La conspiración de Wuhan

El presidente Trump presiona a los servicios secretos para que investiguen si el coronavirus se originó en un laboratorio chino

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Donald Trump, siempre partidario de despreciar la Navaja de Ockham («En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable») apuesta estos días por la teoría de que el coronavirus nació en un laboratorio chino.

No es el primero en afirmarlo: hay multitud de activistas en redes y periodistas en radio y televisión consagrados a propagar lo que a priori es un bulo. Entre otros rostros tan conocidos como los de Tucker Carlson y Rush Limbaugh, que en los meses previos se dedicaron a propagar que el virus no llegaría a Estados Unidos, que el miedo era fruto de una campaña de la oposición y los medios, que trataban de desestabilizar al presidente, y que finalmente se estaban tomando todas las medidas de prevención necesarias.

Pero ninguno de estos presentadores, ningún creador de opinión, tiene la capacidad de ordenar a los servicios secretos de la primera potencia mundial para que investigue si, en efecto, el Covid-19 debe agradecerse a un programa de armas biológicas que salió mal o a una investigación sobre virus que se les fue de las manos a los científicos chinos.

Como al parecer sí ha hecho ya el presidente Trump. Al menos eso afirman medios como el New York Times, que también explican la influencia decisiva de altos cargos como Matthew Pottinger, asesor adjunto de Seguridad Nacional, que sería uno de los más activos partidarios de que la CIA encuentre pruebas de la conspiración china.

El Times también ha informado del papel que estaría jugando el secretario de Estado, Mike Pompeo, del que cita unas declaraciones donde afirma que «El mero hecho de que no sepamos las respuestas, y que China no las haya compartido, creo que es muy, muy revelador».

Esto es, dado que la dictadura de Pekín ha sido acusada, con razones y argumentos bastante sólidas, de opacidad, encubrimiento y algo más que negligencia en la gestión de la crisis sanitaria, por qué no extender la protesta hasta los límites mismos de la conspiranoia con una lógica bastante similar a la que emplean los defensores de la existencia de Ovnis para refutar a los escépticos.

En ausencia de pruebas, a favor o en contra, culpable. Importa poco o nada que la práctica totalidad de la comunidad científica haya rechazado de plano que el virus fuera creado a propósito: sus características y sus mutaciones no son propias de un virus artificial.

Tampoco parece contar el que la hipótesis del error humano, a saber, que se trate de un virus natural que salió del laboratorio por culpa de un fallo catastrófico en la seguridad de Wuhan, resulte tan excitante como improbable.