Cuando la mascarilla se convierte en un signo político

Detienen a una señora en Alabama tras encararse con la Policía porque no se quería tapar la nariz y la boca dentro de un establecimiento

U.S. President Donald Trump speaks during a proclamation signing on National Nurses Day inside the Oval Office in Washington
Periodistas con mascarilla escuchan a Trump junto a Mike Pence, en la Casa BlancaTOM BRENNERReuters

Primero fueron los hombres armados, que rodearon e incluso llegaron a entrar los capitolios locales para protestar por las medidas de confinamiento. Ahora es la guerra por las máscaras. Imprescindibles al decir de unos expertos que, todo hay que decirlo, tardaron varios meses en seguir al respecto las pautas que ya imperaban en China, Taiwán, Corea del Sur o Japón.

Países donde el uso de mascarillas faciales está plenamente incorporado a la cultura popular. Pero primero la OMS y después la Casa Blanca insistieron en que las mascarillas servían de poco: en realidad parecían asumir que los remanentes amenazaban ruina y había que salvar todo el stock posible para los profesionales sanitarios. Incluso hoy, en ciudades como Nueva York, epicentro mundial de la destrucción causada por el Covid-19, resulta casi imposible conseguirlas en muchas farmacias.

El comercio electrónico sólo las ofrece a varias semanas vista y abundan las soluciones imaginativas, las máscaras caseras, cosidas de forma doméstica, al tiempo que florece una suerte de mercado negro relacionado con los productos sanitarios como las propias mascarillas o los desinfectantes. Lo mejor de todo son los mensajes contradictorios que envía el gobierno.

Por un lado la Casa Blanca insiste en que la distancia social y las mascarillas son condiciones esenciales para reabrir las ciudades. Por el otro el presidente Trump y el vicepresidente, Mike Pence, rechazan mostrarse en público con una mascarilla y ni siquiera las usan cuando visitan un hospital. Una decisión que puede estar muy relacionada con el hecho de que no saben cómo conjugar los mensajes más optimistas, que animan a terminar con el confinamiento, con la carga simbólica que acarrea ver a las máximas autoridades nacionales todavía embozados detrás de una máscara.

A lo mejor si el gobierno acertase a explicar a la opinión pública que, en realidad, la economía no aguanta más y que la economía reabre sobre aguas desconocidas, sin haber sido capaces de ampliar todo lo necesario la capacidad para realizar tests, resultaría más sencillo asumir el por qué no llevan máscaras.

Pero el mensaje, brutal, equivale a admitir que entre la economía, arruinada, y la capacidad sanitaria, todavía amenazada, todavía frágil y posiblemente incapaz de responder con fortaleza a una segunda ola, no queda ya sino alcanzar una suerte de entente. Entre tanto, en Michigan, la policía ha detenido a las tres personas, un matrimonio y su hijo adulto, relacionadas con el asesinato del guardia de seguridad de un comercio. Calvin Munnerlyn conminó a una cliente a usar una máscara. En Michigan, también, la Policía trata de identificar a un hombre que se restregó su cara en la camisa de una empleada después de que ésta le comunicase la política de la tienda con el uso de las mascarillas. Más aún. En Alabama un agente fuera de servicio se enfrentó a una cliente en un Wallmart que no quería ponerse la mascarilla. La señora fue finalmente detenida.