Trump: un presidente frente al caos

El Partido Republicano juega la baza de la seguridad tras la ola de disturbios en Estados Unidos en la Convención de Charlotte

U.S. President Trump arrives at Asheville Regional Airport in Asheville, North Carolina
Simpatizantes del presidente Donald Trump le reciben a su llegada en el aeropuerto de Carolina del NorteCARLOS BARRIAReuters

Día segundo de la convención republicana y el partido tiene ya clarísimo el guión. Donald Trump como principio y fin de todas las cosas. No hay programa más allá de la efigie de un Trump todopoderoso. Un líder ante cuyo poder de convicción y el encantamiento que despliega sobre sus votantes el partido republicano ha rendido ya armas y bagajes. A fin de cuentas los demócratas tampoco presentaron ningún programa la semana pasada, más allá de recalcar que Joe Biden es un tipo cercano y empático.

De modo que Trump como garantía de la paz social y la prosperidad. Trump y el respeto por las tradiciones y, sobre todo, las instituciones. Trump y las amenazas de ruina si ganan sus rivales políticos.

En el interín hay y habrá tiempo para subrayar los disturbios vividos en todo el país durante las protestas por la muerte de varios ciudadanos a manos de la policía. En Wisconsin las calles han sido otra vez el escenario de incidentes. Durante el fin de semana dos agentes de policía habían disparado a Jacob Blake, un hombre negro que entraba en su propio coche, donde le esperaban sus tres hijos de 3, 5 y 8 años. Según declaró su padre Blake, herido grave, tiene las piernas paralizadas. Más combustible y horror para la polémica que nunca cesa. Donde los demócratas ven racismo estructural si más apoyo fáctico que la repetición de tópicos los estrategas y políticos republicanos avisan del apocalipsis en ciernes. Pero desde luego que las imágenes de los desórdenes no ayudan al candidato de la oposición. Y encumbran al actual presidente, que lleva ya dos meses empeñado en resucitar la táctica ganadora de Richard Nixon: el presidente de la ley y el orden frente a los alborotadores y anarquistas y contra la unión de los antisistema, el lumpemproletariado en armas y los nostálgicos de la URSS. Una retórica que bebe de los llamamientos de muchos activistas próximos a los demócratas para cortar los fondos e, incluso, liquidar los departamentos de policía. Un despropósito.

Después de que el pasado 25 de mayo George Floyd muriera en Minneapolis a manos del agente Derek Chauvin más de dos mil ciudades de EE UU vieron manifestaciones y protestas. La inmensa mayoría pacíficas. Lejos de la virulencia desatada en 1992 en Los Ángeles, después de que un tribunal absolviera a los cuatro agentes del LAPD por la paliza que propinaron a Rodney King; también lejos de la brutalidad desatada en 1991 en el barrio de Crown Heights, en Brooklyn, cuando una marabunta linchó a decenas de vecinos judíos. No digamos ya 1968, después de los asesinatos de Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy. Pero de una violencia suficiente como para ameritar el toque de queda en cientos de ciudades y el despliegue de miles de soldados de la Guardia Nacional.

A los alborotadores y agitadores muchos teóricos radicales y partidarios de Ocasio-Cortez han añadido la destrucción de estatuas de generales confederados, frailes españoles y conquistadores de hace 400 años, proporcionando a la Casa Blanca un relato que huele alternativamente a victoria y napalm. Lo dicen las encuestas.

Tendencia del voto en las presidenciales EE UU FOTO: Teresa Gallardo

Los electores, especialmente los indecisos, cada día valoran más la seguridad en las calles. Temen la revuelta y contemplan con creciente sospecha a quienes, como el alcalde Portland, Ted Wheeler, permitieron que la policía fuera expulsada durante varias semanas de sus barrios. Trump, de hecho, ha pedido a la gobernadora de Oregon y al alcalde de Portland que desplieguen a la Guardia Nacional, «como debería haberse hecho hace 3 meses». «Deben dejar de llamar a estos anarquistas y agitadores “manifestantes pacíficos”», ha añadido, «¡Vuelvan al mundo real! El Gobierno Federal está dispuesto a poner fin a este problema de inmediato si lo solicitan».

La primera dama en una imagen del lunes intervendrá este martes en la convención republicana FOTO: J. Scott Applewhite AP

Y si la primera noche puso los cimientos para un discurso robustamente sedimentado en la promesa de seguridad frente a los experimentos woke de la izquierda más desnortada, la segunda puede servir para ampliar el factor humano. Hablaba su esposa, la bella Melania Trump, de la que tanto han escrito en el colorín durante cuatro años para pronosticar una ruptura de la pareja que no llegó. Hablaban también dos de sus hijos, Eric y Tiffany. Una buena ocasión para percutir en las vetas más personales del presidente y seguir los pasos de Jim Jordan, cuando aparcó su probada capacidad para el ataque y dedicó un segmento de su discurso a alabar la simpatía de un Trump poco conocido.