Lukashenko aparece con rifle y chaleco antibalas en el palacio presidencial

Los manifestantes asedian al presidente bielurruso con una masiva marcha que reúne a más de 250.000 personas en Minsk

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Una demostración como la de este domingo difícilmente se recuerde en Bielorrusia, potente como una bomba cuya mecha se prendió el pasado 9 de agosto, cuando se celebraron las polémicas elecciones presidenciales, o mejor dicho, cuando se dieron a conocer los resultados de las mismas.

Aunque, oficialmente no hay una cifra de participantes en las manifestaciones de ayer, por las imágenes de la marcha de la capital, Minsk, las 250.000 personas del domingo pasado parecen haberse quedado cortas.

Y mientras todo transcurría en un ambiente festivo y sin violencia, ni por parte de los manifestantes, ni por parte de las fuerzas del orden, el presidente Alexander Lukashenko se dirigía en helicóptero al Palacio de la Independencia, su residencia oficial, entre fuertes medidas de seguridad, y difundía varios vídeos en los que se le veía ataviado con un chaleco antibalas y portando un rifle automático, por si las moscas.

El presidente también, hablaba a través de su ministro de Defensa, Viktor Jrenin, que advertía a los allí congregados de que el Ejército respondería de manera contundente si se producían ataques contra monumentos o instalaciones militares, considerándolos “lugares sagrados” que no tolerarían “profanar”.

Desde el poder se han criticado las movilizaciones como un instrumento utilización de varios países occidentales, haciendo clara referencia a Lituania y Polonia, que según el Gobierno, “intentan convencer a la población de su afinidad étnica y cultural” avisando del “peligro de infiltración por la frontera occidental” por parte de los “servicios secretos de los países occidentales”.

Para demostrar esta teoría, el Ministerio de Defensa bielorruso denunció el reciente envío de 18 cazas F-16 estadounidenses de Alemania a Polonia que podrían ser utilizados como “apoyo aéreo”, ya que llegarían a la frontera con Bielorrusia “en unos 22 minutos”, criticando a su vez la estrategia de la OTAN, centrada en el envío de tropas en una “respuesta a una crisis”.

El objetivo de la manifestación seguía siendo el mismo de la semana pasada, ni acercamiento a la OTAN, ni alejarse de Rusia, a quien le unen lazos muy estrechos, culturales, históricos y también económicos, sino protestar contra el resultado de las elecciones que le dieron la victoria al presidente Lukashenko, con un abultado 80,1%, frente al 10,12% obtenido por la opositora Svetlana Tikhanovskaya.

La opositora es esposa del bloguero y activista Serguey Tikhanovski, y se presentó como candidata a la presidencia del país tras el arresto de su marido, que se había postulado como principal rival de Lukashenko en las urnas y que actualmente está en la cárcel. Después de no reconocer los resultados y solicitar la repetición de las elecciones, Tikhanovskaya se refugió en Lituania, desde donde se ha dirigido en repetidas ocasiones a su electorado, pidiendo acciones de protesta pacíficas y el cese de la violencia al poder a la hora de reprimir las manifestaciones. El pasado 17 de agosto, la opositora se ofreció a liderar un proceso de normalización democrática en Bielorrusia organizando unas nuevas elecciones presidenciales limpias.

La concentración, que se había convocado en la céntrica plaza de la Independencia de Minsk, no fue aprobada por las autoridades, que a través de la megafonía han recordado a los manifestantes de que el evento “era ilegal” y que los congregados serían responsabilizados de lo que ocurriese, anunciando detenciones para que los participantes se dispersaran del lugar, algo que finalmente no ha ocurrido, a pesar de haber sido cortados varios accesos al centro de la ciudad y algunas estaciones de metro.

Desde que se convocaron las primeras protestas, Bielorrusia ha vivido varias jornadas de huelga y movilizaciones en las principales ciudades del país, sin que los manifestantes acusen señales de agotamiento. Ésa podría ser la clave de todo, puesto que de prolongarse llevarían a la paralización del país ante la impotencia de su presidente, que no podría sofocar las acciones de protesta con contundencia al estar en el foco de la Unión Europea, países occidentales y medios de comunicación de todo el mundo.

Aunque la clave de su permanencia como presidente del país es la fidelidad de los responsables de las principales instituciones de Bielorrusia y de su gobierno, que de cambiarse de bando pondría al eterno presidente al borde del abismo. Lukashenko lleva en el poder desde 1994.