso escolar y volver a la normalidad. Las heridas abiertas, tras dos semanas de sobresaltos, tardarán en cicatrizar. Las de Mila y las de todo un país, que ha descubierto cómo, en pocos segundos, el vídeo viral de un adolescente puede transformarse en asunto de Estado, dejando al descubierto todas las miserias del país de Voltaire.