Altanería holandesa

El primer ministro neerlandés, Mark Rutte, y su ministro de economía, Wopke Hoekstra, han vuelto a protagonizar estos días un desprecio más a los países del sur de Europa

El gobierno de los Países Bajos ha vuelto a hacerlo. El primer ministro neerlandés Mark Rutte y su ministro de economía Wopke Hoekstra han vuelto a protagonizar estos días un desprecio más a los países del sur de Europa. En plena crisis por el coronavirus, en lugar de apoyar a los países más afectados por el Covid-19 han decidido posicionarse en contra de las peticiones de los gobiernos de España e Italia y han pedido que se investigue a ambos países durante este crisis.

Esto no es novedad. Ya en la crisis de deuda del 2012, el país gobernado por Rutte y con el deslenguado Jeroen Dijsselbloem como ministro de finanzas que afirmaba que los países del sur nos gastamos todo el dinero en copas y mujeres para luego acabar pidiendo ayuda, se opuso a cualquier acción en favor de España, Italia, Portugal o Grecia. ¿Cómo iban a inyectar dinero en países como España? El siempre ejemplar y laborioso norte europeo convirtió ya entonces una crisis financiera de manual en un cuento moral utilizando el infame acrónimo PIGS para hacer referencia a Portugal, Italia, España y Grecia.

La fijación de los Paises Bajos con España no es nueva. A los niños neerlandeses se les asusta mentando al curel duque de Alba, pero esos mismos niños no tienen la menor idea de quien fue Jan Pieterszoon Coen. En estos momentos de confinamiento es un muy buen momento para recopilar información al respecto y analizar si la altanería holandesa está justificada. Retrocedamos unos años atrás.

En abril de 1621, el gobernandor holandés de Batavia, en la actual Indonesia exterminó al 90% de los 15.000 habitantes de la isla de Banda por haberse negado a plantar nuez moscada. Sobre esto muy probablemente no habrán oído hablar nunca los niños neerlandeses. Durante tres siglos los holandeses siguieron explotando esa zona. Tras esos tres siglos y tras una cruenta guerra de cuatro años los holandeses reconocieron la independencia de Indonesia en 1949 dejando atrás a miles de muertos. El principal ejecutor de la estrategia de "pacificación" holandesa fue un oficial del Real Ejército Neerlandés de las Indias Orientales, Raymond Westerling.

Durante décadas el gobierno de Yakarta solicitó que fuera extraditado o juzgado por crímenes de guerra, pero Holanda se negó sistemáticamente. Westerling murió en 1987 regentando una librería en su Holanda natal y los pocos periodistas que intentaron investigar a principios de los años noventa sus atrocidades fueron tachados de antipatriotas y llevados a los tribunales por atentar contra su honor.

El pasado colonial de los Países Bajos parece no haber existido en sus libros de historia y sus atrocidades han sido sistemáticamente blanqueadas. Han trabajado bien el relato desde siempre. En el imaginario colectivo de muchos, los Países Bajos son aquel país que fue capaz de prosperar en tiempos modernos gracias a su tolerancia, sus increíbles dotes para el comercio y las finanzas gracias a su estricta moralidad calvinista.

Los imperialistas europeos malos fueron los españoles. Los europeos del sur. Etiquetados como crueles y perezosos durante siglos. Da igual que de media trabajemos muchísimas más horas que nuestros amigos del norte. Las viejas etiquetas siguen vigentes. Ellos las siguen utilizando. Quizá alguien debería recordar a los ciudadanos holandeses que el desarrollo de su país tuvo que ver con el comercio y sus industrias pero fue financiado con el oro y la plata que se robaba a los barcos españoles en América.

La pedantería holandesa parece que no está bien fundamentada en el pasado. ¿Y en el presente? se preguntarán algunos. Si queremos hablar de actualidad podríamos poner el foco en que los Países Bajos actualmente son uno de los mayores productores de drogas sintéticas ilegales del mundo y son el mayor suministrador de Europa de éxtasis y anfetaminas. Según se puede leer en un informe de su propia policía del año 2018, los Países Bajos presentan rasgos propios de un narcoestado, incluyendo la corrupción de autoridades e instituciones. Por no hablar de lo sorprendente que resulta tener que recibir lecciones morales de un país que permite que se exhiban a mujeres en escaparates...

También podríamos fijarnos en que durante la crisis de deuda en la que se cebaron con los países del sur de Europa el gobierno de los Países Bajos tuvo que inyectar una gran cantidad de millones de euros para rescatar a los bancos del país, entre ellos ING, cuyos directivos tampoco fueron un ejemplo de la gestión eficaz que tanto reclamaban. Podríamos hablar también de las multas millonarias que tuvo que pagar dicho banco por blanqueo de capitales.

O mejor aún, podríamos empezar a analizar algo que cada día es más conocido, el famoso Sándwich holandés, la verdadera especialidad de los Países Bajos. Se trata de una refinada técnica de ingeniería fiscal que ha convertido a los Países Bajos en el mayor canal de evasión fiscal corporativa del globo. Intento resumir una explicación maravillosa que encontré hace unos días.

El sistema fiscal de los Países Bajos atrae a grandes cantidades de capital en forma de regalías "generadas" por subsidiarias de multinacionales estadounidenses y europeas constituidas en paraísos fiscales. Esas regalías se atribuyen a compañías fantasma que residen en los Países Bajos. Esas compañías fantasma tienen un régimen jurídico especial que les permite no solo evitar pagar impuestos locales sino también invertir ese capital en otros paraísos fiscales, por lo general bajo la órbita del Reino Unido, como las Islas Vírgenes, Bermuda o Jersey.

El Sr. Hoekstra sabe perfectamente que entre el complicado lenguaje de un reciente informe de febrero de 2020 de la Comisión Europea sobre la evolución de la economía neerlandesa se encuentra algo inesperado que destroza su altanero discurso. "Las ganancias retenidas por multinacionales domiciliadas en los Países Bajos son estadísticamente atribuidas al actual superávit neerlandés".

Simplificando, las regalías canalizadas a través del sándwich holandés y sustraídas a los sistemas fiscales de los países de origen son contabilizadas como ingresos en las cuentas holandesas a pesar de que su destino último sean paraísos fiscales. Y no estamos hablando de cifras menores. Según se puede ver en dicho informe los Países Bajos contaban con unas 15.000 compañías fantasma en 2017.

Un reciente análisis de la Oficina de Análisis Económico (CPB) muestra que entre 2014 y 2016 cerca del 25% de los pagos de dividendo, el 45% de los pagos de intereses y el 75% de los pagos por regalías originados en los Países Bajos tenían como destino paraísos fiscales o países con escasa imposición fiscal".

Resumiendo, los Países Bajos parecen ser tan hábiles con la gestión de su historia como con la venta de drogas y las trampas fiscales. Viene bien tener todo esto en cuenta cuando el ministro Hoekstra vuelva a intentar darnos lecciones morales desde su púlpito. ¿Deberíamos pedirle a la Unión Europea que se ponga a investigar de una vez sobre ese pequeño paraíso calvinista?