Los 27 estudian imponer sanciones a Turquía por su desafío en el Mediterráneo

Chipre bloquea las represalias europeas a Bielorrusia hasta que sus socios no muestran más contundencia frente a las prospecciones turcas en el Mediterráneo oriental

Los líderes de los Veintisiete acudieron este jueves a Bruselas con el objetivo de olvidar, por unas horas, la pandemia que desde hace meses asola al planeta en general y la Unión Europea en particular. No fue totalmente posible ni por las medidas de seguridad ni por otra serie de debates que acabaron colándose de rondón en la agenda, pero el propósito del presidente del Consejo, Charles Michel al convocar una cumbre extraordinaria al comienzo del curso político era reflexionar sobre el papel de la Unión Europea en el convulso tablero internacional del siglo XXI.

Desde las relaciones con China al conflicto en Bielorrusia y las difíciles relaciones con Turquía en el Mediterráneo Oriental pasando por la autonomía estratégica en la digitalización de la economía europea, la cadena de suministro y la red de alta velocidad 5G.

La Comisión Europea, presidido por Ursula von de Leyen, prometió al comienzo de su mandato alumbrar una “Comisión geopolítica” y el máximo representante de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, ha proclamado a los cuatro vientos la necesidad de hablar “el lenguaje del poder” ante vecinos correosos como Turquía y Rusia y las dificultades de los últimos años en las relaciones con Washington. Michel considera que es hora de ponerlo en práctica y meterse en harina.

Pero el encuentro de ayer volvió a demostrar lo difícil que es pasar de las acciones a los hechos. Como nudo gordiano, la dificultad para imponer sanciones cuándo un solo país tiene derecho de veto debido a la regla de la unanimidad. En las últimas semanas, un diminuto país como Chipre cuyo PIB no llega al 1% del club comunitario ha bloqueado los castigos contra el régimen de Alexander Lukashneko en Bielorrusia al considerar que la UE debe actuar con la misma contundencia contra Turquía tras las prospecciones de gas en el Mediterráneo oriental. Este veto cruzado ha hecho imposible avanzar en ninguno de los dos expedientes y el objetivo de la cumbre de ayer era intentar una solución capaz de aunar voluntades.

A pesar de que en la burbuja comunitaria nadie duda de que la regla de la unanimidad lastra los debates, ninguna cancillería quiere –a la hora de la verdad- renunciar a este poder de veto. El equipo de Michel también se muestra incómodo a la hora de abrir este melón, a pesar de que Von der Leyen ha pedido utilizar la mayoría cualificada para este tipo de decisiones, al igual que también reclamó su predecesor Jean-Claude Juncker. Parece que los dos con nulo éxito.

Por la noche, la discusión continuaba. La presidencia del Consejo había propuesto un nuevo texto de compromiso en el que los Veintisiete aseguraban estar preparados para “usar todos los instrumentos a su disposición” en sus relaciones con Ankara. Una expresión lo suficientemente ambigua para ser interpretada como una amenaza a posibles sanciones, pero sin renunciar a los cauces de diálogo con Turquía. Este primer borrador fue rechazado por Grecia y Chipre al considerarlo demasiado blando. La presidencia del Consejo elaboró un nuevo texto que los líderes europeos discutieron hasta bien entrada la madrugada.

No solo es difícil encontrar un acuerdo a Veintisiete. Berlín y París tampoco miran en la misma dirección. Al menos, existen matices. A su entrada a la cumbre, la canciller alemana Angela Merkel volvió a demostrar su habitual pragmatismo en una oda a la “realpolitik”. “Pese a las dificultades, la UE tiene un gran interés en mantener una relación constructiva. Somos aliados en la OTAN y mantenemos un acuerdo para regula la migración”, señaló en relación a Ankara.

Por el otro lado, el presidente francés, Emmanuel Macron, pide una mayor contundencia a la hora de abordar las relaciones con Recep Tayyip Erdogan y de hecho, durante estos pasados meses de verano, incrementó su presencia militar en la zona con el objetivo de amparar tanto a Chipre como a Grecia. Pero, tras la retirada del navío turco “Oruç Reis” y la relajación de las tensiones, el presidente francés también prefiere andarse con pies de plomo antes de dar pasos en falso.

Según el mandatario galo, la UE debe reflexionar su política de vecindad para que sea “exigente” pero también “realista”. El objetivo sigue siendo mantener los cauces de diálogo con el régimen de Erdogan sin “transigir” en asuntos que afectan a las soberanía de los socios europeos, como la disputa por las aguas territoriales.

España también defiende la cautela. “Mantenemos una actitud constructiva, de diálogo. Demostramos solidaridad con Chipre y Grecia, pero evidentemente hemos apostado siempre por abrir un diálogo constructivo de relación estratégica que necesitamos con Turquía”, apuntó a la entrada el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Ni siquiera existe la misma postura en los dos países directamente afectados: Grecia y Chipre. Atenas ha abandonado el camino de la confrontación y se ha abierto a negociar una salida de la crisis. Ayer mismo, se anunció la puesta en marcha de un nuevo mecanismo para abordar este conflicto en el marco de la OTAN. “Se abren dos caminos ante nosotros uno es el del diálogo y la diplomacia, basado en el respeto al Derecho Internacional y las normas de buena vecindad; las otra es un aumento de las tensiones, lo que llevará antes o después a una acción europea contra Turquía”, explicó el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis.

Aunque estaba previsto que este asunto fuera tratado durante la cena, el presidente del Consejo decidió cambiar la agenda al comienzo de la cumbre y adelantar este tema a la primera sesión, al tratarse del capítulo más espinoso. Sin embargo, como si fuera una profecía autocumplida, los Veintisiete continuaron hablando durante la cena, ya que la primera sesión terminó siendo insuficiente.