Nueva York, la ciudad que nunca duerme, se apaga por el coronavirus

Cierran los restaurantes y los colegios públicos, lo que dejará a 750.000 niños pobres sin comedor ni atención médica

Una ciudad sitiada, pero menos. Basta con asomarse a cualquier vía pública de Nueva York para comprobar que el tráfico sigue imparable. La ciudad todavía no ha decretado el confinamiento. Son cientos de miles, sino millones, los trabajadores que carecen de protección laboral.

El alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, anunció el domingo que a partir del martes los restaurantes y bares sólo podrán servir comida para que el cliente se la lleve a su casa. «El virus puede propagarse rápidamente a través de las interacciones que los neoyorquinos tienen en restaurantes, bares y lugares donde nos sentamos juntos. Tenemos que romper ese ciclo», dijo el alcalde, que de paso admitió la extrema disrupción de una medida que amenaza con destruir el tejido productivo de la urbe. «Pero nuestra ciudad se enfrenta a una amenaza sin precedentes», apuntó, «y debemos responder con una mentalidad de guerra».

Horas más tarde hablaba el gobernador del estado, Mario Cuomo. Anunció que la medida del cierre de la hostelería se adelantaba a las 20:00 horas de ayer lunes. De paso cierran los casinos, los gimnasios… por cierto que a De Blasio alguien lo había visto en un gimnasio de Brooklyn, provocando la imaginable frustración de muchos. Antes de los últimos decretos ya habían cerrado emblemas como los grandes teatros de Broadway, museos como el MET y el MoMA, auditorios como el Carnegie Hall y el monumental complejo del Lincoln Center.

Los institutos y las principales universidades públicas también pusieron el candado y los estudiantes conminados a abandonar sus campus. Pero ninguna decisión ha resultado más traumática que la de cerrar los colegios públicos, que de Blasio trató de mantener vivos y abiertos día tras día, un agónico comunicado después de otro. Hasta que la presión de los sindicatos de profesores y los padres de los alumnos resultó ya imparable.

El problema, y de ahí las reticencias salvajes a un cierre que de momento se anuncia hasta el 20 de abril, es que 750.000 de los 1.100.000 estudiantes de la red de colegios públicos de Nueva York es pobre. Esto quiere decir que cientos de miles de niños neoyorquinos dependen literalmente del sistema para comer caliente, recibir atención médica primaria e, incluso, lavar su ropa.

Por no hablar de la situación del segmento más desfavorecido, esos cerca de 114.000 menores que ni siquiera tienen hogar, que viven junto a sus familias en los distintos albergues municipales y privados. La solución era y es propiciar que los centros educativos puedan usarse esta semana como inmensos hangares para la distribución de comida. Y que a partir del próximo lunes el ayuntamiento haya logrado refinar un sistema de distribución individualizado.

En cuanto a las clases no asistenciales las autoridades trabajan contra reloj para entrenar a los maestros y, de paso, para dotar de internet y ordenadores a miles de niños. Al respecto conviene recordar al respecto que un 1.000.000 de hogares de Nueva York no tiene internet. Son las brutales paradojas de una ciudad de violentos prodigios y ácidas desigualdades.