Buenos Aires, la ciudad fantasma

El Gobierno de Alberto Fernández extiende la cuarentena nacional hasta mediados de abril con 745 contagiados y 19 muertes

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En poco tiempo, Buenos Aires pasó de ser un bullicio constante a un clima de calma y quietud. Interrumpida solo por las sirenas de la Policía que persiguen infractores o por los aplausos nocturnos de vecinos a los médicos redoblan esfuerzos en los hospitales.

Sin clases, comercios cerrados, plazas vacías, trasporte limitado y con la suspensión de los campeonatos de fútbol, Argentina se ha transformado en un día de fiesta permanente. Desde que su presidente, Alberto Fernández, ha declarado la cuarentena obligatoria, los ciudadanos no pueden salir de sus casas salvo que sea para abastecerse de víveres o medicamentos.

El Jefe de Estado argentino reprendió a la sociedad por no cumplir con el aislamiento voluntario la semana pasada. Más aún, cuando el 13 de marzo pasado declaró la prohibición de vuelos a Europa, Brasil, Chile y Estados Unidos, alrededor de 30 mil argentinos quedaron varados en países con circulación del coronavirus.

Fueron reducidas las frecuencias de los medios transportes como el autobús, metros y trenes. Días atrás, uno podía sofocarse entre los amontonamientos de personas que buscaban llegar al trabajo y a sus hogares en horas pico. Hoy día únicamente está permitido viajar si hay asientos disponibles.

En este sentido, siguen siendo muchos los que se aventuran para salir de sus casas y poder abastecerse. Cómo en el caso de Vanina, una estudiante universitaria que intentó agarrar un tren que la lleve hasta la capital para poder conseguir remedios para su abuela y su hijo de seis meses. En medio de un vagón vacío relató: “La había ido a visitar un día antes de que declarasen la cuarentena, me tuve que quedar. Pero ahora que mi abuela está sin medicamentos tuve que salir”.

A los pocos minutos de salir del tren debió volverse a su casa bajo amenaza de arresto por un oficial que no atendía a razones más humanitarias. “Me dijo que me tenía que volver o voy presa”, contó. En cada estación que conecta las ciudades de alrededor con Buenos Aires, uniformados con mascarillas y guantes piden documentos e interrogan pasajeros.

Dos años de prisión

Si el cuento no les cuadra o no pueden acreditar una razón válida, todos son devueltos a sus casas a gritos. En el país, incumplir la cuarentena puede costarle a una persona hasta dos años de prisión. El Código Penal estipula un mínimo de seis meses para quién ayude en la “propagación de una epidemia”.

En el informe diario del Ministerio de Salud argentino registró hasta el momento 745 casos positivos y 19 muertes por la enfermedad. Los adultos mayores de 60 años son población de riesgo y necesitan cuidados constantes. Graciela, una enfermera que trabaja con pacientes oncológicos, explicó que deben “estar de lunes a lunes, no tenemos descanso”.

Fernández había declarado a todo profesional de la salud como “personal esencial”, en agradecimiento, los vecinos de algunos barrios porteños salen a aplaudir desde sus balcones todos los días a las 21:00 por su arduo trabajo.

Farmacias abiertas

Las farmacias son otra de las excepciones a la regla. Tienen que permanecer abiertas, pero en varios locales sufren desabastecimientos de barbijos, guantes y alcohol en gel. Algunos farmacéuticos han impuesto límites a la cantidad de artículos que se pueden comprar ante el pánico social de la gente que “saquea” estanterías.

De hecho, una droguería en particular anunció en su vitrina que una botella de alcohol líquido sale un dólar, mientras que llevar dos sale seis dólares. Adrián, dueño de una farmacia en el barrio de Balvanera, narró que “unos días después de que el presidente lanzó el aislamiento tenía cinco clientes por día que se llevaban hasta diez botellas. Cómo los envíos se detuvieron tuve que encontrar una manera de frenarlos a ellos”.

En los supermercados, indicaron que por el momento hay mercadería suficiente. Sin embargo, en los estantes comienzan a vaciarse artículos de limpieza e higiene personal. También la carne, dieta básica de todo argentino. Ariel, dueño de su propio mercado chino, informó que la muchedumbre se contagió del pánico. Hace dos días “todo el mundo estaba comprando porque pensaban que los negocios iban a cerrar e iba faltar comida. Estuvimos hasta altas horas de la noche sin poder irnos a casa porque no paraban de entrar”, describió.

Avenida "9 de Julio" en Buenos Aires, Argentina
Avenida "9 de Julio" en Buenos Aires, ArgentinaVictor R. CaivanoAP

Entre risas dijo que “actualmente todo está más tranquilo, los compradores se dieron cuenta que vamos a seguir abiertos y no van a faltar productos”. Esto tiene que ver con los más de 20 millones de dólares que destinó el Gobierno para paliar la crisis económica que va a dejar la pandemia.

Con la prohibición de salir de sus casas, las otras almas que pululan la ciudad van motorizadas. Los repartidores comentan que aumentaron los pedidos en poco tiempo y no pueden atender a todos. Ignacio, un recadero que trabaja para un supermercado, enumeró que “antes había entre cinco y diez pedidos a la semana, hoy tenemos el doble en un solo día”. Además relató que subieron las compras de insumos de limpieza, “así que ya saben: barbijos, guantes y alcohol en gel a domicilio”, ironizó.