La pandemia no detiene al narco

México va a superar este año de la peste el balance de asesinatos cometidos por los cárteles de la droga. Si en 2019 hubo 34.600 homicidios, en lo que llevamos de 2020 ya van más de 21.000

México, de no mediar un milagro, va a superar este año de 2020 el trágico balance de asesinatos atribuidos al narco. No parece que la pandemia haya desalentado lo más mínimo la guerra que libran los distintos cárteles de la droga, en un panorama cada vez más fragmentado, por el control de «las plazas». De hecho, el número de muertos ha subido entre los meses de mayo y junio, cuando peor iban las cosas en el campo sanitario. Si en 2019, las estadísticas oficiales del Gobierno mexicano daban cuenta de 34.600 asesinatos, entre enero y julio de este año se han producido más de 21.000. Por contra, el Covid-19 entre el 2 de febrero y el 26 de agosto a 62.076 personas, convirtiendo a México en uno de los países del mundo con mayor tasa de mortalidad, con 50,4 muertes por cada 100.000 habitantes, aunque lejos de los índices que presentan Perú, Bélgica, Reino Unido y España, con tasas superiores a los 62 muertos por 100.000 habitantes. Sin embargo, la estadística es engañosa, porque si sólo referimos los fallecimientos al número de infecciones detectadas, México se lleva la peor parte, con un índice de letalidad de casi el 11 por ciento, mientras que en España es del 6 por ciento, con tendencia a descender a medida que se multiplican los test de diagnóstico y se reduce el número de casos mortales. Volviendo al narco, ninguna de las medidas supuestamente progresistas que puso en marcha el nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha tenido el menor efecto. Si se propuso retirar al Ejército de las calles para sustituirlo por una Guardia Nacional de nueva creación, ahora hay más militares desplegados que nunca. Tampoco han servido las medidas de apaciguamiento, es decir, levantar la presión del Estado sobre el narco, porque las medidas de vigilancia fronteriza que ha tomado Estados Unidos dificultan cada vez más el paso clandestino de la cocaína y los opiáceos, llevando a las distintas bandas a una batalla sangrienta por los mejores puntos. Detrás, subsisten los mismos problemas de siempre. Un sistema de Justicia inoperante y unos cuerpos policiales que, por más que se renuevan y refunden, siempre acaban contaminados por el «plata o plomo».