Un confinamiento en ultramar (XLVI): La nueva normalidad y Obama facha

La nueva anormalidad es nuestra antigua incapacidad para dar una respuesta unitaria a los desafíos económicos»

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este sábado, en su comparecencia desde Moncloa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este sábado, en su comparecencia desde MoncloaCipriano Pastrano DelgadoLa Razón

La nueva anormalidad consistía en recuperar la vieja normalidad, cuando todos esperan en la cola y el PNV intimida al inquilino de Moncloa para recaudar lo suyo y situar por delante los territorios y clientes amparados por la familia. Los tocados por la varita del Rh disponen a voluntad de las partidas y los privilegios y quienes cometen el delito de denunciarlo son ruines y peor, radicales de la peor calaña destinados a la reeducación o el exilio. La nueva anormalidad mantiene la vieja normalidad de obtener bicocas a partir de los favores anotados y pasa por desescalar/desencalar en función de los apoyos que uno preste al emperador. La nueva anormalidad es el hábito de escupir a quienes proponen recuperar una cierta racionalidad en la gobernanza de un país centrifugado hasta el absurdo. La nueva normalidad es nuestra antigua incapaz para dar una respuesta unitaria a los grandes desafíos económicos, jurídicos, sanitarios y etc.

La nueva anormalidad es la tendencia de las partes a competir entre ellas y la inclinación de los mandarinatos locales a arañar influencias y capacidad decisoria sin atender a las necesidades del conjunto, que sólo cuenta en tanto que ubre solidaria a la que saquear. La nueva anormalidad es la querencia por liquidar cualquier polémica con argumentos que de tales no tienen sino el enunciado, y que a la postre son mero aquelarre de lugares comunes. La nueva anormalidad, digamos, es la tendencia a dar gato por liebre y confundir la impunidad con el consenso y la licencia para hacer lo que te salga del manubrio con la solidaridad que exigen a una oposición concebida como claqué sumisa o audiencia búlgara. La nueva anormalidad pasa por exigir que España aplauda enrabietada y orgullosa y que la oposición y los medios ignoren los grandes logros de una gestión olímpica, con una tasa bestial de muertos por millón de habitantes, un nivel de contagios entre los profesionales de la sanidad absolutamente devastador y un hundimiento del PIB propio de una película setentera de meteoritos e incendios con Gabriel Rufián en lugar de Paul Newman, Pablo Iglesias en el papel de Charlton Heston y José Luis Ábalos como un Bruce Willis venido a menos.

La nueva anormalidad es que doña Carmen Calvo regrese al Congreso embozada en un jorongo postraumático, bonita, recién salida de la Ruber, al tiempo que reprocha al enemigo que no comparta su entusiasmo por la mierda de número de test que llevamos. O que el ministro Salvador Illa explique que no hay como el jabón para combatir el virus mientras los tests han sido francamente sobrevalorados. La nueva anormalidad, la normalidad de siempre, consiste en situar a un fulano ajeno a la profesión médica al mando de un ministerio previamente vaciado de competencias y también demasiado complejo como para dejarlo en manos de unos amateurs. De los ministros de Sanidad recientes Trinidad Jiménez es licenciada en Derecho, Leire Pajín en Sociología, igual que Ana Mato, Alfonso Alonso es licenciado en Filología Romana y Derecho, Dolors Montserrat también se licenció en Derecho, y de las dos únicas licenciadas en medicina, Carmen Montón y María Luisa Carcedo, la primera duró dos meses y la segunda cedió el testigo, qué suerte la nuestra, a un apparatchik de manual, Illa, que estudió filosofía y llegó al puesto como cuota del PSC, del que llegó a ser secretario de organización y donde ha desarrollado la práctica totalidad de su carrera profesional desde que se afilió en 1995.

La nueva anormalidad es que la Agencia Catalana de Turismo (ACT) de la Generalitat califique a Cataluña de región e invoque los vínculos emocionales cuando hasta hace dos días sonaba la melodía del Estado propio, nación de naciones, Espanya ens roba y Espanya ens mata, cuando los inmigrantes llegaban de Almería o Cádiz y Madrit era sinónimo de Mordor o Transilvania reventón de nosferatus, paniaguados, parásitos y vagos, que Madrid es puerta de entrada a Andalucía y Andalucía cuna de un tipo de hombre «anárquico», «destruido», «poco hecho», que «hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual» y «constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España» (Jordi Pujol). La nueva anormalidad impide preguntar por qué países como Corea del Sur evitaron el cataclismo al tiempo que interna por radioactivos a quienes busquen razones y comparen datos sin consultar el boletín de eslóganes. La nueva anormalidad implica la subnormalidad de que si Barack Obama viviera en España y dijera que la respuesta del gobierno ha sido «un desastre absolutamente caótico», tal y como dijo ayer respecto a la gestión de la Casa Blanca, sería tachado de facha y a otra cosa, amor.