Internacional

“Primero fue una oleada de ancianos pero ahora hay pacientes con menos de 50”

El alcalde de Bérgamo Giorgio Gori relata cómo las familias prefieren quedarse con los infectados de más edad en sus casas para poderse despedir de ellos. La enfermera Arianna Nicoli confiesa que el ratio de muertos “te hunde”

Arianna Nicoli había pasado por varias clínicas privadas, cuando en enero firmó un contrato en el hospital Papa Giovanni XXIII de Bérgamo. Posiblemente sobre esas fechas el coronavirus ya había empezado a circular por el norte de Italia, pero nadie en ese momento se había percatado. Sólo un mes más tarde aparecieron los primeros casos en una serie de pueblos de la región de Lombardía. El Gobierno los confinó, pero no así el resto de la región. Ahora Bérgamo, a unos 50 kilómetros de Milán, es el nuevo epicentro de la epidemia.

“Al principio nos pilló poco preparados, no esperábamos una avalancha así. Los sanitarios íbamos con mascarillas quirúrgicas, las más básicas, cuando a estos pacientes hay que aislarlos”, señala por teléfono la enfermera. Trabaja en el equipo de emergencias, donde han tenido que hacer hueco también para quienes necesitan reanimación, ya que la UCI está al completo. Reconoce que “en un primer momento llegó una gran oleada de ancianos, pero cada vez más hay pacientes de menos de 50 años”. “Se trata de gente más joven que había resistido para no venir al hospital, pero los más graves evolucionan bastante mal”, insiste. Se piensa además que el virus se propagó por la región desde un hospital en la localidad de Alzano Lombardo.

El alcalde de Bérgamo, Giorgio Gori, había advertido ya de este temor a los centros médicos. Y ayer en una charla con corresponsales explicó que “hay pueblos de la región donde los familiares prefieren no llevar a sus parientes ancianos a los hospitales para tener al menos la posibilidad de despedirse”. El protocolo señala que no pueden acercarse a la víctima si han sido diagnosticada con el Covid-19. Según Gori, en algunas localidades “fallecen 25 personas en un día y sólo a cinco se les hacen las pruebas del coronavirus”.

Las imágenes de camiones militares sacando decenas de féretros de la ciudad, donde no dan abasto para incinerar o dar sepultura a todos los cadáveres, minaron la moral de la población. Y en los últimos días, ya sin tanta exposición mediática, se han repetido varias veces. Antonio Ricciardi, el presidente de la empresa fúnebre más grande de la ciudad, sostiene al teléfono que “esto se ha convertido ya en un recuento macabro, con diez veces más fallecimientos que en un momento normal”. A él también se le han ido ya un par de amigos. “Los familiares nos están pidiendo que les mandemos fotos o vídeos de los cadáveres porque no pueden verlos antes de meterlos en los ataúdes”, recalca.

Ricciardi amenaza con dejar de trabajar porque tampoco ellos cuentan con las mascarillas ni la ropa de seguridad necesaria. Algo que en el Giovanni XXIII actualmente no falta, según Nicoli. “Compañeros de otras clínicas privadas sí que tienen que utilizar la misma mascarilla, que sólo sirve para un día, durante toda una semana”, dice la enfermera.

Sin embargo, lo peor para la joven, de 26 años, es “trabajar en turnos de 10 o 12 horas, sin poder pensar en otra cosa y ver que la situación no mejora y que no tenemos garantías de que pueda terminar”. “Eso a nivel psicológico sí que te hunde”, confiesa.

Ayer, de nuevo se produjo un repunte del número de muertos en toda Italia, con 743 más que el lunes, aunque por tercer día consecutivo bajó el ritmo de contagiados. Sólo en Bérgamo contabilizan más de 6.700 infectados, a la cabeza del resto del país.