Internacional

Un confinamiento en ultramar (IX): Canta un niño canciones del sur profundo

Incluso Trump, pelo zanahoria y cerebro licuefactado, pasa a diario el ritual de fuego de la rueda. Del encuentro con la prensa»

El miércoles amanece crudo. El gobernador da su mensaje diario, su homilía de guardia, lo único que puedes ver sin que te apetezca cortarte las venas. Es lo contrario de un embaucador o un traficante de crecepelos, pijadas, milongas. Pertenece a la estirpe de Angela Merkel. Esos raros líderes que en la inminencia del desastre te tratan de adulto, sopesan nuestras debilidades, llaman a la acción, evitan alardear de nada y nunca juegan a ejercer de opositores o activistas en el puente de mando. Por cierto. Incluso Donald Trump, pelo zanahoria y cerebro licuefactado, pasa a diario el ritual de fuego de la rueda de prensa. Del encuentro con la prensa sin filtrar. Sin cortar. Sin monosabios que eligen las preguntas. Sin la ayuda del telepronter para leer respuestas. Si la gente, los colegas, humillados delante del político en efigie de plasma o que responde por baboso interpuesto. En fin. Cuomo habla y parece que el Senado alcanzó finalmente un acuerdo. Negociaron durante días. Los más zumbados entre los republicanos tachaban algunas propuestas demócratas de estar situadas «a la izquierda de Lenin». Te tienes que reír. Los demócratas más recalcitrantes, por su lado, aspiraban a colar de carambola medidas tan extravagantes como la de obligar a las aerolíneas a iniciar su transición ecológica e invertir en combustibles menos contaminantes si querían recibir préstamos. Que no digo yo que no tengamos, alguna tarde, que hacer algo con el acabose climático. Lo que no sé es si estos días, con decenas de miles de negocios al borde de la ruina, con los restaurantes abiertos en canal, los teatros hundidos, los taxis con un cliente cada seis horas, los músicos en casa, los oficinistas ídem, los colegios sin niños, los hospitales saturados y la gente ahogada en casa, estrangulada de coronavirus, pavor y ruina, no sé, digo, dije, si son los más indicados para colar a Greta en el debate. Lo peor está por llegar, viene a decir Cuomo. Lo que hoy ven en Nueva York lo verán mañana en Tampa, Phoenix, Dallas y Omaha. Añade Cuomo que el paquete de ayuda económica aprobado por el Senado, siendo mayúsculo, no cubre ni los cacahuetes que la ciudad requiere para no desplomarse. Cinthia, la guapísima Cinthia, que fue maestra en el colegio de Mónica y no tendrá más 30 años, que fue maestra de Max el año pasado, tiene síntomas de coronavirus, ella y su novio tienen fiebre alta, les cuesta respirar, les han hecho el test, los han empaquetado de vuelta a casa, no hay sitio para todos, los hospitales están para los que necesitan ayuda urgente, esto es la guerra, una labranza cósmica de vecinos y amigos y conocidos a los que el puto bicho señala con su dedo blanco y sucio, con su uña cruel y su apetito carnicero por replicarse. El Ayuntamiento de Nueva York suspende la recogida de basuras. El Ayuntamiento de Nueva York suspende el aparcamiento alternativo, que obliga a mover los coches de acera varios días a la semana. El estado de Nueva York plantea cerrar calles al tráfico para garantizar la distancia entre paseantes. La MTA, encargada del metro, reduce la afluencia de trenes y corta líneas. El número de usuarios ha caído en más de un 85% en una semana. Levanto la vista del ordenador, recluido en esta habitación a cal y canto, y busco, en la calle, señales de vida. Hay un palomo asomado a una rama, frente al cementerio. Llueve una lluvia dulce, de labranza y primavera, ajena y ciega al sufrimiento, al dolor, al miedo, la clase lluvia, de primavera, de cielo y de marzo que, combinados con las noticias, te quita cualquier esperanza de que exista «finalidad alguna» en el devenir del cosmos, y además, siguiendo con Dawkins, «¿quién de nosotros ligaría sus esperanzas personales al destino último del universo?». No yo, desde luego, que sigo en cuarentena, con el pecho craquelado en una mueca de cemento, pero sin tos ni fiebre. A falta de mejores señales ayer vi, mientras todos dormían, una de las pocas películas de Wes Anderson que me faltaba, El gran hotel Budapest. Después me metí en vena Mad dog with soul, el documental de Netflix dedicado a Joe Cocker, aquel perro loco con alma, natural de Sheffield, que soñaba con emular a Ray Charles y destruyó su carrera entre piscinas de whisky y viajes de LSD para renacer en los ochenta como abuelo entrañable y viejo zorro. Escucho la versión de The weight, el himno de The Band que Cocker cantaba en el 70, durante su gira con Leon Russell. Es muy posible que el universo pase de todo. Que no haya relojero ni se le espere. La comedia seguirá mereciendo vivirse y beberse mientras en mi reproductor los niños de la posguerra europea canten con tanto duende las viejas tonadas del sur profundo.

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