EE UU ordena el cierre del consulado chino en Houston tras el hackeo de la vacuna

Medios locales alertan de que diplomáticos chinos queman documentos en la sede ante la salida inminente. Pekín amenaza con la clausura de la legación en Wuhan como represalia

EE UU ha ordenado hoy miércoles el cierre del consulado de la República Popular China en Houston, situado en Montrose Boulevard, dentro del área de negocios de la ciudad texana. Según el departamento de Defensa la medida fue adoptada en aras de” proteger la propiedad intelectual de EE UU”.

Inmediatamente después el Gobierno chino condenó el acto, habló de una escalada nunca vista contra su país y, por supuesto, se reservó la posibilidad de tomar acciones en contra. Morgan Ortagus, portavoz del departamento de Estado, declaró a la cadena Fox que se había actuado para defender tanto la propiedad intelectual estadounidense y los datos privados de los estadounidenses.

Explicó que EE UU «no tolerará las violaciones de China de nuestra soberanía ni la intimidación contra nuestro pueblo, así como tampoco hemos tolerado las prácticas comerciales injustas de China, el robo de los trabajos estadounidenses y otros comportamientos atroces».

Ese mismo día EE UU informó de que dos presuntos piratas informáticos, Dong Jiazhi, de 31, y Li Xiaoyu, de 34 años, habían sido acusados por la Fiscalía de haber robado información sensible en cantidades industriales. Entre otras cosas los “hackers” piratearon terabytes de información sobre las investigaciones biomédicas relativas a la covid-19, así como documentos clasificados de varias organizaciones gubernamentales y decenas de empresas y laboratorios.

Por si fuera poco habrían penetrado los servidores privados de varias personas relacionadas la defensa de los derechos humanos y la investigación y denuncia de los crímenes cometidos contra diversas minorías étnicas en Xinjiang y los defensores de la democracia en Hong Kong.

Por supuesto nada esto es ajeno a lo sucedido en los últimos meses en la ex colonia británica. Hong Kong ha sido despojada por la Casa Blanca de su estatuto comercial privilegiado. Una medida extrema, tomada en represalia a la aprobación de una ley de seguridad nacional, diseñada por Pekín, que pone al borde del KO todas las defensas y contrapesos que mantenían viva la democracia en la ciudad semiautónoma. Una de las cosas que más habrían molestado en Pekín con respecto al consulado en Houston fue el hecho de que la Casa Blanca habría actuado sin avisarles antes.

Al menos eso denunció el portavoz del ministerio de de Asuntos Exteriores de China, Wang Wenbin, que según el South China Morning Post criticó en una rueda de prensa el secretismo de la iniciativa y exigió que EE UU de marcha atrás. De lo contrario prometió represalias. Pero cómo iba informar EE UU si, siempre según Fox, el consulado chino habría llegado a quemar documentos comprometedores en el propio edificio consular.

Lo cierto es que los medios locales, en Houston, informaron del olor a humo que presuntamente salía del consulado y hasta circula un vídeo en el que puede apreciarse a unas personas no identificadas quemando cosas en el patio del recinto.

La propia Policía de Houston habría respondido a las noticias de que salía humo del complejo. En otro comunicado el departamento de Estado comentó que «China ha participado durante años en operaciones masivas de espionaje ilegal». Unas «actividades han aumentado notablemente en escala y alcance en los últimos años».

Las acusaciones por las actividades de China respecto a la propiedad intelectual e industrial de EE UU han proliferado en todos estos años y son uno de los puntos de fricción habituales entre Washington y Pekín. Pero no son los únicos.

En vísperas de las elecciones presidenciales del próximo noviembre el presidente, Donald Trump, ha subido el diapasón de sus críticas. No sólo acusa a China de haber informado tarde y mal del virus, al que denomina el virus chino. No sólo repite que China teledirigió la respuesta de la OMS y logró que Naciones Unidas bailara a su antojo. No ha llegado a comentar que el virus podría haber salido de un laboratorio continental chino. También ha dicho que China es el mayor enemigo de EE UU, que los anteriores gobiernos, y de forma muy destacada el de Barack Obama, trabajaron siempre en favor de los intereses chinos, y que nadie ha perjudicado más a la economía estadounidense, nadie ha tensionado más sus mercados, ha destruido más empleos o ha robado a EE UU que el gigante asiático.

Hace medio año el legislativo estadounidense respondió a las preocupantes noticias que llegaban desde Hong Kong aprobando un paquete legal que obligaba a vigilar las posibles violaciones de los derechos humanos y adelantaba que la ciudad arriesgaba a perder su estatus como centro del comercio internacional.

A todo esto cabe añadir las polémicas con la tecnología G-5 y las sospechas que la Casa Blanca hace recaer sobre Huawei, el boqueo de varias aplicaciones telefónicas, las tensiones geoestratégicas en el Mar del Sur China, donde EE UU entiende que China ha desobedecido todas las resoluciones de la justicia internacional, y por supuesto las denuncias de las presuntas violaciones de los derechos humanos contra los musulmanes uigures de Xinjiang y los habitantes del Tíbet.

Es posible que al final de todas las trifulcas los dos países entierren el hacha de guerra, que el fantasma de la guerra comercial quede en mero espantajo y que sean capaces de firmar un tratado de amplio espectro que normalice sus relaciones. De hecho ya lograron firmar una suerte de preacuerdo que, aunque falta en buena manera de concreción real, sirvió para templar ánimos. Pero nada de esto podrá suceder hasta que llegue y pase el 3 de noviembre.

Más allá de que la Casa Blanca tenga o no razón en sus reproches, la urgencia electoral, la necesidad que tiene Trump de galvanizar a su electorado, exige de un malo a la altura, y China parece encajar en el papel.